Instantáneas (cap. I)

A tenor de lo desaliñado de su aspecto y de la sensación de hambre que la invadía debía haber pasado fuera varios días. Pero dónde. Lo desconocía. Se incorporó de la cama y su reflejo sobre el cristal de la ventana la inquietó. Miró a su alrededor, no le era familiar nada. Se encontraba en una pequeña habitación, medio en penumbra si no fuera por la proximidad de un neón contiguo que titilaba continuamente y que vestía de azules las paredes a ritmos discontinuos; a su izquierda la puerta entreabierta de un baño, una silla esquinada de escay, su ropa esparcida sobre la moqueta beis, un cenicero repleto, olor a colillas frías. Ella no fumaba. O quizá lo hubiera hecho, ya no estaba segura de nada. Fuera llovía, aunque el ritmo de la ciudad no cesaba; los tranvías pasaban frente a su ventana repletos de rostros anónimos, en la esquina una parada repleta de taxis a la espera de algún turista ansioso por llegar a su hotel, y más allá un puesto ambulante de castañas asadas que ni el mal tiempo había conseguido cerrar. El sonido de un teléfono lejano logró sacarla de su ensimismamiento.

Su reloj marcaba las once y cuarto pero ¿de qué día? Sobre la mesilla su portátil le confirmó que era jueves, 3 de febrero; habían pasado dos días de los que no recordaba absolutamente nada. Un sudor frío la invadió. Aquel no era su hotel, ¿dónde estaban todas sus cosas? Empezó a recordar el porqué de su viaje, el reportaje fotográfico que su agencia le había encargado, pero esos días en blanco le generaron cierta angustia. Decidió buscar ayuda.

Recogió los vaqueros y el jersey blanco del suelo y se vistió, sus zapatillas aún estaban empapadas. Bajó a recepción. Allí el recepcionista le confirmó que era su primera noche allí y que se había inscrito hacía unas horas acompañada por otra persona. Decidió regresar a la habitación, de nada servía seguir indagando sobre la posible identidad de ese supuesto acompañante; optó por descansar y tratar de reconstruir lo sucedido al día siguiente. Al abrir la puerta encontró en el suelo un sobre para ella con una nota en el interior escrita en caracteres arábigos que no fue capaz de interpretar, junto a un nombre que sí le resultaba conocido: Ismet; se trataba de un nombre de varón muy habitual allí. Se tumbó sobre la cama vestida y cerró los ojos, el cansancio hizo el resto.

El clamor de un muecín llamando al rezo al amanecer desde alguno de los cientos de minaretes de la ciudad la despertó. Era uno de esos sonidos que le seguían dejando completamente absorta pese a la frecuencia con la que viajaba a países islámicos; en cada una de las cinco llamadas diarias a la oración algo se removía en su interior, una especie de canto a la espiritualidad pese a no profesar religión alguna que le provocaban instantes de reflexión, mientras, en el exterior,  multitud de personas dirigían sus pasos hacia alguna de las mezquitas.

Tomó una ducha y volvió a vestirse con la ropa del día anterior, lo primero que haría sería ir a su hotel a cambiarse, se sentía incómoda. A punto de marchar echó un último vistazo rápido a la habitación y sus ojos se fijaron en la silla del rincón, encima estaba su cámara de fotos ¿cómo no se había percatado antes de ella? la tomó entre las manos y se sentó sobre la cama a revisar las últimas fotografías que había tomado, quizás le dieran la clave de sus dos días en blanco. Su sorpresa fue mayúscula, las últimas instantáneas correspondían a distintos rincones de la ciudad pero —y esto era lo más extraño— en todas ellas aparecía siempre una mujer, y siempre era la misma. Era joven, asomaba probablemente a la treintena, cubierta la cabeza de tonos tierra por el tradicional hiyab y un abrigo oscuro hasta casi los pies. Le llamó la atención su mirada, mirada como ausente y de ojos tristes que no parecían prestar atención a la cámara aunque se dirigían hacia el objetivo. Al principio no se dio cuenta del detalle de su mano, ésta sostenía de forma repetitiva un papel; tuvo que utilizar el zoom para poder leer lo que decía, tan solo una palabra en letras muy grandes, “ISMET”. Aquello la sobrecogió hasta el punto de dejar caer la máquina sobre sus piernas. Necesitaba sentir el aire fresco en su rostro, se ahogaba en aquella habitación. Tomó su cazadora de cuero y salió a la calle. Brillaba el sol.

Caminó absorta en sus pensamientos en dirección al Puente de Gálata, callejeando como le gustaba hacer, dejándose llevar aprovechando la pendiente, mezclándose con la multitud local. Parada en el puente, se detuvo a contemplar una vez más la escena de decenas de personas alineadas sobre sus pasarelas azules de hierro, hombres la mayoría, alguna mujer también, lanzando sus cañas de pescar al agua del estuario mientras a sus pies miles de pequeños peces plateados arrancados al mar luchaban frenéticamente en peceras de plástico improvisadas por dar su última bocanada de vida. Un puente que permanecía amarrado al mar por estos finos hilos de sedal, pensó y sonrió. Lo atravesó, su hotel estaba en la zona nueva de la ciudad.

De vuelta a su habitación examinó que todo estuviera en su sitio, hizo un par de llamadas a la agencia —donde le recriminaron que aún no hubiera mandado ni una sola fotografía para el próximo número de la revista—, y se dispuso a volcar el contenido de la tarjeta de memoria en el portátil. Aquellas fotos le inquietaban, quería encontrar respuestas y pensaba que sólo ellas se las darían. Las ordenó secuencialmente por la fecha y hora en que fueron tomadas. Algunos sitios le eran familiares, otros en cambio no; de entre los primeros pudo identificar el exterior de Süleymaniye Camii, una de sus mezquitas preferidas, con su línea de fuentes para las abluciones y allí, junto a una de ellas, la mujer de siempre sentada sobre uno de los banquitos de madera, con su rostro afligido característico y la nota de siempre entre sus dedos. Continuó revisando imágenes, al cabo de dos horas se sentía como al principio, totalmente desorientada y confundida; tenía constancia de sus desplazamientos los días anteriores a través de las fotografías pero desconocía el motivo que la había llevado a cada uno de esos lugares, y mucho menos el significado de la aparición recurrente de aquella mujer. Empezaba a desesperarse, tomó un plano que tenía de la ciudad y se le ocurrió marcar sobre él en colores la ubicación de los puntos donde había parado con su cámara, aunque tan solo de aquellos que fue capaz de reconocer. En rojo los de las fotografías tomadas el martes, en verde los del miércoles; el resultado fue asombroso, uniendo con trazo continuo la secuencia en la que fueron tomadas aparecieron dibujadas sobre el plano dos letras a grandes rasgos, la “I” en rojo y lo que parecía ser una “D” en verde. ¿”I” de Ismet? —pensó. Al rato cayó en un pequeño detalle, su nombre era Diana…

El sonido del teléfono la devolvió a la realidad de su habitación. Descolgó el auricular — ¿sí?, contestó. Ni un sonido al otro lado. Al cabo de unos segundos una voz de mujer que la dijo “Kariye Camii, mañana, tras el alba” y colgó. Un escalofrío recorrió todo su cuerpo. Tomó la guía de viaje y buscó aquel nombre, también se la conocía como San Salvador de Chora, se trataba de una iglesia bizantina del s.V situada intramuros de la muralla de Teodosio y cerca de una de sus puertas, al extremo opuesto de donde se encontraba ella ahora. Siempre la habían atraído los mosaicos y por lo que pudo averiguar este lugar atesoraba una de las mejores colecciones del s. XIV; este podía ser un buen momento para enviar algo de material a la revista, aunque sabía que ése no era el motivo que la haría ir hasta allí a la mañana siguiente.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s