Contrapunto

Contrapunto

— ¿No volverás tarde?

Había una gran ansiedad en la voz de Marjorie Carling; había algo semejante a una súplica.

—No; no volveré tarde —dijo Walter, con la culpable y desdichada certeza de que lo haría; igual que llevaba haciéndolo cada miércoles invariablemente a lo largo de los últimos cuatro meses. Quizá Marjorie imaginaba algo, pero creía conocerla lo suficiente como para estar seguro de que nunca se lo haría saber ni se enfrentaría a él abiertamente a la cara.

Acabó de prepararse para su cita rociando su cuello con la colonia que tanto le gustaba a ella, la mujer por la que había perdido prácticamente la cabeza desde que la conoció de forma casual en una exposición de fotografía. Aquella tarde tenía algo que resolver antes de verla en el Blue Hole, su hotel de siempre, el encargo precipitado de un nuevo cliente le salvaría de caer en números rojos otro mes más.

—Sígala, saldrá de casa sobre las seis, aquí tiene la dirección —le dijo mientras le entregaba una pequeña nota—. Ha de ser esta tarde, sin falta, le pagaré bien por ello, siento las prisas, sé con toda seguridad que hoy se verán.

—No se preocupe, y dígame ¿desde cuándo cree usted que le…?

—¿…que me engaña? Tal vez un año, quizás más, no lo sé.

—¿Sospecha de alguien?

—De uno de mis mejores amigos, y socio, para más inri.

—¿Tiene una fotografía reciente de ella?

—Vaya, ni caí en la cuenta de algo tan básico, las prisas… De todas formas no creo que tenga ningún problema en reconocerla, es de ese tipo de mujer que no deja a nadie indiferente a su paso, se lo puedo asegurar.

—Está bien, espero no pasar la tarde siguiendo a la persona equivocada.

—Una cosa le pido, discreción, bajo ningún concepto debe descubrirle o sentir que alguien la sigue; ni él, por supuesto, eso sería garrafal para mí. Mantenga las distancias, por favor.

—Estese tranquilo, de situaciones más delicadas he salido airoso, se lo puedo asegurar, soy el hombre invisible.

Se dirigió a la dirección que le indicó su cliente en una de las zonas más caras de la ciudad y, casi con puntualidad inglesa, a las seis de la tarde salió de uno de esos portalones antiguos una mujer. Alta, delgada, de unos 40, vestida con un traje de chaqueta negro de falda entubada que le cubría parcialmente las rodillas, de largas piernas que se apoyaban en unos altísimos tacones de charol rojos que manejaba con dominio y soltura; de melena larga y lisa color caoba que llevaba peinada hacia atrás. Apenas pudo verla la cara pues la ocultaban en gran medida unas enormes gafas de sol blancas; pero no tenía ni la menor duda, era ella, la mujer de su cliente. Por un momento apartó la atención de lo que había ido a hacer en realidad, desconocía por qué la visión de aquella mujer le trajo a la cabeza multitud de imágenes que le eran cercanas.

No le supuso mucha dificultad seguirla desde que abandonó su vivienda, dedicó buena parte de la tarde a caminar curioseando escaparates o a hacer algunas compras en tiendas de ropa y zapaterías. Cuando empezaba a cansarse de la poca actividad interesante de su objetivo, ella se metió en una cafetería y se sentó en una de las mesas que daban a la cristalera del local, por lo que se vio obligado a mantenerse a cierta distancia. La observó mientras hablaba por el móvil en lo que le pareció una conversación normal, después comenzó a retocarse el maquillaje mientras sostenía un pequeño espejo de mano; al poco apareció un hombre vestido de sport al que saludó con un simple beso en la mejilla. Charlaron de forma relajada mientras tomaban probablemente un café. En un momento dado, el hombre acercó una servilleta de papel a los labios de ella con intención quizá de limpiarla algo, y ella le retiró la mano suavemente; fue entonces cuando con la cámara pudo captar lo que parecía un prolongado e intencionado roce de sus dedos acompañado de un intenso cruce de miradas que mantuvieron durante unos segundos. Esto fue el único gesto que fotografió que en cierto modo pudiera dar la razón a su cliente, porque el resto de la tarde lo pasaron bromeando y riendo.

Era ya de noche cuando la mujer se despidió de su acompañante mientras tomaba un taxi. Al dar por finalizado el supuesto encuentro amoroso entre ellos, decidió llamar a su cliente y resumirle lo que había hecho su esposa a lo largo de la tarde, quedando en enviarle al día siguiente copia de las fotografías que había tomado de la cafetería con el fin de que le confirmara que aquel hombre era el amigo y socio del que sospechaba. Asunto zanjado. Este tipo de trabajos eran su especialidad. Miró el reloj, de repente se acordó de su cita de los miércoles, se le había hecho algo tarde por lo que corrió a la parada de taxis y se dirigió hacia el hotel.

Habitación 427, allí estaba ella, sentada en el borde de la cama fumando un cigarrillo mientras le esperaba. No pudo evitar contemplarla desde el quicio de la puerta unos segundos, ¿habría en el mundo algún hombre que en ese mismo instante contemplara algo tan bello? Era una mujer preciosa, alta, delgada, de pelo rubio y corto, extremadamente femenina. Aquella noche llevaba un traje de chaqueta negro de falda estrecha y una camisa ejecutiva blanca; se había descalzado, en el otro extremo de la habitación, sobre la moqueta, un par de zapatos de tacón alto de charol de color rojo, y en la mesilla unas gafas de sol color blanco. Encima de la cama había un bolso rojo medio abierto del que asomaban levemente unos mechones de pelo color caoba. Se quedó paralizado.

Introdujo lentamente la llave en la cerradura de casa, no quería despertar a Marjorie, lo que no sabía es que ella acostumbraba a permanecer despierta hasta que él se desnudaba e introducía en la cama.

— ¿Qué hora es? —preguntó Marjorie.

—Tarde, sigue durmiendo.

— ¿Tuviste mucho lío otra vez?

—Sí, pero esta vez ha sido la última, te lo prometo.

(*El inicio del relato en cursiva corresponde en realidad a la novela “Contrapunto” del escritor inglés Aldous Huxley, de 1928.)

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