Ida y vuelta

Ida y vueltaLo primero que divisé fue una calle ancha como la boca de un embudo, ni alzándome sobre la barandilla de hierro que me separaba de la calzada logré ver su final. Nada me era familiar, la amplitud de estas nuevas avenidas me desorientó por completo; vagué por unas cuantas calles hasta que, alzándose entre un par de bloques gemelos de ladrillo color crema apareció la torre del ayuntamiento, tan encalada como la recordaba; sobre la balaustrada de su balcón dos banderas a media asta con un crespón negro.

Una habitación en penumbra, una maleta a medio hacer, y las ganas de escapar de allí fueron mis últimos recuerdos; tras la puerta que cerré de un golpe quedó una sensación de impotencia, la de ella, muchas noches de lágrimas, las suyas, y una gran tristeza, la mía, por su cobardía y por su silencio. Esto lo supe años después a través de una de sus cartas, cuartillas llenas de confesiones y palabras sinceras, una carta que llegó a destiempo; demasiado tarde ya para volver.

Para llegar hasta la plaza no pude atravesar el antiguo descampado que hizo las veces de campo de juegos infantiles y refugio nocturno de adolescentes, una verja me lo impidió, lo habían convertido en un complejo deportivo municipal. Nada quedaba de las antiguas casas de dos alturas con los patios vecinales, como la de los abuelos; ni de las tiendas a las que tantas veces me mandaba mamá con una pequeña lista de la compra y el dinero casi justo; ni rastro del ultramarinos de la esquina que vendía todo lo imaginable cuando todo se vendía a granel, ni de la bodeguilla donde, cada semana, devolvía los cascos de los botellines que él se tomaba, nada existía ya.

Veintitrés años lejos de aquel lugar, muchos, lo sé, veintitrés largos años buscando algo que nunca encontré porque en realidad lo dejé aquí, veintitrés años echándola de menos, huyendo hacia delante para poner distancia entre él y yo, nunca nos entendimos. Llegó el momento de regresar, el luto de las banderas era por él tal y como rezaba uno de los muchos carteles con los que el ayuntamiento había empapelado algunas paredes del barrio, un lamentable accidente había acabado con su vida. La casa tenía la apariencia de siempre, con el hormigón de la planta baja algo desconchado y decorado por la firma de algunos grafiteros; llamé al telefonillo, escalera A, 2º izquierda, al otro lado una voz añorada.

—Mamá, abre, soy yo.

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