Porrusalda

ClavosLlevaba gran parte de la mañana encerrada entre pucheros, gustaba de hacerlo de vez en cuando, siempre que disponía del tiempo necesario para ello. Nada de prisas, era de la vieja escuela, de esas personas que disfrutaban escuchando el borboteo de un buen guiso a fuego lento durante horas, probando cada poco con el cucharón de olivo, rectificando de sal, incorporando especias hasta dar con la combinación perfecta.

—Cariño, ¿qué andas guisoteando?, ¿no te huele como a papas rancias?—Hola, vida, ¿cómo te fue hoy?

—Bien, bien… ¿no me has oído?, ¿cómo puedes estar aquí encerrada con esta peste?, ¿por qué no abres un poco para ventilar?

—¿Entregasteis el proyecto a tiempo?

—Sí, sí,… me huele como al agua sucia ese que prepara tu madre cada 1 de abril, ¿cómo se llama?

—Porrusalda, amor, lo que estoy haciendo se llama porrusalda, y te encanta; y nada tiene que ver con las papas en blanco de mi madre, ¡qué más hubiese querido ella que poder preparar un buen perol de porrusalda como éste en el 39!

—Pues tú dirás lo que quieras pero toda la casa huele a caldo añejo.

—Ay, tú y tu olfato fino, amor, ven aquí, anda, cierra los ojos y  acerca esas narices tan exquisitas a la cazuela ¿a qué te huele realmente?

—A hueso pasado, como el de las puntas de jamón que de vez en cuando te da por reciclar.

—Qué gracioso es mi hombre, y tus padres que me decían que no tenías sentido del humor… ¿acaso no detectas el olor dulce y suave de los puerros?

—Pues no, déjame ver otra vez.

—¿Y el de la cebolla pochadita?, y no me digas que no se te hace la boca agua con ese olor como harinado de las patatitas medio deshechas ya…

—Un momento, ¿has dicho cebollas?, dime Milagros, ¿cuántos años llevamos juntos?, ¿cuarenta y tantos?, y en ese tiempo ¿cuántas veces te he pedido que no usaras cebolla en la cocina?

—Pero si ni te vas a enterar, la partí bien fina para que cuando llegase a tu boca hubiera desaparecido, ¿tú dónde has visto una receta que se precie que no use cebolla?… si es que has visto una alguna vez, claro.

—Espero que no me tope con ninguna hebrita de esas…

—Sigue oliendo anda…

—Ya sé lo que es, y no te enfades, amor, me huele como a moho ¿recuerdas cuando llegamos aquí hace ya treinta y dos años?, ¿recuerdas esos efluvios a cerrado que desprendía toda la casa?, pues así me huele, como a bodega, ¡no habrás echado un trozo de tocino de esos que llevan meses en la fresquera!

—Tocino, tocino, ¿dónde has leído tú que este plato lleve tocino? la única carne que lleva es la de la sustancia que hayan podido soltar los esqueletos de pollo; y siendo tan escuálidos como tú no creo que hayan soltado mucha, la verdad.

—¿Me estás llamando esmirriado?

—No cariño, hablo de los pollos, de lo escuálidos que los venden últimamente, que ni para croquetas…

—¿Y eso naranja?, no se te habrá ocurrido echarle calabaza, que sabes que me sienta fatal.

—Si te digo lo que me sienta a mí fatal de verdad…

—¿El qué, amor?

—Los clavos, no puedo con los clavos, ese regustillo picante y acre, con esas puntas ásperas que se te clavan en cuanto te descuidas…

—¿Pero cuándo has usado tú clavos?

—Pues eso te digo, que aquí no soy yo quien los usa. Por cierto, esos trocitos naranjas en juliana son de zanahoria, buena para la vista, igual hasta te puedes quitar esas horribles gafas de pasta.

—Los clavos, ni me había vuelto a acordar de ellos, y mira que a mí sí me gusta su aroma, sobre todo en el plato ese de caracoles que preparaba mi tía Andrea ¿lo recuerdas? Ay, si parezco estar oliéndolo.

—Sí, si ya sé que te encanta todo lo baboso, como los caracoles. Bueno, esto ya está, ¿comemos o lo dejamos para mañana?

—Uy, pero ¿no te lo había dicho? Hoy se ha jubilado Fermín, el de contabilidad, y a media mañana ha preparado una especie de catering, ¡nos hemos puesto ciegos de canapés!, y de vinitos de su tierra, y de pastelitos, y de…

Milagros apagó el fuego y le miró fijamente de arriba a abajo, entonces tomó el colador de aluminio, lo apoyó sobre los bordes de una cazuela y volcó sobre él gran parte de las patatitas medio deshechas, la zanahoria en juliana, la cebolla casi transparente y los fibrosos puerros.

—Toma, ya tienes cena. Un caldito de esos depurativos y sin tropezones que seguro tu tía Andrea no te preparó nunca; y por cierto, ¿no te lo había dicho? que yo me bajo al bar de Pepe, a ver qué han preparado hoy de menú.

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