El Abrazo

El abrazoNo hizo falta más, el silencio se explicó por sí mismo. Dirigió la mirada a su viejo reloj de pulsera y comprobó, con sorpresa, que las manecillas doradas que desde hacía meses marcaban de forma continuada las doce y cuarto, se habían puesto en marcha de nuevo. Antes de salir de la sala de lectura echó una última mirada sonriente al pasillo de la sección de poesía, guardó sus gafas en una funda metálica, plegó las tapas de cuero rojo del cuaderno de notas que siempre le acompañaba y se cubrió la cabeza con su borsalino gris de fieltro. Pese al sol de principios de octubre aquel jueves por la tarde empezaba a hacer frío en Madrid.

—¿Sabe usted dar abrazos?

—¿Perdona?

—Que si sabe usted dar abrazos.

En aquel instante, abstraído como estaba en la escritura, se limitó a levantar la cabeza  alcanzando a ver, por encima del montón de libros que le parapetaban, una pequeña niña de pelo negro que apenas levantaba unos palmos del suelo. Por la expresión de su cara y la mirada fija que le había clavado no había duda, la pregunta iba dirigida a él.

—Señor, es que tengo un poco de prisa ¿sabe usted o no dar abrazos?

—No, no sé dar abrazos y ahora, si me disculpas, tengo muchas cosas que hacer.

—¿Cómo es que a su edad no sabe dar abrazos? que no lo sepa yo con siete años, pero usted… ¿y sabe dónde están los libros que hablan de los abrazos?

Ante la insistencia de la pequeña se quitó las pequeñas gafas doradas que solo utilizaba para leer, retiró con cuidado la silla de madera separándose unos centímetros del escritorio de la sala de lectura, y comenzó a juguetear con su estilográfica centenaria entre sus delgados y largos dedos.

—Muchacha ¿cuál es tu nombre?

—Adela, Adela García White, pero me puede llamar Adela ¿y el suyo, señor?

—Enrique, Enrique Doblas pero puedes llamarme Enrique si lo prefieres. Bien, ahora que ya nos conocemos ¿por qué yo? ¿por qué me has preguntado justo a mí con la cantidad de gente que hay por aquí?

—Porque eres el más mayor de la sala y he pensado que sólo tú lo podrías saber.

—Así que quieres saber si sé dar abrazos…

—Sí, y así me  enseñas a dar uno, nadie me ha contado cómo se da un abrazo.

—Pero ¿y tus padres? apuesto a que te abrazan todos los días, eso es lo que hacen todos los padres con sus hijos.

—No tengo padres, vivo con mi abuelo y él tampoco debe saber dar abrazos porque nunca me los da.

—¿Y tu abuelo? ¿qué haces tú en esta biblioteca sola?

—Anda por la planta de arriba, venimos casi todos los días, le gusta leer el periódico, dice que como aquí en ningún sitio lo lee. Él siempre dice que todo está escrito en los libros, por eso me he bajado aquí ¿me ayudas o no a buscar el libro de los abrazos?

—Mira Adela, me encantaría poder ayudarte pero tengo que trabajar.

—¿Y qué trabajo haces? ¿Esta es tu oficina?

—No exactamente, verás, yo escribo, poesías ¿sabes lo que son las poesías?

—No, sé lo que son los cuentos, el abuelo todas las noches me lee uno, pero poesías no me ha leído nunca ¿qué es una poesía? ¿me lees una de las tuyas?

—Pues es que no he traído ninguna, llevo toda la tarde tratando de escribir una pero no he podido.

—¿Y por qué no puedes?

—Porque ya no sé de qué escribir, para escribir poesía necesito tener emociones y yo creo que ya no tengo.

—¿Emociones? ¿eso que en algunas películas te hace llorar a veces y otras reír?

—Sí, eso, emociones…

—Podrías escribir una poesía sobre los abrazos, pero como no sabes darlos…

—Está bien, creo que te ayudaré a buscar ese libro que dices, sígueme.

Enrique dirigió sus pasos hacia las estanterías de libros, decidió empezar por la sección de diccionarios. Tomó un pesado tomo y buscó la palabra “abrazo”.

—Mira Adela, aquí dice lo que es un abrazo, “acción y efecto de abrazar”, y si ahora nos vamos a buscar “abrazar”, a ver… yo creo que el significado que te interesa es este “estrechar entre los brazos en señal de cariño”, ¿contenta?

Adela encogió los hombros y le miró fijamente a los ojos.

—¿Y ya está? ¿no dice nada más? ¿no explica cómo hay que darlos?

—No, aquí no dice nada más.

—Pero ¿a quienes se dan los abrazos? ¿y a qué hora se dan mejor? ¿y en qué sitios hay que darlos? ¿y qué se siente antes de abrazar a alguien? ¿y después? ¡seguimos sin saber cómo se dan!

—Está bien, no te impacientes, seguiremos buscando. Creo que nos vamos a ir a buscar a otro pasillo, esto tiene que ser cosas de poetas, seguro que alguno ha contado alguna vez cómo hay que dar un abrazo.

Ambos atravesaron varios corredores perdiéndose entre estanterías cargadas de libros, el viejo suelo de madera crujía levemente a sus pasos, Adela acabó agarrándose a la mano del poeta para no perderle, andaba demasiado deprisa para ella. Por fin llegaron a su destino, la sección de poesía.

—Vas a tener que ayudarme Adela, empieza a buscar en las primeras páginas de cada libro, a ver si alguna de las poesías se llama “Abrazo” o algo así. Bueno, supongo que sabes leer ¿no?

—¡Pues claro que sé leer!

—Está bien, tú busca por las estanterías de abajo, como soy más alto que tú yo lo haré en las de arriba.

Al cabo de un buen rato estaban ambos sentados en el suelo, rodeados de montañas de libros que habían ido sacando de su lugar en los estantes; a la izquierda los que no decían nada acerca de los abrazos, a la derecha los que aún quedaban por revisar, el centro lo reservaban para el libro que les sacara de dudas, de momento ese hueco estaba vacío. Tardaron más de una hora en vaciar todas las estanterías, nada, no encontraron ni una sola referencia al modo de dar un abrazo.

—Adela, se nos han acabado los libros, ya no se me ocurre cómo ayudarte, creo que debería volver a mi silla a seguir escribiendo.

—Pero si has dicho que ya no puedes escribir, ¿seguro que no te acuerdas de algún abrazo que diste?

—Y dale, no te rindes ¿no? déjame pensar.

Realmente no se acordaba de ningún abrazo, hacía demasiados años que no abrazaba a nadie, y que no le abrazaban. Nunca tuvo hijos a los que abrazar. Los abrazos de niño ya no los recordaba, y en realidad sus padres tampoco fueron excesivamente cariñosos con él pese a ser hijo único, eran otros tiempos. Abrazos entre hombres jóvenes no recordaba, habrían dado lugar a habladurías, y con mujeres tampoco, en su juventud desplegó más su talento con las palabras que el contacto directo, tampoco se veía bien. Tuvo una novia, luego ella abandonó la ciudad y nunca más la vio.

—Espera, ¡creo que recuerdo uno!

—¿De veras? — entonces una especie de alegría contagiosa llenó el espacio que les rodeaba— ¿cómo fue? ¿cuándo? ¿dónde? ¿con quién? ¿por qué?

—Para, para, impaciente. Fue hace mucho, en un rectal de poesía, sí, ahora lo recuerdo. Cuando llegó mi turno apenas me tenía en pie de los nervios, yo era muy joven y era la primera vez que leía uno de mis trabajos en público. Al principio me temblaba la voz pero poco a poco superé ese absurdo miedo. Leí una poesía y cuando acabé se levantó una mujer de la primera fila y con lágrimas en los ojos me gritó un ¡gracias! que retumbó en el patio de butacas ante el silencio del resto del público. En ese instante bajé de la tarima, me acerqué a ella y nos fundimos en un enorme y caluroso abrazo. Sí, fue maravilloso ¿cómo lo había olvidado?

—¿Qué sentiste mientras os abrazábais?

—Hormigas, hormigas en el estómago. Como si me estuvieran removiendo por dentro.

—¿Y antes? ¿cómo supiste que tenías que abrazarla?

—No sabría explicarte, lo supe simplemente, bastó con mirarla a los ojos, en aquellos momentos no pude hacer nada por evitarlo, fue como si no fuera dueño de mi cuerpo, solo quería envolverla con mis brazos. Y que no acabara nunca.

—¿Te gustó?

—Ya lo creo que me gustó, sentí calor, mucho, y suavidad, recuerdo que fue un abrazo suave.

—¿Y después?

—Después fue como cuando despiertas de un dulce sueño, me sentí muy feliz.

El poeta cerró los ojos en un intento de traer del pasado aquellas olvidadas sensaciones, entonces supo lo que haría, y sonrió. Tenía pendiente una poesía.

—O sea, que primero son las hormigas en el estómago, luego el calor, después la suavidad, y solo sabes que acaba cuando sientes que despiertas y te sientes feliz ¿no?

—Sí jovencita, ¿contenta? ¿resuelta tu duda? ¿qué harás ahora?

—¿Yo? Yo darte un abrazo…

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