El provocador de sueños

El provocador de sueñosMiradas, tan sólo miradas, ese fue el único vínculo que mantuvimos a lo largo de meses. Nunca supe su nombre, nunca supe nada de su realidad, la que seguro tendría, ni él de la mía, estas condiciones formaban parte de las reglas que ambos aceptamos. Le conocí en el mercado de pescado, junto al puerto, allí fue la primera vez que nuestros ojos se encontraron. Él acudía allí cada tarde a adquirir las mejores piezas frescas recién arrebatadas al mar y, antes de tomar prácticamente tierra los pescadores que las habían capturado, ya empezaba sus negociaciones, adelantándose así a los comerciantes que las llevarían a la lonja para regatear un buen precio con los compradores.

Cientos de cajas se apilan en el muelle junto a los barcos, rápidamente cambian de manos en medio de una algarabía de voces y señales que solo comprenden los hombres que las manipulan. La mercancía de un barco da paso rápidamente a la de otro en una sucesión de idas y venidas de cuerpos plateados apilados. Fuera de la lonja pequeños puestos improvisados con piezas de menor porte destinadas al mercadeo local, el pescado en el suelo, directamente sobre la superficie embaldosada, lo más cotizado, los atunes. Había verdaderos artistas en el arte de despiezarlos a gran velocidad, primero cortaban sus poderosas cabezas para eviscerarlos, después les sajaban las aletas y arrancaban sus pieles de brillos metálicos, y por último extraían sus rojos lomos enteros, lo más preciado, especialmente para el mercado japonés y los jefes de cocina de los hoteles más caros del país. Yo estaba de paso cada día, sola, camino de mis obligaciones, pero a él se le veía desenvolverse con gran soltura entre pescadores, armadores, compradores, turistas y oportunistas ocasionales; en la ciudad ése era su medio, sin duda alguna.

La primera vez que cruzamos la mirada me causó gran sorpresa y excitación, quizás por lo inesperado de la situación, hacía años que mis ojos ya no centraban su atención sobre hombre alguno, mi esposo no me lo habría permitido. Me casé siendo prácticamente una niña, como todas, y por supuesto yo no le elegí. Aun recuerdo mi boda, y el viaje de después a su ciudad natal, a casa de su madre, los dos en el aeropuerto, juntos pero distantes, él de negro, y mayor, yo de un blanco inmaculado de la cabeza a los pies, con una vieja maleta como compañera de viaje, cargada de los escasos recuerdos que puede llevar una cría de doce años; y recuerdo mi primera noche de bodas, nunca me la habría imaginado así, a decir verdad nunca me la había imaginado. Mejor olvidar.

Aquella primera mirada fue —¿cómo explicarlo? — intensa, muy intensa, de esas miradas que atraviesan y logran alcanzar lo más íntimo de uno queriéndote desnudar, fue espontánea, por lo inesperado, fue duradera, o eso me pareció a mí; fue radiante, porque los brillos de nuestros ojos se encontraron; fue dulce, y a la vez amarga porque cesó; fue pausada, como quien dispone de todo el tiempo del mundo para descubrir rincones de gran belleza; fue privada, tan solo nuestra; fue soñadora, y provocadora, por todo lo que desencadenó después; fue… fue tan solo una mirada, la primera. Y a ésta siguieron muchas más, siempre a la caída de la tarde, coincidiendo con el momento en que las embarcaciones llegaban a puerto después de una larga jornada de trabajo; a un lado los barcos más grandes con el pescado destinado a acabar en mesas más selectas, a otro los tradicionales “dhoni” heredados de familia en familia durante años, pertrechados de artes de pesca humildes manejadas por manos humildes, por gente que pertenecía a la mar. Allí estaba él, allí acudía yo, allí nuestros ojos se encontraban cada tarde. Y así construimos juntos un vocabulario a base de miradas, con frases escritas a base de pupilas y pestañas, con miradas nos fuimos conociendo, poco más necesitábamos, y a poco más nos habría sido permitido acceder, tan solo a miradas. Y a sueños, los que me provocaba el fugaz encuentro de cada tarde con él, me había devuelto la ilusión, había conseguido que volviera a encontrar belleza en cosas a las que hacía tiempo ni prestaba atención, mi vida diaria se limitaba a mi buen hacer como esposa y a mis compromisos espirituales; pero él hizo que volviera a mirar al mar, que disfrutara de las puestas de sol que morían en él, o del espejo que parecía su superficie los días sin viento; pero también hizo que mirara a mi ciudad y fue entonces cuando empecé a disfrutar de sus colores, de los que formaban parte de los “sarees” de las mujeres hindúes en contraste del negro que portábamos otras tantas, o de los de los cientos de motocicletas que inundaban calles, o el de los cascos de las naves en el puerto, o el de algunos edificios. Con él los sueños de mi infancia regresaron, y con él soñé tiempos diferentes, que quizás nunca alcanzaría, pero no dejaba de soñar.

Un día se acercó a mí, era la primera vez que estábamos tan cerca el uno del otro, su piel, en su caso oscurecida por el sol —la mía oscura por madre, y padre— contrastaba con el blanco de su pulcra ropa, siempre me pregunté cómo lo lograba en un medio donde se mezclaban restos de pescado con trazas de carburante y sangre —me marcho de la ciudad— me dijo, —para siempre— añadió, esta vez se dirigió a mí con palabras, las únicas que le escuché pronunciar. Después tomó mi mano, la acarició levemente y se apartó, dio media vuelta, hasta la esquina, recogió una caja del suelo, volvió hacia mí de nuevo y me la entregó. Entonces, sólo entonces, retiré por segundos mi “niqab” y le mostré mi rostro. Nos miramos por última vez y retrocedió sobre sus pasos, esta vez para no regresar. Mantuve los ojos fijos en él hasta que desapareció entre el gentío del puerto. Mis manos portaban el pesado paquete, me decidí a abrirlo, en su interior un atún, el más bello que jamás había visto, con una piel plateada que recordaba la estela de las olas bajo el reflejo de la luna llena, con potentes y recias aletas que recordaban hojas de afilados puñales, y carne de un rojo intenso. Pero lo que más me perturbaron fueron sus ojos, brillantes, llenos de vida aún.

Continué pasando por los alrededores de la lonja cada tarde, camino de mis oraciones en la mezquita de coral, con la esperanza de volver a verle. Por un momento pensé que quizás algo le hiciera regresar, que por un instante no se habría olvidado de los sueños, que seguro compartimos cada noche, ni del tiempo, el nuestro. Nunca más volví a cruzar una mirada con él, desde entonces no he vuelto a soñar, se marchó con sus sueños, y con él los míos.

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2 comentarios en “El provocador de sueños

  1. Puck dijo:

    “la estela de las olas bajo el reflejo de la luna llena”: en una historia de miradas parecen lógicas imágenes como la que describes en esa frase, sirven para poblar la retina; aunque la historia de por sí, ya es suficientemente imaginativa.

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