Balas negras

Acababa de amamantar a la pequeña Manu cuando irrumpieron con estruendo en su casa, ya era la tercera vez que lo hacían en menos de dos meses. Minutos antes la había despegado de su pecho rezumante aún de leche y, en un intento de ocultarla, enrolló su diminuto cuerpo con una estera para abandonarla en una esquina de la habitación, junto a un cesto y las vasijas de plástico que cargaba cada día cuando marchaba en busca de agua; afortunadamente dormía y no la descubrirían. Ellos aún no sabían de su existencia pese a ser hija de una de esas cada vez más habituales incursiones violentas. Tuvo otro hijo que la arrebataron una mañana de marzo de hacía ya demasiado tiempo, no recordaba la última vez que había llorado por su ausencia. De repente la imagen de Lumumba le vino a la mente y temió por su vida, estaba en el pequeño huerto de la parte trasera, cavando, sabía que con los hombres eran especialmente crueles. Sintió la fuerza de las manos de uno de ellos cuando la agarró por el pelo sacándola a rastras hacia la puerta, no opuso resistencia, deseaba salir fuera para que Manu no reclamara su presencia a base de sollozos, habría sido fatal si llegan a encontrarla. Se levantó y agrupó con el resto de mujeres. Rostros con el miedo dibujado, cuerpos temblorosos, voces ahogadas en sollozos invisibles, vidas vulnerables a los caprichos de unos locos.

Ha disparado más balas que años tiene, ahora es un miliciano mai-mai y está orgulloso de serlo, no le va mal, —nadie pasa hambre con un fusil en la mano—, suele decir. Agarra con fuerza el Kaláshnikov mientras exhibe con una enorme sonrisa la munición abundante del cinto a los rostros atemorizados a los que apunta. Sus enormes ojos oscuros miran sin ver lo que tienen delante, todo le parece flotar, es el efecto del bangui que se ha fumado antes. Luce orgulloso sus ropas de uniforme, tallas de hombre que pasean cuerpos de niño. Se vanagloria a golpe de paso militar y disparos al aire, se siente grande, poderoso pese a su corta edad. Sabe que él no es un kadogo más —como les llaman— ya es un veterano, 12 años, 3 con ellos, y tiene toda la confianza de su comandante; para demostrárselo le dirige una mirada bravucona y como una sola voz grita la consigna “¡Hay que matar!” con el resto de sus ahora hermanos, su único pensamiento delante del enemigo. Se les ha dicho que no dejen a nadie vivo en la aldea si pretenden huir o dan problemas, la recompensa unas botellas de kasese que su superior les ha prometido. Se acerca a una muchacha temblorosa y en un alarde de bravuconería frente a sus compañeros le arranca el vestido color tierra, le arroja a una acequia y escupe sobre ella; debe ser de su misma edad. Todos ríen a carcajadas, todos menos los asustados aldeanos alineados delante de sus casas a la espera de lo peor. Sabe que es peligroso y eso le envalentona más, juega a acercarse a cada uno de ellos y a apuntarles a la cabeza —pum-pum— les susurra. En ese momento algunas palabras retumban en su cabeza como el estribillo de una canción —mutila, asesina, mata, tortura, dispara, aprieta el gatillo, quema, saquea, viola— no tiene la certeza de escuchárselas a su comandante.

Pronto le tocará a él, apenas se atreve a respirar, las gotas de sudor le caen por el rostro, apesta a orín, no ha podido remediarlo. Lanza una mirada a la fila de mujeres frente a él, con sus ojos la tranquiliza, —no cometeré ninguna estupidez—, sabe de otras veces que es mejor no provocarles, no oponer resistencia, están drogados y son capaces de cosas atroces. Trata de evadirse pensando en la pequeña Manu, su pequeña pese a todo, pese a ser de otro hombre, suya es. Ha llegado su turno, siente el frío de la pistola que le encañona en la frente. Le tiene delante, puede oler su aliento alcohólico, no se atreve a alzar la mirada, sus ojos se clavan en las enormes botas y la casaca militar que le cubre las rodillas. Mírame, basura —escucha. Respira hondo y levanta la cabeza lentamente, ve sus manos, aferradas al arma, dedos de uñas esmaltadas de rosa que le confieren un aspecto cómico; el enorme medallón dorado a la altura del pecho, un pañuelo rojo sangre anudado al cuello. Sus enormes ojos negros se incrustan en los suyos aunque sin verle. Acaba de reconocerle pese a su cabeza afeitada. Por momentos su recuerdo le cambia las ropas militares y el fusil por el pantalón azul y la camisa blanca del uniforme y el viejo cuaderno en el que aprendía a leer. Da un paso al frente e intenta abrazarle, llorando; el muchacho se aparta, reacciona asestándole un fuerte golpe en la cabeza que le hace caer al suelo, vuelve a encañonarle.

Acaba con él —escucha— acaba con él, estúpido ¿a qué esperas?

¡Aaron! ¡no! ¡es tu padre! —le grita desde el grupo de mujeres mientras se echa las manos al pecho y se deja caer en el suelo de tierra.

Demasiado tarde, el comandante ha acabado lo que él empezó, por primera vez vio la duda en sus ojos.

Horas después todos se felicitan por lo exitosa de la misión de Lubumbashi: 27 muertos, 13 nuevos reclutas, 10 nuevas concubinas para los mandos. Aaron exige su parte en el botín prometido, se lleva a la boca la botella y enciende un nuevo cigarro de marihuana.

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