Donde Mueren las Palabras

(Relato presentado al concurso INSPIRACIENCIA2010)

Palabras moribundasRobliza de Ceja corría el riesgo de desaparecer, allí morían las palabras a una velocidad inusitada ¿por qué sucedía esto? y lo más inquietante, ¿a qué lugar se dirigían éstas antes de desvanecerse por completo de la memoria de sus gentes? Nadie era capaz de responder estas cuestiones, pero el que más el que menos sí había detectado que ya no recordaba cómo referirse a un determinado utensilio, o cómo expresar una tarea poco habitual, entre otros. Había dedicado media vida a recuperar palabras condenadas al olvido, por cierto, con bastante éxito; así que acepté el encargo, solo yo podía averiguar lo que acaecía allí.

Llegué pertrechado del fajo de notas que había acumulado con tesón a lo largo de mis años como estudioso de las palabras, estaba convencido de que éstas, y unos cuantos vetustos diccionarios etimológicos con los que cargué de igual manera, me ayudarían a descubrir lo que estaba ocurriendo en aquel remoto lugar de la serranía burgalesa. Sin más demora congregué a los vecinos a una asamblea en la plaza porticada, al atardecer, porque estábamos en pleno estío y era impensable convocarlos antes; el asunto de la reunión podía leerse en los tablones de anuncios del Ayuntamiento en una cuartilla atravesada en las esquinas por abigarradas chinchetas junto al último bando que anunciaba el reciente fallecimiento de D. Ercilio Lamata y las expresas condolencias de la alcaldesa Dª. Basilisa Neila; también se colocaron notas en las puertas de los establecimientos de mayor afluencia de vecinos —léase el bar del Colorao, el ultramarinos de la Tomasa y la puerta de entrada de la iglesia— en las que se podía leer: 19 de julio 20:00 h. en la Plaza, se convoca a los/las vecinos/as de Robliza de Ceja a una asamblea extraordinaria que dirigirá el lingüista D. Bernardino Fuentes con el fin de averiguar el paradero de nuestras palabras perdidas. Hubo un lleno total, no se sabe si por el interés del tema que nos concernía aquella tarde, o por el refrigerio a base de limonada y emparedados de chacina que dispuso amablemente la alcaldesa, haciendo acopio generoso de los fondos del consistorio destinados a eventos de índole cultural.

Tras una breve presentación inicial curricular mía por parte de la autoridad municipal pasé a plantear mis hipótesis de partida y a solicitar la colaboración del mayor número posible de residentes del pueblo, abriendo después un turno de preguntas y un pequeño debate sobre la materia que preocupaba en mayor o menor medida a todos y cada uno de estos ciudadanos, a saber, la posible desaparición del pueblo por falta de palabras con las que comunicarse. Todos temían languidecer en el olvido y morir en el más absoluto silencio; aunque no todos coincidían en las posibles causas del ritmo acelerado que las desapariciones de palabras estaba cobrando en los últimos años. Se acordó que yo como experto haría un seguimiento férreo de algunas de ellas, especialmente de aquellas que se sospechaba estaban a punto de morir porque hacía tiempo que no las pronunciaba nadie. Hicimos una primera lista de palabras y me puse manos a la obra para tratar de encontrar su último escondite antes de desaparecer de la memoria. Y no me fue difícil. En pocos días di con la mayoría de ellas, mucho antes de lo esperado; una me llevó al paradero de otra y así sucesivamente hasta que fui completando el rompecabezas de incógnitas. Me limité a escucharles hablar, que ¿a quién? a los más ancianos, por supuesto.

A Prudencio, a sus ochenta y cinco años y bastante pachucho por culpa de un catarro mal curado de los últimos hielos, aún le brillaban los ojillos con nostalgia cuando recordaba la época en que las mujeres ocultaban sus encantos más íntimos bajo las enaguas o cuando guardaban los cuartos en las faltriqueras bajo el mandil; o aquella más antigua en que tropezaban de continuo con los aparatosos miriñaques con el único afán de emperejilarse para el baile. Me dijo que su parienta le ataba en corto desde sus nupcias por la fama que tenía de faldero cuando le conoció, pero que cuando ésta se descuidaba, él seguía haciendo sus escapadas hasta el Solano para ver a las mujeres guapas pasar camino del mercadillo que ponían los miércoles en el descampado que hacía las veces de campo de fútbol. Créame, estoy hecho un donjuán, ¡ay, si usted supiera! —me susurraba con una mirada cómplice guiñándome un ojo.

Mariana, algo más joven que Prudencio pero con más achaques que él, seguía creyendo a pies juntillas en las predicciones de las cabañuelas como hizo su madre y antes su abuela —ambas del sur— para saber si el tiempo se abonanzaba o por el contrario se aborrascaba; y no había quien la sacara de esa manía; como en el sexto día de agosto les diera por hacer acto de presencia a las típicas hormigas con alas o escuchara crujir los muebles ya sabía a ciencia cierta que junio vendría lluvioso, anunciara lo que anunciara el hombre del tiempo. También me contó con morriña cosas de cuando era niña, como una imagen que desempolvó de sus recuerdos, aquella en la que volvía a verse camino de las escuelas atravesando las eras con el cartapacio y el plumier bajo el brazo ¡Qué tiempos aquellos! —decía continuamente, mientras hablaba y hablaba ignorando mi presencia—. Allí la dejé, acomodada al sol sobre el desgastado banco de granito a la puerta de su casa, inmersa en sus pensamientos, viajando al pasado.

Al señor Julián, le dio por rememorar la época en que siendo aún chiquillo entró como mancebo del antiguo boticario, D. Higinio, y todo lo que aprendió a su lado; de hecho aún se enorgullecía de haber sido durante el último lustro el artífice de las mejores cataplasmas que recetaba el estirado de D. Fabián —que en paz descanse— un galeno de mediana edad, anteojos dorados y bisoñé temprano recién llegado de la capital cuando él se licenció en farmacia. También recordaba haberse pasado las horas muertas en la abacería tratando de cortejar a la jovencita Irene con la excusa de la compra de cualquier producto para sus pócimas curativas, y los cambalaches que se traía con ésta y sobre todo con su madre, especialmente en época de vacas flacas, cuando ésta le reclamaba los pagos pendientes correspondientes a los comestibles que había ido retirando sin abono alguno, tal era su enorme deuda por culpa del amor. Ahora andaba quejándose del popurrí de grageas de colores que debía tomarse cada día en vez de los mejunjes curalotodo que expedía antaño en su botica; y sí, se negaba rotundamente a dejar ese cigarrito de liar que se fumaba después de comer, había llegado a pactar con el nuevo médico que solo sería uno.

Las palabras estaban a buen recaudo, al menos de momento, pero no había tiempo que perder. Efectivamente, Robliza de Ceja corría serio peligro de desaparecer, se le morían los ancianos —ley de vida—y con ellos muchas de las palabras que se habían pronunciado una y otra vez desde tiempos inmemoriales. Hablé con la alcaldesa y le manifesté lo mejor que pude el carácter de urgencia de las decisiones que debía tomar si no quería que aquel pequeño reducto cayera en el olvido y sus gentes quedaran condenadas al más absoluto mutismo en pocas generaciones. Redactó el siguiente edicto municipal:

B A N D O

DOÑA BASILISA NEILA, ALCALDESA DEL AYUNTAMIENTO DE ROBLIZA DE CEJA, PROVINCIA DE BURGOS

Por medio del presente se hace un llamamiento a los vecinos de Robliza de Ceja para participar en la campaña “Apadrina una palabra” que arrancará el presente día y se mantendrá de forma definitiva hasta nueva orden. Su objetivo es evitar la desaparición de más palabras en esta nuestra Villa y con ellas la nuestra propia. Cada vecino/a interesado/a deberá pasar por el Ayuntamiento para registrar la/s palabra/s que desee apadrinar, firmando un contrato que le comprometerá a su utilización y difusión al menos mientras siga empadronado/a en dicho lugar.

Lo que se hace público para general conocimiento.

Robliza de Ceja, a 1 de agosto de 2007

LA ALCALDESA,

Fdo: Dª. Basilisa Neila

La respuesta fue masiva. Cuando me preguntaron cómo acometer semejante campaña fui muy escueto: hablen con sus mayores, ellos y sólo ellos son los últimos conocedores de las palabras que corren peligro, es fácil, escúchenles.

Todos y cada uno de los vecinos/as de Robliza de Ceja se hicieron cargo de al menos una de las palabras en peligro, niños, jóvenes y adultos participaron animosamente. Los que más lo sintieron fueron Prudencio, Mariana y D. Julián para los que durante días sus ritmos lentos y calmados se vieron interrumpidos por la curiosidad de sus vecinos de siempre, que no paraban de tomar notas sobre cada cosa que decían. No recordaban haber hablado tanto ni para tanto público desde que les hacían dictar la lección en la escuela: ¡Qué tiempos aquellos!

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