Virutas de colores y mundos de cartón

VirutasTodo ocurrió una mañana de violetas y nubes grises. Si alguien le hubiera preguntado a qué olía la calle minutos antes de morir probablemente habría contestado que a virutas de lapiceros de colores, pero nadie se percató siquiera de su presencia en el instante en que a su viejo corazón le dio por acelerarse en exceso. Y así murió, solo, en el suelo, rodeado de sus cosas y de suciedad, pero con una extraña mueca de felicidad en su rostro.

Desde hacía años se alojaba en uno de los barrios más caros de Madrid, en pleno centro, en un oscuro corredor junto a la puerta de acceso de un parking; su plaza la limitaban cuatro enormes baldosas que tal vez algún día fueron blancas. Siempre le gustó lo minimalista y, hasta en estas circunstancias, todo que le pertenecía en la vida se reducía al espacio comprendido entre su cuerpo y la caja de cartón que le envolvía, mucho aire viciado, cuatro objetos cargados de recuerdos sin fecha de caducidad, y una capa de mugre que todo lo impregnaba: un jersey andrajoso de lana verde, un par de zapatos desgastados —ni siquiera de su número— que alguien abandonó a su lado unas navidades, la bufanda de su equipo favorito hecha un gurruño que le hacía las veces de almohada, y una vieja fotografía descolorida de dos niños retando al mar con sus pisadas.

La oscuridad, la roña adherida a su cuerpo y sobre todo la constancia—mira que lo escuchó veces siendo niño, “hay que ser constante si quieres llegar a ser alguien”— habían logrado hacerle invisible en un rincón de paso multitudinario, escuchante asiduo de conversaciones de lo más variopintas y centro ocasional de miradas indiscretas y comentarios de mal gusto. Solía atrincherarse tras su vacía colección de envases tetrabrik perfectamente alineados e intercalados por alguna que otra botella de cristal donación de Anselmo la mayoría de las veces, el del bar de la vuelta. En su pequeño rincón se libraba una curiosa batalla entre lo rancio y pestilente de sus enseres, e incluso de él mismo, y los efluvios perecederos de perfumes adheridos a otras pieles que casualmente siempre llevaban prisa, no sabía si por culpa del reloj o por abandonar su pequeño y oscuro dominio cuanto antes.

Estaba dormitando cuando el sonido de una moneda cayendo en su oxidada lata le sobresaltó, entreabrió los ojos y alcanzó a ver a un pequeño niño que le observaba con asombro mientras se agachaba dejando caer su mochila de colores junto a él. Entonces ocurrió, un penetrante olor a lapiceros recién afilados y ceras invadió su rincón, ese olor a colegio con el que todos hemos vuelto alguna vez a sentarnos de su mano en aquellos bancos corridos de los pequeños pupitres de madera. El chiquillo se levantó y salió corriendo en busca de la mano de su madre que le esperaba al final del pasillo, pero el olor quedó allí.

Seis años atrás, el patio de un colegio vestido de guirnaldas de colores por la fiesta de su patrón y cientos de niños alborotados, entre ellos dos gemelos cuya excitación por el pequeño papel que iban a hacer en la función delante de los padres no les dejaba parar quietos ni un minuto. A la hora programada comenzó la pequeña obra de teatro sobre un escenario improvisado que los profesores habían montado reorganizando los pupitres alrededor de la clase, y ordenando las sillas para formar un pequeño patio de butacas. Recordaba como si hubiera sido ayer cómo el colorido de las paredes forradas de dibujos hechos por los pequeños durante días se mezclaba con el olor a papel, el de la cola blanca, el de aquellas gomas de borrar cuadradas color carne con letras azules donde se leía “Milan” o el de las pastillas de plastelina JOVI, cuyos colores acababan siempre mezclados por mucho que insistiera a los pequeños, una tarde tras otra, que no hicieran una inmensa bola con los trozos usados. Nunca les volvió a ver. La sentencia de divorcio dio la custodia y tutela de los niños a su esposa y desde aquel momento todo pareció volverse en su contra de forma encadenada; perdió el trabajo, la salud y su dignidad, y les perdió a ellos.

Hizo por incorporarse, apoyó la espalda sobre la pared y tomó la vieja fotografía que guardaba de los pequeños entre sus manos, ¿cuántos años tendrían ahora?, echó la cuenta con los dedos, ¿doce ya? Los recuerdos llevaban enterrados bastante tiempo en algún lugar que no frecuentaba demasiado; entonces lloró como hacía tiempo que no hacía, lloró en voz alta como si quisiera compartir con todo el mundo su pena. En ese instante sintió un dolor agudo en el pecho, trató de gritar pero nada salió de su boca. El peso de su cuerpo le hizo volver a su posición de siempre, tumbado sobre la cama de cartones, y en su caer se llevó por delante una botella de vino, desparramando su contenido por el suelo y dibujando un reguero rojo hasta el otro extremo del pasadizo.

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