Garabatos

Me aferro a mi bloc de papel y a mis lápices de carboncillo como si me fuera la vida en ello, de momento nadie me los ha prohibido, tan solo han sido examinados detalladamente y una mujer de uniforme ha pegado la correspondiente etiqueta que los identifica como objetos de mi propiedad, al igual que ha hecho con la escasa ropa con la que ingreso: apenas un par de pantalones, media docena de camisetas, unas cuantas mudas y un vestido corto de flores que dudo tenga ocasión de utilizar aquí. Durante el trayecto desde los juzgados el ventanuco de la celda del furgón ha hecho las veces de visor de una cámara improvisada, el azul claro del cielo, sin nubes, el sol, los campos cultivados, la carretera, los tendidos, los puentes… mis últimas imágenes del exterior en mucho tiempo dan paso a las primeras de la que será mi nueva residencia: la verja del recinto, los tejados de uralita rojos y las paredes color crema del edificio principal. Me han asignado una pequeña celda que deberé compartir con otra interna recién llegada también, la celda 9 del módulo 3, apenas 10 m2 de frías paredes de hormigón y una plancha de hierro amarilla que hace las veces de puerta. Se escucha el alboroto del resto de internas, andan en el patio, a voces, o cantando, otras acompañándose de palmas. Me siento sobre el fino colchón de espuma de la cama que me ha sido asignada, la inferior de la litera, mientras la funcionaria de turno cierra mi celda. Nunca he dormido en una cama tan pequeña, y este colchón, me asquea un poco, cargado de huellas de otras historias quizás como la mía, o no. Me huele a gris, a frío y a humedad pese a ser primavera, huele a soledad, a vacío. Extiendo las sábanas que me han dejado y me hago un ovillo sobre ellas. Acostumbrada a los espacios abiertos de la que hasta ayer ha sido mi casa de repente me invade una terrible sensación de claustrofobia. Me levanto y echo una mirada por la estrecha ventana enrejada, enfrente una hilera de ventanas de barrotes amarillos como los de esta, abajo lo que parece un patio de recreo, con un par de canastas y porterías pero sin algarabía alguna, un desierto de hormigón. Trato de imaginar en qué invertiré las 14 horas que he de permanecer aquí cada día. Otra vez las náuseas, dichosas náuseas.

Me he levantado temprano. He recogido mis cosas, me llevo más de lo que traje. Doblo las sábanas y las dejo sobre el fino colchón de espuma. Último recuento, último registro de celda, mi último cacheo, limpia. Graciela, quédate con mi equipo de música, para que te acuerdes de mí cuando bailes tus bachatas cada tarde. Nos abrazamos. Me guiña un ojo, a ella le quedan aún un par de años por delante. Te echaré de menos mulata, la digo. Me llama de nuevo la guardia desde la puerta ¡Que ya vamos!, contesto. No estoy acostumbrada ya a las prisas, aquí dentro los ritmos que mandan son los lentos. Atravesamos el largo pasillo del módulo, una eternidad. Todas las celdas están cerradas. Unas voces me increpan, otras me desean suerte, alguna me reclama algún favor ahí fuera. Avanzamos. Rejas que se van cerrando a nuestro paso. Llegamos al registro. Me devuelven mi DNI y una tarjeta bancaria que dudo me sirva ya de mucho. Me hacen firmar unos papeles, los de la libertad. También los firma el Director de la prisión. Me da un fuerte apretón de manos. Seré buena, le digo. Camino hacia delante con mi bolso de ropa y una pequeña caja de cartón bajo el brazo. Mi otra mano se aferra a la suya, tan pequeña todavía. Alzo la vista al cielo y respiro como si fuera la primera vez. Ella me imita. Hace un día precioso, el sol brilla con intensidad, no hay ni una nube que lo oculte. La humedad de la tormenta de ayer trae aromas de romero y lavanda. Son de las jardineras de la entrada, repletas de distintas flores de colores. Nos acercamos hasta ellas. Mira, esas se llaman prímulas ¿de qué color son? sí, amarillas, muy bien, son amarillas ¿y esas otras? azules, ésas son azules… Se abre lentamente el portón de entrada ante nosotras. No me creo el estar cruzando el muro de la prisión. Echo una mirada a los guardias de la entrada como esperando una mirada de confirmación antes de atravesarlo. Alguien pronuncia mi nombre desde lejos. Me vuelvo. Esto es tuyo, me dicen. Extiendo la mano, agarro mi viejo bloc de papel cargado de cientos de imágenes en blanco y negro. Lo hojeo, arranco tan solo una página, la de su primer dibujo medio reconocible, apenas dos garabatos bajo los cuales se lee “MAMÁ” y “YO”. Me acerco a una papelera y tiro el bloc dentro. Es hora de empezar a usar pinturas de colores. Nadie nos espera fuera. Juntas avanzamos hasta la parada de autobús, Irene tiene ya dos años y camina como una mujercita, con el mismo paso firme que yo. Realmente hace un día precioso, pese al frío.

“Los garabatos de cualquier niño indican claramente cuan inmerso está en la sensación de mover la mano y el lápiz al azar por una superficie, dejando a su paso una línea. Debe haber un cierto grado de magia en esto”. Edward Hill. The Language of Drawing 

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