El arte de morir

El arte de morirI

Apolonio Garcidueñas siempre trabajaba solo, era demasiado perfeccionista como para compartir una tarea con nadie. Tampoco era muy social, amaba la soledad tanto como su trabajo, disfrutaba con lo que hacía, le gustaba esa relación tan íntima que establecía con sus clientes, y encargos no le faltaban. Aquella fría mañana de octubre tenía a dos de ellos esperándole en la sala contigua a su habitáculo: un hombre joven que no llegaba a la cuarentena, y una mujer mayor, de algo más de 60 años, muy atractiva aún.

Atendió en primer lugar a la mujer, su nombre Amanda Vargas, como decían los papeles que la acompañaban, 67 años. Le sorprendió la mirada serena de su rostro, completamente relajado, sin tensiones, esta vez iba a ser todo más fácil que en otras ocasiones. Las arrugas de su rostro propias de la edad guardaban sin embargo huellas de una espléndida belleza de juventud; pero sus manos hablaban de una vida dura, manos encalladas y secas, de uñas poco cuidadas y dedos agrietados, parecían susurrar acerca de una fatigosa vida, quizás en el campo. El trabajo con ella no le llevó demasiado tiempo porque Amanda estaba casi perfecta, su muerte no había sido traumática y apenas tuvo que reconstruirla; pero Apolonio era un auténtico artista, se quejaba de que otros compañeros de carrera se limitaban a maquillar los cadáveres y poco más, pero su profesión iba mucho más allá, llevaba años ejerciéndola y a todos les extraía la sangre previamente para evitar la aparición de moratones y rojeces con el paso de las primeras horas, inyectándoles después pacientemente algunos agentes germicidas en sus cavidades para retrasar así los inevitables efectos propios de la descomposición.

Amanda no tenía familiares directos, era soltera y sin hijos, y nadie acudió al tanatorio para ver su cuerpo antes de ser embalsamado, algo muy habitual la mayoría de las veces; los parientes solían hablar con Apolonio para pedirle que pusiera al difunto cierta vestimenta o algún objeto que solía llevar en vida. A pesar de todo Apolonio quería que al menos los vecinos más próximos que acudieran a darle el último adiós vieran una cara bonita, sonriente y relajada, que les hiciera recordar a la atractiva muchacha que seguramente conocieron hace años. Acabó de prepararla, la vistió con ropa algo más rejuvenecedora que el viejo vestido negro que traía, rebuscó entre algunas prendas que de vez en cuando olvidaban algunos familiares tras su paso por el tanatorio y él guardaba, una falda de tonos tierra y una blusa beige acompañándola, unos zapatos claros de media cuña y un pañuelo de topos marrones y blancos que se atrevió a anudarla al cuello. Cepilló cuidadosamente su media melena ceniza que anudó en una pequeña coleta baja, e incluso humedeció sus secos labios con un poco de carmín rosa pálido. Le quedó muy bonita, estaba satisfecho una vez más.

Con Darío no tuvo tanta suerte, Darío Almansa, 37 años, causa de la muerte: atropellamiento. El choque debió ser fuerte y le dejó múltiples heridas abiertas, una especialmente difícil de trabajar para Apolonio, en el lado izquierdo de su cara. Comenzó lavándole todo el cuerpo, retirando las trazas de sangre seca que le cubrían, testigos de la brutalidad del impacto. A continuación se centró en su rostro, tomó una hebra de fino hilo quirúrgico y comenzó a coserle la herida de la mejilla, entrecruzando porciones de tejido como pudo, tratando de reconstruir el semblante de un hombre muy joven aún para morir. Se tuvo que ayudar con capas y capas de maquillaje para disimular en lo posible las lesiones. Sabía que para la familia era un momento muy duro el del reencuentro con el ser querido y que en este caso en particular, por su corta edad, sería especialmente delicado. Apolonio era consciente de que su trabajo consistía, entre otros, en devolver a los familiares un cuerpo con un rostro para recordar, una última imagen que quedaría en sus retinas grabadas, y por eso no podía fallarles, por eso se tomaba tan en serio su trabajo, sabía la responsabilidad que se derivaba de su buen hacer con las manos.

El reloj de la sala de embalsamamiento marcaba las 2:15 h, hora de hacer una parada, Apolonio ya había acabado con sus dos encargos, que yacían en sus correspondientes mesas de preparación, tan solo le quedaba preparar los correspondientes informes de trabajo; se quitó los guantes de látex, vertió algo de desinfectante del dispensador de la pared y se frotó las manos enérgicamente, colgó del perchero de pie la vieja bata hoy algo amarillenta, pero en otro tiempo de un blanco impoluto, y salió al exterior a respirar un poco de aire fresco. Sólo en estos momentos discernía con claridad lo contaminada que estaba la atmósfera viciada que respiraba en el sótano donde trabajaba, excesivamente esterilizada y a la vez cargada de vapores de diversas sustancias, una mezcla de olor a desinfectante, a cetonas, alcohol y productos químicos preservantes, un olor que si tuviera color sería marrón ciénaga, un olor mezclado con fracciones de olor a grasa, coágulos y restos de tejidos, un olor espeso que impregnaba sus ropas, tenía la extraña sensación de llevarse pegado a la piel cada día un algo de cada cuerpo que momificaba, de alguna manera ellos pasaban a formar parte de su vida y él de la de ellos, porque era uno de sus últimos nexos con lo vivo, antes de ser encajonados entre las paredes aterciopeladas de sus ataúdes.

Mientras echaba un cigarro vio con extrañeza, pues no era su horario habitual, cómo la oscura furgoneta con el logotipo verde de la funeraria aparcaba en la zona de descarga; en principio ya no esperaba más encargos aquel día.

—Buenas tardes Apolonio —le saludó Germán, el conductor, mientras abría las puertas traseras del furgón— te traigo otro fiambre.

—¿Cuántas veces te he dicho que no les llames así? ¿has visto alguna vez lo que pone en el cartel de la puerta del laboratorio? Apolonio Garcidueñas – Tanatopráctico, y no Apolonio Garcidueñas –Chacinero ¿captas la diferencia? ¿cuándo te vas a enterar de que trabajo con personas, y de que algún día tú pasarás por caja también?

—Hombre, no te pongas así, es para quitar un poco de tensión al temita ¿o te crees que me gusta ir todo el día con las espaldas cubiertas por estos fiambres? Anda que el día que me pase algo ¡menuda ayuda llevo!

—Y dale. Bueno y ¿a qué viene traer a nadie a estas horas? no te esperaba ya hasta mañana temprano.

—Chico, no sé, yo a mandar, parece ser que éste corre prisa. Ha estado unos días en el anatómico forense y ya empieza a oler… ¿te lo dejo donde siempre?  —le preguntó Germán mientras desplegaba la camilla con el nuevo cadáver.

—Sí, sí, pasa, anda.

—Bueno, ¡vaya fiesta que tienes aquí! ¿y estos dos? cada día te superas, mira que los dejas chulos, Apolonio, ¡si parece que han quedado para ir de fiesta juntos!, míralos.

—Germán, vete por favor, un poco de respeto, cada día tienes menos gracia.

—¡Cómo te pones! ¡qué poco sentido del humor gastas! en fin ¿quieres conocer los detalles de este nuevo? me he enterado de cosas…

—A ver, cuenta, mucho me temo que de una forma u otra lo vas a hacer…

—Se llamaba Heriberto Trujillo, 70 años, todo un caballero, y si no mira qué elegante iba —comentaba Germán, mientras abría la cremallera de la funda de plástico blanca en la que venía el cuerpo desnudo y volcaba sobre la mesa contigua la bolsa que le acompañaba con su ropa.

—Déjame ver, no toques nada Germán —añadió Apolonio mientras se ponía los guantes de nuevo y revisaba esta indumentaria. Alzó la chaqueta de color verde oscuro y apreció con los dedos la calidad de su lana, se fijó en los dos botones, en las solapas de cuero o en sus dos aberturas posteriores; luego en el pantalón, de cuadro Galés marrón, también había un chaleco burdeos de bordados florales y una camisa beige. El atuendo lo completaba una bufanda de cuadros verdes y rojos y unos zapatos de ante marrones. Todo era de marca y estaba completamente nuevo.

—Refinado ¿no? a ver cómo le dejas a éste, que luego vendrá la familia, tan exquisita como él, y es capaz de demandarte si no les gusta tu “toque personal”, ya sabes, son gente importante, con dinero.

—¿Algo más que añadir Germán?

—Pues claro, si aún no te he contado nada —y Germán empezó a relatar los detalles de la muerte de D. Heriberto Trujillo, los que conocía por la policía y los que añadió fruto de su imaginación desbordante— “…A D. Heriberto le encontró muerto en su casa una mujer que formaba parte de su personal de servicio, hace cuatro días, a primera hora de la mañana. Por lo visto era un tipo bastante rico, de hecho vivía en la colonia esa, “Bellavista”, en una especie de mansión, dicen que de estilo victoriano, yo no entiendo mucho, pero de esas muy recargadas, con varias torres y un porche con columnas. Dicen los vecinos que era un tipo un poco raro, que apenas salía de casa ni alternaba con nadie, que su relación con su esposa e hijos era inexistente, que simplemente guardaban las apariencias pero que las dimensiones de la casa les permitían no cruzarse en todo el día si no querían, cuentan también que le gustaba coleccionar cosas de lo más extrañas, que en su finca tenía una caseta llena de bichos que disecaba él mismo y que no permitía la entrada allí ni a los empleados encargados de la limpieza. El caso es que la asistenta le encontró dentro del garaje, sentado en uno de sus coches antiguos de colección, en un Bugatti negro del siglo pasado para ser más exactos ¡menudo susto se debió llevar la pobre señora! No había signos de violencia y por lo que encontraron todo apuntaba a que se había suicidado, algo que la autopsia ha confirmado ¿no te parece de película? un tipo forrado de pasta que decide quitarse de en medio. Pero aquí no acaba la cosa, no, parece ser que la noche anterior nuestro rico caballero fue al casino y ganó una fortuna a la ruleta, después retiró de la banca lo ganado y dicen que le vieron salir dirigiéndose hacia su coche ¿qué te parece? ¿y sabes cómo se suicidó? esto ya es para nota si lo adivinas, yo pensé que lo habría hecho con monóxido de carbono, como en las películas, con una goma conectada al tubo de escape, pero no, cuando le encontraron muerto ni siquiera las llaves estaban puestas en el contacto… el muy extravagante, porque no se le puede llamar de otra forma, por lo visto se inyectó el veneno de una de esas ranas de colorines de la Amazonia… pero lo que de verdad trae de cabeza a la policía es el paradero del dinero que ganó, ha desaparecido, se ha volatilizado, nadie ha encontrado ni un euro ¿te lo puedes creer? a mí me da que algún listo llegó antes que la asistenta, o quizás ella esté implicada, aunque han interrogado a todo el personal de servicio y la policía les ha dejado a todos en libertad sin cargos, incluso a ella… no sé, no sé, alguno de los hijos, yo creo que alguno de los dos hijos está metido hasta el cuello en el “supuesto” suicidio, o incluso la mujer, una tal Dª Regina, porque diga lo que diga la autopsia yo no me creo que el viejo se suicidara después de ganar en el casino ¿y tú?…”

Germán siguió hablando y hablando pero Apolonio había dejado de escucharle hacía unos minutos, su cerebro estaba procesando cierta información que le llamó la atención de forma peculiar, el modo de suicidarse, con el veneno de una de esas diminutas ranas de Sudamérica. Era un aficionado de todo lo relacionado con el mundo de los tóxicos y sabía que algunos de estos pequeños batracios como la “rana dardo” eran pequeñas asesinas que portaban gran cantidad de alcaloides extremadamente venenosos en su piel, capaces de matar a 1500 hombres con la cantidad extraída de un solo ejemplar…

Germán hacía tiempo que se había marchado y él llevaba un buen rato delante de D. Heriberto haciéndose, o mejor dicho haciéndole, todo tipo de preguntas. Acostumbraba a hablarles, como si estuvieran vivos, así el trabajo se humanizaba un poco, decía.

—Querido lord ¿qué pudo empujarle a acabar con su vida de forma voluntaria? hombre acaudalado, con familia, sin problemas…¿acaso no lo tenía todo? ¿y por qué de ese modo tan sofisticado? no es nada fácil encontrar un ejemplar de rana dardo viva a la que extraerle su veneno ¿y qué pasó con el montón de dinero que ganó en el casino? ¿quién se beneficiará de su buena suerte?… —A falta de respuestas decidió empezar a hacer lo que mejor se le daba, prepararle para que se despidiera de los suyos antes de ser enterrado. Observó las múltiples cicatrices que la autopsia había dejado a lo largo y ancho de su cuerpo, afortunadamente ninguna de ellas se vería una vez ataviado de las ropas que antes habían estado examinando Germán y él. Realizó las tareas de embalsamamiento de forma mecánica, como de un recetario aprendido a lo largo de los años se tratara, en ningún momento le temblaba la mano ni dudaba, lo había hecho ya demasiadas veces. Cuando acabó, la vista se detuvo unos segundos en el cuello de D. Heriberto, en el lado derecho, en lo que parecía un pequeño hematoma con la huella de una diminuta punción en su centro, a la altura de la yugular —aquí te lo inyectaste, ya veo, el camino más rápido para llegar al final ¿verdad? —dijo Apolonio mientras tomaba algo de maquillaje y lo aplicaba sobre esa zona.— Poco le quedaba ya, comenzó a vestirlo cuidadosamente, le sorprendió el cuerpo atlético que aún mantenía pese a su avanzada edad, era pura fibra— menuda planta tenías, mi querido lord, seguro que aún levantabas pasiones… —le susurró Apolonio como si de una confidencia entre viejos amigos se tratara. Le puso los pantalones de cuadro Galés, los zapatos de ante y la camisa beige, y sobre ésta el bonito chaleco burdeos bordado con flores de lis— este sí que te hace elegante —comentó mientras le volvía a acostar sobre la mesa de preparación para acabar de abotonárselo. De pronto descubrió que una pequeña esquina de papel sobresalía de uno de los diminutos bolsillos delanteros de éste, tiró de ella y extrajo una pequeña fotografía en blanco y negro muy desgastada por el paso del tiempo; se trataba de una mujer joven, muy bella, de ojos grandes y pelo oscuro recogido. En el reverso de la misma tan solo una frase, “Siempre tuya, Amanda”, y una fecha, 13 de octubre de 1959. Al cabo de unos minutos un pequeño escalofrío recorrió la espalda de Apolonio, al principio no se había percatado pero de repente todo se le desveló patente y claro, el parecido era asombroso, tenía que tratarse de la misma persona. Dejó el cuerpo de Heriberto y presa de una excitación inusual en él retornó corriendo dos mesas más allá, a la de Amanda Vargas ¿realmente era ella la joven de la fotografía? pero ¿qué había habido entre ellos?

Miles de preguntas asaltaban la cabeza de Apolonio, deseaba a toda costa resolver el misterio que se escondía entre aquellas paredes, por ello decidió volver a revisar el cuerpo de Amanda, por si encontraba algún indicio de lo que había sucedido, era muy extraño que ambos hubieran ido a parar el mismo día precisamente a la sala de su laboratorio. Los papeles que la acompañaban cuando la trajeron tan solo decían que había muerto por causa natural, un infarto, rezaba el informe, mientras dormía, y que ningún familiar había reclamado su cuerpo. Apolonio la desnudó y revisó centímetro a centímetro su cuerpo, sin saber qué buscaba exactamente— dime cómo moriste realmente Amanda, no fue un infarto ¿verdad? —murmuraba mientras seguía su hasta entonces infructuosa exploración. Cuando a punto estaba de abandonar y de decirse que quizás todo era fruto de su imaginación, una pequeñísima marca redondeada en el lado izquierdo del cuello llamó su atención, eran los restos de una punción, muy similar a la que había encontrado en el cuello de Heriberto— Así que así fue, Amanda, así fue en realidad ¿verdad? —exclamaba Apolonio brazos en alto mientras recorría la sala en círculos.

II

Aquella fría tarde de octubre tenía un último encargo del señor, crucé el jardín y me dirigí a la vieja caseta donde el señor guardaba su colección de animales, la nota no daba lugar a dudas: “…abre el armario de metal gris, ya sabes dónde está la llave, busca detrás de los frascos de cristal, hay una puerta corredera que esconde un falso fondo, coge el maletín negro, es tuyo, Fabián, mi pago por tantos años de lealtad y silencio, suficiente para que comiences una nueva vida. Atentamente, Heriberto”. Lo abrí y vi un montón de dinero colocado perfectamente, no pude evitar sonreír, se las había ingeniado para seguir sorprendiéndome una vez muerto y tener la última palabra, toda su vida había sido escrupulosamente detallista y ordenado. Volví a la casa, no me lo pensé ni un momento, ya no me sentía vinculado a la familia Trujillo, recogí las pocas cosas propias que había ido acumulando con el tiempo e hice las maletas, salí por la puerta principal, con la sensación de dejar más de media vida atrás, eché un último vistazo a la fachada victoriana que había sido mi casa los últimos 40 años y me alejé para siempre de la colonia “Bellavista”. Antes de dejar la ciudad tuve que hacer una última parada, aparqué en la puerta de la casa que tantas veces había visitado llevando regalos o mensajes para ella de parte del señor, el lugar donde se encontraban a escondidas cada miércoles, desde hacía 20 años ya, desde que Dª Regina les descubriera y decidiera despedirla; abrí la puerta con la llave que él me había dejado junto a la nota y entré. Busqué infructuosamente la carta, un sentimiento de angustia empezó a invadirme, no podía fallarle, tenía que dar con ella. Una última idea se me pasó por la cabeza, quizás fuera una locura pero tenía que intentarlo, cerré la puerta y me dirigí a las afueras de la ciudad.

Cuando llegué al edificio pregunté en recepción por la sala donde estaba el féretro de Amanda Vargas. Me identifiqué como primo suyo y me indicaron que aun no estaba preparada y que si lo deseaba podía bajar al laboratorio de embalsamamiento. Así lo hice.

—Buenos días ¿se puede? —pregunté cuando ya estaba casi dentro de la sala. Al fondo un hombre ya mayor que no parecía haberme oído. ¿Se puede? —volví a preguntar.

—Perdone, por supuesto, adelante ¿en qué le puedo ayudar? —me contestó.

—Soy familiar de Amanda Vargas, me han mandado desde recepción.

—¿De Amanda? ¡No puede imaginar cómo me alegra saber que finalmente tenía algún familiar…¿y es usted?…

—Fabián, Fabián Contreras, en realidad primo lejano de ella —le dije mientras le estrechaba la mano.

—Bien, ¿desea verla? Hace un rato que acabé de prepararla, de hecho iba a llamar para que la subieran a sala —me contestó. Pude percibir en su voz cierto nerviosismo. Está aquí mismo, es aquella de la mesa del fondo, si lo prefiere les puedo dejar a solas…

Yo decliné la invitación, seguramente él podría facilitarme la información que buscaba. Me acerqué tímidamente hasta ella y no puede evitar estremecerme, su apariencia me hizo volver unos años atrás, cuando ella y Heriberto eran más jóvenes y jugaban en la caseta del jardín a ocultar su amor gracias a mi complicidad y discreción. Este hombre había conseguido recuperar gran parte de su belleza, de esa que había ido dejando atrás especialmente el último año, cuando la diagnosticaron una terrible enfermedad que la fue consumiendo poco a poco.

—Una duda, ¿cuándo le trajeron el cadáver no le acompañaba ningún objeto personal? echo en falta una pequeña medalla de la que no se separaba y que no lleva puesta —le pregunté.

—Pues no, tan solo llevaba aquel viejo vestido negro que ve encima de ese estante.

—¿Me permite? —le pedí. Él asintió con la cabeza.

Aquel uniforme me trajo de nuevo muchos recuerdos, de cuando Amanda entró a servir en la casa de los Trujillo, era muy joven, tan solo 17 años. De repente de uno de los bolsillos delanteros se deslizó un sobre que llevaba el nombre de ella escrito a mano, Amanda Vargas. Por fin, era lo que había venido a buscar. Lo recogí del suelo sin que me viera el hombre y me lo guardé en la chaqueta. Después dejé la prenda en el mismo sitio en que me la encontré.

—Pues muy agradecido, no entiendo qué ha podido pasar con su medalla, me hubiera gustado verla con ella en su último día. Realmente ha hecho usted un magnífico trabajo, está guapísima —le comenté.

—Gracias. Lo lamento, siento no serle de más ayuda. Por cierto ¿sabe usted si…? Mejor olvídelo, era una tontería, me paso tantas horas encerrado entre estas cuatro paredes con ellos como única compañía que a veces pienso que se me va un poco la cabeza… —me dijo aquel hombre mientras me señalaba el resto de cuerpos.

Me despedí de él y subí las escaleras que me condujeron a la calle, me produjo bastante alivio respirar algo de aire fresco después de estar allí abajo. Me eché la mano al bolsillo de la chaqueta y tímidamente abrí el sobre, dentro había una carta escrita con una caligrafía que me era muy familiar, de rasgos temblorosos aunque de formas bellísimas, y comencé a leer:

“13 de octubre de 2009

Amor mío, hoy es nuestro día, después de tantos años por fin estaremos juntos. Cada vez me cuesta más separarme de ti. Lo he preparado todo, tal y como hablamos, ya me ha llegado lo que llevaba días esperando. No concibo la existencia sin ti, eres lo único que da sentido a mi vida. Si tú te vas ten por seguro que yo me iré contigo.

Te amo. Heriberto.”

Tras leerla, dos lágrimas recorrieron mi rostro —nadie sabe la gran historia de amor que se esconde entre esas frías paredes —pensé. Me alejé caminando, lentamente, ahora sí que podía marchar de allí para siempre.

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