Madre de carmín

(Relato que ganó el 2º premio en el XXVII Concurso de Cuento y Poesía organizado por la Asociación de Vecinos de Vicálvaro en 2009 )
Madre de carmínAnabella tenía cuarenta y cinco años, llevaba casi cuatro trabajando en ese mismo barrio, Anabella era su nombre de guerra, decía que así le iba mejor, Anabella era puta. Anabella también era madre, y esposa, entonces la llamaban Carmela.

Se construía cada mañana de la misma forma, siguiendo los mismos pasos, invariables a lo largo del tiempo, tan solo sutilmente modificados por alguna moda pasajera, incluso en la calle se notaban las tendencias. Se desnudaba para vestirse. Carmela dejaba la ropa doblada cuidadosamente sobre el butacón del dormitorio, el “vestido-madre” con el que había llevado a los pequeños al colegio, en unas horas se lo volvería a poner; Anabella comenzaba entonces a prepararse, de dentro hacia afuera, de arriba hacia abajo, siempre en el mismo orden. La ropa interior llamativa, decorada de encajes y transparencias, su color preferido el verde, el de ellos el negro. Le gustaba su cuerpo, a pesar de los años y de su embarazo doble sus pechos se mantenían aún firmes, y les sabía sacar partido, siempre escogía una prenda ceñida. Tomó del armario una camiseta blanca que dejaba al descubierto parte de sus hombros, con escote en V, de las que sabía la favorecían especialmente. Nunca pantalones para trabajar, prefería las faldas estrechas que sabía marcaban sus curvas, hoy se pondría una de raso en tonos morados. Pero antes escogía de la cómoda unas finas medias de cristal, negras la mayoría de las veces pero no siempre, aunque hoy sí.

A la vez que se arreglaba, Carmela se ocupaba de acabar de dejar a punto la comida para que cuando llegara su pareja con los gemelos solo tuviera que calentarla. Acostumbraba a dejarle notas por toda la casa recordándole cosas importantes, sabía de sus despistes. Hoy solo fueron dos, una sobre el espejo de la entrada “No olvides la reunión del colegio, a las seis. Te quiero”, otra sobre la encimera “Que Mario no meriende hoy chocolate, sigue con la tripa mal, ponle un bollo de leche con pavo. Un beso”.

Siempre tacones, no le eran especialmente cómodos pero sabía lo que la estilizaban las piernas y lo mucho que les gustan a los hombres. Esta vez escogió unos de plataforma, negros, con una tira abrazando sus tobillos. Solo la quedaba maquillarse. Carmela apenas se daba unos tonos rosados en las mejillas, los labios siempre naturales, a los niños no les gustaba los besos rojos en sus caras, ni a su compañero. El rojo carmín solo para los otros, así sus finos labios contrastaban con la palidez de su piel, el negro azabache de su largo pelo y el mechón canoso que nunca se molestó en teñir, le daba personalidad, decía. Mientras se aplicaba una capa de maquillaje, Carmela recordó que tenía que llamar a pedir cita para acudir a su revisión periódica ginecológica, era muy cuidadosa con este tema, siempre utilizaba preservativo, sabía que algunos clientes se quejaban pero su salud era lo primero, y la de su familia. Llevaba tiempo queriendo dejar la calle, y la dejaría, los niños aun eran pequeños aunque pronto comenzarían a hacer preguntas, y ella no quería darles respuestas. Sabía que pronto Anabella debería marcharse para siempre de aquella casa. Entonces no sabía cómo iban a llegar a fin de mes, el sueldo de su pareja no daba para dar de comer y vestir a cuatro, y mucho menos para hacer de vez en cuando algún viaje; le gustaba que los pequeños vieran cosas nuevas más allá del barrio, ella tuvo pocas oportunidades en su juventud para salir y no quería privarles a ellos de esto —la vida es la mejor escuela—, solía decirles.

Tomó el perfilador, se acercó al espejo del baño y remarcó el límite de sus ojos con una gruesa línea inferior y otra superior que los encerraba en una especie de caja negra, —así, como hacían los faraones, no sé por qué los hombres ahora ya no se pintan— pensó a la vez que sonreía imaginando a su pareja haciéndolo como ella cada mañana. Sacó el estuche de sombras de su neceser rojo y cubrió sus párpados levemente de tonos malvas. El rímel acabó de decorar sus ojos, alargando hasta el infinito sus ya de por sí interminables pestañas. Solo le quedaban los labios. Rojo carmín, la nueva barra con efecto gloss le quedaba realmente bien. Dirigió sus pasos hasta el dormitorio, se puso frente al espejo de cuerpo entero y comprobó con satisfacción el resultado final, todas las mañanas hacía lo mismo. Anabella, ¡estás fantástica! —pensó—ojalá hoy otros lo crean también.

Recogió el bolso charol de la entrada, se puso una entallada chaqueta negra de imitación a cuero y abrió la puerta. Antes de cerrar recordó algo. Carmela corrió por el pasillo, entró a la cocina y agarró la bolsa de basura, la del cubo naranja, si no la bajaba iba a oler toda la casa al pescado que había estado limpiando aquella mañana para la cena.

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