Aquella soleada mañana de otoño

Aquella soleada mañana de otoñoAquella soleada mañana de otoño jugaba a reconstruir mi fotografía como si de un rompecabezas se tratara, pedacito a pedacito; hoy apenas me reconozco en ella. Trozos guardados celosamente en una vieja bombonera de metal desde hacía tres años —o más—, el tiempo en mi nueva etapa transcurría a gran velocidad, no como antes, cuando el día parecía durar semanas, y los minutos horas, entre aquellas cuatro paredes que un día fueron mi hogar. Hasta aquél día no me atreví a enfrentarme a ellos por la mujer silenciada que encerraban, anhelante de olvidos, por la mujer marcada que miraba desafiante y a la vez atemorizada al objetivo de la lente, desnuda de maquillajes, desprovista de protección, cubierta de femineidad de manto rojo, y el resto solo piel.

A medida que completaba el retrato recordé mi imagen frente al espejo de un camerino improvisado el día de la sesión de fotos. La maquilladora me preparó a base de agua, jabón y algodones valientes y, por primera vez en mucho tiempo, me descubrí vestida de señales amargas ante algunas personas anónimas que me acompañaban. Me sentí cómoda, y pensé “por primera vez, o por última, soy libre”. Supe de la implicación que esta fotografía tendría, poner nombre y rostro al dolor ¡qué atrevimiento! —pensaría él—, y para colmo aquí, donde todos nos conocen. No volvería a recluirme a su lado. Atrás dejaría días grises de veranos sin sol, grises de primaveras marchitas, grises de inviernos blancos, o grises de otoños aislados como lo estaba siendo aquél. Nunca más a su lado.

Sostuve pensativa y emocionada el último trozo de papel sobre mis dedos, uno de los pedazos de la fotografía que él rompió frente a mi cara el día que se topó con mi imagen publicada en el periódico; los dejó caer sobre el suelo de la cocina, pedazos de una vida que él también destruyó durante años. Estaba furioso, sí. Recibí sus últimos golpes con indiferencia —no hay nada más doloroso que toparte con ésta de frente—, indolente, por eso, porque tenía la seguridad de que serían los últimos. Después me maquillé, como hacía cada día para ocultar un secreto a voces, pero en esta ocasión utilicé una paleta de sombras de vivos azules que contrastaban con mis ojos, especialmente brillantes aquella tarde. Marché con una pequeña maleta como única compañera de viaje, no me llevé ni un solo objeto de allí, en realidad nunca los sentí míos.

Aquella soleada mañana de otoño logré acabar mi collage, doblé cuidadosamente la fotografía y la guardé de nuevo en la vieja bombonera metálica. Seguro que pasaría tiempo hasta que otras manos la rescataran de nuevo, en ningún caso las mías.

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