Un instante con eco

Tres mil seiscientas veces cada hora, el segundo susurra: ¡acuérdate! —murmuró al oído de un cliente un tanto incrédulo que se le estaba resistiendo algo más de lo habitual; necesitaba persuadirle de los beneficios del contrato y cerrar así la operación. Adair compraba tiempo. Pensaba que así sería capaz de alargar su existencia y parar el fluir constante del suyo, el que aún no había vivido. Con cada compra, con cada pequeña porción de tiempo ajeno que acaparaba se sentía rejuvenecer.

Tenía un viejo libro de cuentas donde anotaba con detalle todo lo referente al negocio, apuntaba el tiempo que compraba y el dinero que gastaba en él, había desembolsado ya una fortuna pero merecía la pena, se repetía con frecuencia. También anotaba la fecha de la operación, el nombre del cliente o la cantidad adquirida con su unidad de medida —lo más habitual eran los segundos y los minutos, pocos, sólo los muy necesitados, eran capaces de venderle horas, por no hablar de días, semanas o meses, que eran sin duda casos excepcionales—, también detallaba algunas referencias a las circunstancias que habían motivado el contrato de compra-venta. Esto le era de sumo interés.

Con los años había clasificado minuciosamente sus instantes de tiempo, no todos le proporcionaban el mismo beneficio, no le aportaban lo mismo unas horas que restaba al dolor de alguien —que compraba como verdaderas gangas la mayoría de las veces— que unos segundos de felicidad o plenitud a los que otra persona renunciaba de forma voluntaria; éstos sí que eran valiosos, llegó a pagar auténticas fortunas a sus propietarios por ellos. Sabía perfectamente de la aparición de este tipo de instantes, que irrumpían sin previo aviso en la vida de las personas como auténticas ráfagas de aire fresco o pinceladas de color, alterando la normalidad, la rutina y la cotidianidad en la que estaban inmersos. Su duración era insignificante, se trataba de escasísimas excepciones de tiempo, pero el efecto que sobre él tenían era magnífico e incomparable, con ellos sentía saborear la vida, le parecía que el corazón le latía a un ritmo diferente en el pequeño universo circundante, provocaban verdaderas rupturas de su transcurrir habitual, le proporcionaban una vitalidad insólita, inusual si se comparaba con su estado de ánimo habitual, eran auténticos segundos de eternidad para él y se habían convertido en su principal obsesión, momentos transitorios a los que llamaba sus “instantes con eco”. Si las personas a la que iban en realidad destinados hubieran podido gozarlos, les habrían proporcionado experiencias intensas, contundentes, quizás bellas, quizás terribles, pero decisivas en cualquier caso; por eso le costaba tanto convencerles de que se los vendieran, eran demasiado preciados. Los afortunados que los disfrutaban solían luego invocarlos con el recuerdo repetidamente a lo largo de sus vidas, una y otra vez, saboreándolos de nuevo, como si de un ritual cíclico se tratara, en un intento desfasado de mantenerlos vivos, de insuflarles fuerza en su memoria caduca ¡cuánta melancolía les invadía a veces por ello!

—No son gangas tus minutos, ¡mi alocada mortal! Te aconsejo que no los abandones a su suerte sin extraerles su oro, pago bien —conminaba esta vez a una dama a la que había visitado ya en otras ocasiones— piénsalo bien, buena mujer, ¿acaso tu vida ha presumido alguna vez de ser excitante como para querer prolongarla mucho más?, ¿motivadora quizás?, ¿o tal vez apasionante?, ¿por qué no compartir alguna porción de tu aburrido tiempo conmigo?, y digo aburrido, pero podría definirlo como soporífero, tedioso y rutinario, no te engañes, querida mía ¿acaso no piensas lo mismo? —con este tipo de discurso demoledor Adair casi siempre acababa consiguiendo alguna hora de más a buen precio.

Solía estar al tanto de los pormenores de la vida de cada vecino, anotándolos escrupulosamente en el viejo libro, esto le ayudaba a planificar una estrategia con pocas probabilidades de fracasar. Analizaba las situaciones y se anticipaba por ejemplo a futuros instantes dramáticos e intensos, como los que provocaba una ruptura; a momentos tormentosos, como los que seguían a la consecución de una traición; a fracciones de tiempo terribles, como las que derivaban de la muerte de alguien cercano; o a porciones de tiempo brevísimas de increíble belleza, como las que arropaban el paseo de unos amantes bajo una luna llena. Entonces acudía a estas personas, con argumentos suficientes para convencerles de la increíble oportunidad que estaba a punto de ofrecerles. Cuando de sufrir se trataba lo tenía más fácil porque nadie estaba hecho para padecer dolor de forma prolongada, pero cuando debía convencerles de que le cedieran unos minutos, segundos si acaso, de placer, de alegría o bienestar… entonces la cosa se ponía difícil, ni con las sutilezas más elaboradas conseguía convencerles.

Un día llegó a la ciudad un hombre que no había visto nunca, trató de averiguar cualquier detalle sobre él que le pusiera en antecedentes sobre su vida, pero nadie le conocía. Finalmente se decidió a hablar con él directamente.

—Soy ciudadano del mundo, amigo mío, vengo de lejos, mi garganta metálica habla todas las lenguas conocidas, hoy soy de aquí y mañana de ninguna parte —le contestó ante su insistencia de conocer su procedencia.

—¿Y te quedarás mucho entre nosotros? —le preguntó Adair con intención de obtener información que le fuera de utilidad sobre el viajero.

—¡Quién lo sabe! quizás me quede más de lo que pensaba, no depende de mí, no tengo prisa alguna, tengo todo el tiempo del mundo —le contestó.

—¡Ay, el tiempo!, querido viajero, sé a buena fe que es tenaz jugador que nos vence sin trampas en cada envite ¿no querrías prescindir de alguna porción del tuyo?, ¿renunciar a alguna hora de sueños quizás?, ¿o del tiempo que dedicas a los recuerdos?, ¿acaso unos minutos de dolor?, compro tiempo, ¡y a buen precio! —insistió Adair, convencido de que antes o después acabaría cediendo a sus deseos.

—Agradezco tu ofrecimiento, amigo Adair, pero no es negocio lo que he venido a buscar, no preciso de tu dinero —le contestó bajando el tono de voz, casi susurrándole.

—¿Y en qué ocupas ese tiempo que tanto atesoras? —continuó interrogándole, no dándose por vencido.

—En haceros vivir, y en haceros morir, ¿acaso viviendo no morimos un poco cada día?, pero creo que tú lo sabes bien, ¿verdad? Disculpa mi descortesía, viajo para hacer llegar mensajes a las personas, y en esta ocasión he venido a traer uno para ti —le anunció.

Adair le miró con extrañeza, no entendía por qué un desconocido había venido ex profeso de algún lugar lejano a traerle un mensaje, pero ¿de quién? —se preguntaba.

El extranjero prosiguió con su discurso:

—…Tu tiempo de vida se agota, amigo mío, si no lo remedias antes tendrás que marchar conmigo, esta noche, para siempre, tienes hasta que el reloj se pronuncie doce veces. Mengua el día; la noche va creciendo; ¡recuerda!… —y se alejó silencioso, dejando a un Adair angustiado.

—¡El fin!, ¿cómo va ser esto el fin? Quizás sea un impostor, pero ¿y si no lo fuera? He de darme prisa, ¿dónde buscar?, ¿a quién convencer?, a todos he recurrido ya, todos me conocen, el que más o el que menos ya me vendió algo de su tiempo. ¿Qué hora es?, ¡tan solo unas horas me quedan!, ¡unas horas!… —y marchó a casa con paso apresurado.

Tomó el viejo libro de cuentas entre sus manos una vez más, repasando una y otra vez cada registro, en busca de un nombre al que acudir. En esta ocasión no le bastaban unos minutos, necesitaba más. Por un instante se olvidó de la premura y recordó con orgullo el escrupuloso trabajo de los últimos años con el que había logrado acaparar auténticas joyas temporales. Rápidamente salió de su ensimismamiento y se puso manos a la obra, no disponía de mucho tiempo para dar con alguien que le cediera parte del suyo. Tras varios intentos infructuosos la desesperanza empezó a invadirle.

Al caer el sol alguien llamó a su puerta, era un hombre mayor al que Adair conocía de antes pues ya había hecho negocios con él en alguna que otra ocasión.

—Me han llegado noticias de que andas buscando tiempo desesperadamente. Te vendo parte del mío. Necesito dinero, tengo que saldar unas deudas —le dijo.

Después de un rato discutiendo sobre el precio y la porción de tiempo que le cedía llegaron a un acuerdo. Adair sabía que no cerraba una buena operación, el viejo se aprovechó de su impaciencia y premura para obtener de él una cantidad de dinero desorbitada, tuvo que hipotecar gran parte de su patrimonio a cambio de tan solo un mes de alguien que además no vivía una vida de placeres y plenitud precisamente, con lo que ello le iba a reportar, sino todo lo contrario, siempre atormentado por su afición al juego y la presión de sus acreedores. Era consciente de que aquel no era un buen trato, pero no tenía otra cosa de momento. Sólo quería que el viajante se alejara de allí para siempre, ya conseguiría más tiempo y en otras condiciones entonces.

Poco antes de dar las doce irrumpió de nuevo el desconocido en su casa. Le hizo pasar.

—Adair, ¿estás preparado ya? La sima tiene sed, la clepsidra se agota. Hemos de partir ya… esta lucha tuya es batalla perdida—le anunció.

—Esta vez te irás de vacío querido amigo, acabo de cerrar un acuerdo, no es tiempo aún de que yo abandone este lugar, deja al reloj que siga su marcha —afirmó Adair con voz serena, convencido de haberle ganado esta partida.

Le acompañó a la salida con ánimo alegre. En ese instante una pequeña comitiva de negro luto vestida de blanco pasaba por delante de su puerta, acompañando con paso lento un modesto ataúd; sólo semblantes serios —los que pedía la ocasión— pero ni una sola lágrima en los rostros de los dolientes —si es que lo eran realmente—, ni un sólo lamento que rompiera el sepulcral silencio, sólo se oía el caminar de unos pocos pies acompasados por el sonido de fondo de un único tambor.

—Malos augurios ¿quién habrá fallecido esta noche? —se preguntó Adair.

—Alguien a quien también vine a buscar, amigo Adair, un anciano con deudas de juego. No creo que nadie le eche en falta, le conocías ¿verdad?

El semblante de Adair pareció desfigurarse, el atisbo de sonrisa que minutos antes había reflejado en su rostro dejó paso a una horrible mueca, sus ojos reflejaban miedo, todo su cuerpo sudaba miedo. Lo comprendió enseguida, el viejo jugador le había ganado la partida, su última apuesta había sido él mismo, el propio Adair, el tiempo comprado era tiempo vacío, vacío de horas, minutos o segundos. Con las primeras luces del día Adair murió. En el viejo libro de cuentas tan solo un último registro con una nota: Ya es tarde.

…¡maldito tiempo!,

el que se nos escapa de entre los dedos y ya siempre será pasado

¡y pensábamos que nos pertenecía!

¡siempre nos quedará su eco!…

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2 comentarios en “Un instante con eco

  1. Puck dijo:

    ¿El eco del tiempo lleva implícito el eco de lo vivido en ese tiempo? La experiencia como una estela que se difumina. Eso no se puede comprar, hay que vivirlo.
    “Letras” que estimulan pensamientos y sentimientos.

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