Arrequives para un viaje

Arrequives para un viajeLo había visto tantas veces que ya formaba parte de su cotidianidad. Se rebelaba una y otra vez contra esto, era incapaz de asumir que estas imágenes que se repetían casi a diario, como si de un pase más en una de esas antiguas salas de sesión continua se tratara, se hubieran convertido en algo demasiado familiar. Se negaba a acostumbrarse a ellas, era una cuestión de respeto, por ellos, por ellas, y de dignidad, la de sus vidas.

El tiempo parecía tener prisa, ella llevaba ya cinco años recogiendo cuerpos desvencijados, pieles blanqueadas de sal, bocas sedientas de pan y hambrientas de agua pero también de libertad, manos quebradas acostumbradas a sobrevivir, ojos cargados de sueños prestados que alguien les contó, voces sin aliento… Sonia trabajaba duro para pescárselos a la mar antes de que ésta se quedara con ellos para siempre, y para recuperarlos, y devolverles algo de la dignidad ahogada, antes de retornarles de nuevo a ese pedazo de tierra que les vio nacer con pena, que les dejó crecer con dureza, y que seguramente les vería morir, sin nada.

Sonia vivía en la costa, la de los sueños y la de las realidades, la de ida y la de vuelta, la de los hermanos y la de los extraños, la de destinos exóticos pero también la de origen, la de sonidos y tonos folclóricos compartidos, la de pieles blancas que desean oscurecerse, la de pieles oscuras que desearían aclararse para pasar desapercibidas, la costa sur que para ellos es su norte.

Aquella venteada mañana la mar escupió con fuerza hasta la playa de poniente una embarcación, teñido de colores negro y verde su destartalado esqueleto de madera. Cuando llegan Sonia y sus compañeros, en su interior tan solo una vida, la de un bebé, silenciado su llanto por el calor de un pecho seco al descubierto que probablemente hacía tiempo había dejado de alimentarle, y dos muertes, en un extremo la de la madre, de manos que aún le sostienen fuertemente engalanadas de filigranas de henna, y en el otro la de un hombre joven, vestido de ropas blancas raídas, adornado el cuello con un collar de cuentas de semillas negras y calzado con unos llamativos zapatos rojos.

Aquella venteada mañana en el camino de Sonia se cruzó una embarcación teñida de colores negro y verde que pareciera hecha a la medida de los cuerpos que la habitaban.

Aquella venteada mañana Sonia no olvidaría aquellos zapatos rojos en cuya suela aún estaba adherida la piel de un continente próximo, albergue de sueños y gentes resquebrajadas. Del resto de ocupantes nada supieron esta vez, muchos viajaban con un número de móvil anotado como único equipaje, el de una voz al otro lado que les salvaría y con la que probablemente ya habrían contactado.

Me llamo Baidy, tengo 19 años, soy senegalés / esta noche partimos / luna nueva / frente a mí un desierto de azules, desierto de mar / no sé nadar / será mi primer viaje / el viaje más caro de mi vida / estoy ilusionado / también tengo miedo.

La costa, la he mirado tantas veces desde este alto, enmarcada por las luces del fanal, ¡cuánto la he deseado todo este tiempo! Siempre allí, lejos y cerca a la vez, de días de silueta clara o días apenas intuida entre la bruma. Mi anhelada costa, hoy un poco más próxima. A ella me dirijo, a cumplir un sueño, el de mis padres, y ahora el mío. Mamá me regala unos zapatos rojos —“para que no te mojes los pies” — me dice.

El sol se ha puesto ya / una embarcación teñida de colores negro y verde / unas 35 almas hacinadas cargadas de ilusión / un cermeño sin escrúpulos les capitanea / mujeres, hombres, niños / un bebé de unos 10 meses mecido por dingolondangos africanos en voz de una madre esperanzada, de una madre agotada y asustada / noche sin luna / noche venteada /noche fría / sin espacio para alimentos / tampoco para agua potable / solo sacia su sed la patera a sorbos de gasoil / un golpe de mar / olas que se empeñan en invadir espacios que no existen / rostros que reflejan pánico / para muchos su primer contacto con la mar / manos y pequeños recipientes improvisados que se afanan por achicar agua nerviosamente / un hombre de zapatos rojos cae al agua / unos brazos pidiendo auxilio a la desesperada / un cuerpo que se tira al agua / demasiado tarde / un cuerpo muerto que es izado de nuevo / una travesía peligrosa / amanece, la costa se dibuja ya cercana / han tenido suerte.

Aquella venteada mañana Sonia poco puede hacer por los ocupantes de esa embarcación teñida de colores negro y verde, recibe dos cuerpos anónimos que acogerá una patria anhelada que no es la suya, nunca volverán al lugar que les empujó a salir. Un sueño cumplido: no regresar al sur. El bebé tampoco lo hará.

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