Retazos nocturnos

Retazos nocturnosQuerido autor, desde que tu desgastada libreta de anotaciones ha caído por casualidad en mis manos trato de encontrarle un sentido, un hilo conductor a lo que imagino ha sido tu vida, un orden lógico y racional dentro del caos y la desorganización que vislumbro a través de las líneas que celosamente has guardado, eres como un rompecabezas sin montar, un galimatías de palabras que decidiste vomitar con tinta a lo largo de un sinfín de noches tormentosas, otras dulces sin embargo, una vorágine de ideas inconexas ¿y aun pretendo yo, tu único lector, entenderte, esbozarte a partir de este conjunto de retazos nocturnos? permíteme intentarlo al menos.

Hablas de sueños y a mí me los estás arrebatando, espero impacientemente nuestros reencuentros cada noche, cuando en la soledad de mi habitación tan solo quedamos tú y yo, unidos por un vínculo cada vez más estrecho, el que proporcionan trazas de vidas paralelas que he visto reflejadas en tu escritura.

Cuántas veces me he despertado sobresaltado a mitad de la noche, empapado en un baño de sudor aun en pleno invierno, preso de una sensación de desasosiego y angustia, como la tuya de aquel 18 de diciembre de 1962:

“…corro y corro sin parar, siempre hacia delante, como en una competición, no tengo el valor suficiente para detenerme y mirar atrás, pero sé que ellos están ahí, cada vez más cerca, puedo sentirles, percibo sus ganas de hacerme daño, de acabar conmigo de una vez por todas, y yo sigo corriendo, el corazón se me acelera, estoy agotado, no quiero ni pensar que por un momento mis piernas se detengan de pura extenuación y ellos me alcancen, y fuerzo un poco más mis músculos, corro sin rumbo fijo, siento cómo me va faltando el aire, y percibo el sonido de sus pasos, cada vez más cerca, como perros de presa detrás de su trofeo, ya no puedo más, no puedo más, tropiezo y caigo al vacío… por fin despierto, me libré de ellos, ya estoy a salvo”.

Con las pocas pistas que has dejado no alcanzo a descubrir el qué, pero algo debió atormentarte aquellas navidades, a tenor de lo que escribías la misma Nochevieja del 62:

“…me he despertado llorando, he visto dolor, sufrimiento, lo he llegado a sentir muy de cerca, he visto a gente caer, en una especie de fosa de la que no podían salir por lo resbaladizo de las paredes, llovía con fuerza, yo estaba en el borde y trataba de ayudarles, les tendía la mano y al principio se agarraban con fuerza pero al final se me escapaban de entre los dedos, lloraba de impotencia, de rabia y de mi propia debilidad, no logré alzar ni uno de esos cuerpos que luchaban por escapar, unos caían sobre los otros. De repente mis ojos se han quedado clavados en un rostro que solo reflejaba resignación y derrota, me miraban como despidiéndose, como aceptando lo inevitable, eran los de mi padre…”

De entre tanta oscuridad también han habido páginas que han arrojado algo de luz,  algunas me han recordado la imaginación y la fantasía desbordante que tuve en otra época, el 10 de enero de ese mismo año escribías con una caligrafía más alegre y difuminada:

“…poco a poco fui abandonando mi cuerpo, primero me separé de la cabeza, después me fui incorporando, escapando de entre las costillas, que a modo de barrotes me tienen aprisionado el resto del día, me despegué del abdomen, y por último liberé mis piernas y pies. Por fin me sentí ligero, me elevé por encima de la cama, echando una última ojeada a mi cuerpo yacente bajo las mantas, y volé, volé lejos, crucé la ciudad como los pájaros, remonté ríos, me alcé por encima de las cumbres que en mi otro estado tanto me costaba alcanzar, planeé sobre el mar, tocando con las puntas su superficie salada,… y llegué al país más bello que podía imaginar, me fundí con el arco iris de sus cascadas al sol, ascendí por encima de sus interminables lenguas de hielo azul, me asomé tímidamente a sus cráteres, noté el calor que desprendía la tierra,… y miré al sol, hora de regresar a casa…”

He sabido de tu infancia, cómo me has emocionado al describir ese hogar, podría haber sido yo mismo el que recorría las estancias de mano de otra anciana. Ese 22 de marzo de 1963 contabas:

“…nunca he estado en esta casa y sin embargo me resulta extrañamente familiar, hay algo que me hace sentir tremendamente cómodo allí. Aparece una anciana de aspecto sosegado, con una leve sonrisa me invita a seguirla, jamás la había visto antes pero la siento próxima, la sigo, sin mediar palabra vamos recorriendo juntos cada una de las habitaciones, trato de encontrar algún objeto con el que identificarme, sin encontrarlo. La vieja cocina de hierro bien caliente, una perola encima, con algún guiso cociendo, seguro que lleva ahí toda la mañana. Me gusta la pila, enorme, de granito sin pulir. La anciana me toma de la mano y me hace atravesar el largo pasillo, no puedo evitar centrar la vista en el suelo, decenas de azulejos de formas geométricas de colores en sucesiones repetitivas se van extendiendo a lo largo de cada estancia, diferentes en cada una de ellas; llegamos a lo que parece uno de los dormitorios principales, la amplia cama rematada por una colcha azul con bordados de flores, el cabecero de hierro, muy adornado, escoltado por dos mesillas también de hierro, pero el protagonista sin duda es la cómoda, muy antigua, coronada por un enorme espejo, testigo mudo del pasado, me llama la atención un juego de tocador de porcelana violeta, tomo entre mis manos el perfumero pero la anciana vuelve a reclamarme y decido seguirla. Una vieja puerta de madera da paso a unas escaleras que suben al piso superior, el sobrado, una estancia tan solo iluminada por los escasos rayos de sol que entran por los estrechos ventanucos. El suelo de madera cruje bajo nuestros pasos, alzo la mirada, ahora lo sé, es ese entramado de vigas, ahora adornadas tan solo por multitud de telarañas…” Aparto la mirada de ti por un momento, cierro los ojos y recupero de mi memoria un olor muy familiar, el de la matanza, el de las varas de cerezo cruzadas sobre esas mismas vigas, sosteniendo vida ya muerta, puesta a secar a lo largo del invierno, en un orden perfecto… recuerdo cómo toda la casa se impregnaba de ese olor…

También diría que has amado, querido desconocido, he leído de amores intempestivos, de amores silenciados,… como tú he sufrido amores simultáneos, difíciles de entender y más difíciles de poner fin, déjame pensar que tus amantes son los míos y que tu sueño es en realidad el mío.

“7 de mayo de 1963…Despierto rodeado por la estela de su perfume, el de ella, la amante, mis dedos guardan aún la huella de su piel, la que he recorrido una vez más con intención de topografiar cada rincón de su geografía. He vuelto a sentir su proximidad pese a la distancia que nos separa, su calidez, su suavidad, su pasión desenfrenada y sus momentos de sosiego y calma. Por una vez no hemos tenido que ocultarnos, nos hemos podido besar a plena luz del día en esas calles que otrora nos parecen encerrar miradas próximas e indiscretas en los ojos de los transeúntes…”. Te diré que esta mañana desperté, y el perfume de ella aún perduraba en mi piel, mezclándose con otros, con olores de antaño, olores a cotidianidad, olores a estabilidad, olores que han ido perdiendo fuerza por el paso del tiempo, pero olores grabados en mi memoria, imposibles de desaparecer ya, olores que me mantienen sin embargo más unido a la esposa y madre.

12 de noviembre de 2009

Querido autor, hoy pongo fin a tu lectura, sigo sin poder encontrar orden ni equilibrio alguno en tu identidad. Afortunadamente esto solo es un pequeño libro de sueños y éstos son solo eso, sueños. Buenas noches.

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