Dyrhólaey

DyrhólaeyDuda de haber sido ella quien le ha robado intimidad al mar o si éste por el contrario, en un momento de distracción, se ha envalentonado inundándola por completo, humedeciendo cada una de sus partículas de gruesa arena gris para vestirla de negro y brillante azabache —su color preferido— unos instantes, afinando así en cada envite su apartado istmo hasta hacerla casi desaparecer ¿Existe pese a él o por él? se pregunta cada amanecer. Sigue sin respuestas. Al principio se limitaron a mirarse, de soslayo, pero no tardaron en presentarse: soy “lo que une el cielo a la tierra” —le dijo Él; yo “el puente entre tu sal y mi tierra” —le respondió Ella y añadió, mi nombre, Dyrhólaey.

En ese mismo momento ella decidió dejarse mecer por sus vaivenes a ritmo de melodía azul, contoneándose en cada sacudida, dibujando nuevos perfiles cada segundo para sorprenderle, ahondando en su concavidad o matizando sus convexidades, caprichosa de siluetas cambiantes, nunca la misma. En el momento en que extendió sus dedos acuosos para acariciarla aprovechó para olerle, le podía la curiosidad que sentía por él, quería saber si olía a pedazos de conchas nacaradas o a delicados corales; a piedras lejanas o a arenas finas robadas a otros mares; a sales blancas protegidas por burbujas desordenadas o a pequeños seres transparentes alimento de otros que no lo son; necesitaba saber si olía a algas verdes, rojas o marrones, o a fragmentos de maderas de embarcaciones sin suerte.

Ahora quiere saber más de él, también de sus andanzas, le ha propuesto viajar de su mano a esas profundidades que se le han negado por estar amarrada al suelo de un país de fuego y agua, allí donde el sol es un completo desconocido, y detenerse a saborear sus secretos más preciados, escuchar sus silencios cuando está en calma o sus estallidos en la tormenta; quisiera dejarse llevar por sus corrientes y conocer otros paisajes, envidia su libertad.

El mar mientras tanto siente celos de la belleza que la rodea, cuatro flancos la custodian como cuatro guerreros, su costado sur —al que se niega a dejar de abrazar porque es lo único seguro que posee—, bañado por la frialdad de sus arrebatadoras aguas salinas, azotado por los caprichosos vientos cambiantes, a veces dulcemente, otras con pasión contenida; adornado de guirnaldas de espumas blancas tejidas por él que se atreven a borrar en cada avance huellas de pies descalzos sobre su piel de arena; festín de azules donde los turquesas, los celestes y los agua marina rivalizan por ser sus favoritos ese día… Sueña con su orilla norte, menos tempestuosa, cobijo de caprichosas lagunas interiores donde lo dulce y lo salado juegan a darse la mano, abrigo de visitantes alados ocasionales que ya no quieren marchar; sabedora de lo cerca que está de él —hasta cree poder saborearle a través del aire— y lo lejos a la vez. La tierra manda, la tierra separa.

Ella le dice, mira conmigo a oriente, hacia el rincón en que las verdes montañas se dejan morir suavemente tras escuchar susurrar a la brisa la palabra “final”; espacio de laderas cuarteadas, desgarradas, camino agonizante de ríos glaciares que avanzan entre musgos en un intento desesperado por alcanzar el mar, su liberación. También se asoma con ella a poniente, pedregoso, duro, luchador, coronado de acantilados basálticos desafiantes a la erosión, de alturas imposibles, de formas cúbicas que parecen haber sido esculpidas por las manos de un loco; los habitan ejércitos de gaviotas blancas que le retan a marcharse junto a pequeños vecinos de plumaje blanco y negro y pico pintado de brillantes colores mientras vigilan sueños de chiquillos entre nidos improvisados un poco más allá.

Así es ella frente a él, multicolor y negra, callada y bulliciosa, áspera y sedosa, llena de contrastes ¿Y él? ¿cómo es él? se pregunta cada anochecer. Sigue sin respuestas. Solo sabe de sus continuos contactos, sabe de diálogos de enamorados que bisbisean intenciones de pleamares y bajamares acompasadas, sabe de secretos que se cuentan a base de centelleos de agua y guiños dorados de oscura grava fina mientras el Sol es testigo mudo de sus amores. Y sabe que al llegar la noche la Luna les tiznará de reflejos de plata para convertirlos en un solo cuerpo hasta el despertar del día siguiente.

Ese es su baile desde entonces, esos son sus movimientos, y esa es la melodía que les balancea, con la que se dejan llevar una y otra vez, un-dos-tres, un-dos-tres; balada de acordes de viento y cantos rodados de colores en retirada, Adagio nocturno de olas empeñadas en hacerse un hueco en ella, o de brazos de tierra que tratan de acaparar mares que siempre se le escapan entre los dedos ¿Existe pese a ella o por ella? se pregunta entonces él. Sigue sin respuesta.

Una playa, un mar. Ella, Él.

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