Azules para un cuento

Azules para un cuentoLa estirpe de los afamados Aguinaga, escritores de vocación y corazón, comenzó con Celestino Aguinaga. Ya muerto, siguió con Fabio, su hijo, y su continuidad parecía disputarse entre Samuel y Gonzalo Aguinaga, los nietos gemelos. Don Fabio acababa de fallecer y aquel día a Samuel Aguinaga, de riguroso luto ante su féretro, solo se le ocurrió dedicarle como en un susurro frases de reproche por haberse llevado a la tumba lo que él pensaba era el secreto de la familia, la fórmula para crear historias de la nada con éxito. Por el contrario, y muy a su pesar, le dejó, como última voluntad, un viejo cuaderno lleno de páginas vacías, algo que parecía haber hecho adrede porque de siempre sabía de su miedo, casi enfermizo, a enfrentarse al papel en blanco.

Y es que Samuel, a diferencia de su hermano gemelo Gonzalo, parece que no heredó nunca aquella habilidad familiar, fue siempre un auténtico inepto a la hora de escribir. Tanto fue así que ya sus primeras redacciones del colegio siempre volvían a casa decoradas de correcciones y notas al margen escritas con bolígrafo rojo y que, ante los ojos escrutadores de don Fabio, no había forma alguna de disimular. Aquel día, sin embargo, se sentía aliviado porque ya no podría hacerlo más, ya nunca le revisaría sus escritos ni le dedicaría una de esas miradas de lástima tan suyas.

Pero volvamos a los inicios, al abuelo Celestino, escritor de renombre, vasco de nacimiento y ruso de corazón que, en la primavera de 1937, partió con tan solo once años en uno de aquellos vagones de tren abarrotados de niños españoles rumbo a Rusia. Parece ser que fue allí donde se reveló su gran habilidad para con las palabras, convirtiéndose en pocos años en uno de los más afamados cuentistas de la época. Pasó los primeros años en Leningrado, en una antigua mansión noble rehabilitada específicamente para acoger a aquellos pequeños refugiados; y fue allí, entre aquellas paredes, donde comenzó su pasión por la escritura y la lectura, al principio leyendo y releyendo cada noche bajo la luz de una linterna los escasos libros de literatura que tenía a su alcance —de autores rusos la mayoría, como no podía ser de otra manera—, para después lanzarse a escribir pequeños cuentos que enviaba a su familia con ilusión cada semana.

De aquella época provino, al parecer, su posterior pasión incontrolable por todo lo que tuviera que ver con Chéjov, hasta el punto de dedicar gran parte de su vida casi de forma obsesiva a acaparar todo tipo de objetos que hubieran podido tener algún tipo de relación con él. Libros, manuscritos originales, epístolas, fotografías, dibujos, o plumas, figuraban entre sus pertenencias más preciadas, incluso un par de anteojos que adquirió por un precio desorbitado a un coleccionista que le juró y perjuró que habían pertenecido a dicho personaje. Él no lo dudó nunca, por supuesto, como tampoco dudó en licitar hasta el final por un cenicero que se subastó en Londres, una pieza de cristal azul de profusos grabados florales, en cuya base de alpaca se podía entrever una inscripción desgastada por el paso del tiempo: “Chéjov, 17/01/1886”, y por el que sobra decir que pagó una suma considerable de dinero. Desde aquel día el cenicero se convirtió, aunque no fumaba, en su más preciado e inseparable objeto de colección. Cada vez que se sentaba frente a su vieja Olivetti a escribir, pasaba los primeros minutos jugueteando con él entre sus manos, poniéndolo después a modo de pisapapeles sobre el montón de folios en blanco que siempre tenía cerca.

Cuando murió, don Fabio se ocupó personalmente de que el viejo cenicero pasara a ocupar un lugar similar pero esta vez sobre su escritorio, no dejando que nadie se acercara a él. Y así creció Samuel, viendo no solo cómo su padre parecía recrearse en la escritura mientras repetía una y otra vez el mismo gesto del abuelo con el cenicero cada vez que iniciaba un nuevo cuento, sino siendo testigo directo de los magníficos resultados que —sólo según él— podían atribuirse a la influencia de la supuesta reliquia del gran narrador ruso, unos relatos extraordinarios que encandilaban al lector desde la primera frase y que parecían estar escritos a vuela pluma por la rapidez con la que los creaba.

A diferencia de sus antecesores, no sucedía lo mismo con los escritos de Samuel, le costaba una eternidad esbozarlos sobre el papel y cuando lo lograba solían provocar el efecto contrario al deseado en sus cada vez más escasos lectores que, dicho sea de paso, se solían limitar a sus allegados más cercanos: sus padres, su hermano y la anciana tata, lectora y crítica literaria de la familia desde tiempos del abuelo Celestino —cuya primera opinión era siempre respetada y esperada con ansiedad—. En resumen, se reían y mofaban ante uno de sus relatos de tintes dramáticos o, por el contrario, quedaban perplejos y serios tras leer lo que él consideraba un relato humorístico.

La trayectoria literaria de su hermano Gonzalo fue todo lo contrario, desde el mismo día en que tomó un bolígrafo entre sus dedos todos pensaron que aquel muchacho llegaría lejos en ese mundillo, y años después, con sus primeros cuentos de adolescente, respiraron aliviados al tener la certeza de que la tradición familiar ya no se perdería, algo que habría sucedido irremediablemente de caer tal responsabilidad en el espíritu creativo de Samuel que, para ser sincero, nunca tuvo. Ni qué decir tiene que Samuel sentía por Gonzalo una envidia incontrolable que en más de una ocasión le llevó a romper los folios impresos de sus relatos sin que nadie se percatara de ello.

Al día siguiente al funeral, cuando llegó el momento de empaquetar los enseres del despacho de don Fabio, los dos hermanos se los repartieron junto con la colección de objetos del abuelo que su padre había guardado celosamente durante años, pero echaron en falta el sempiterno cenicero de cristal azul del abuelo, algo que inquietó sobremanera a Samuel, cuyo único interés en esa habitación radicaba en ese objeto al que atribuía propiedades casi mágicas.

El tiempo transcurrió y tanto Samuel como Gonzalo siguieron compartiendo casa, la de sus padres, aunque no éxitos literarios. La carrera de Gonzalo creció como la espuma en la misma medida en la que los fracasos de Samuel eran cada vez más estrepitosos, provocando en él un estado depresivo que a todos empezó a preocupar seriamente. Se pasaba el día encerrado en su habitación —apenas salía—, frente a una mesa llena de hojas en blanco y la libreta que su padre le dejó, repleta de anotaciones, de inicios de relatos que nunca utilizó o de ideas inconexas que nunca fue capaz de materializar en forma de cuentos.

Una mañana de invierno decidió abandonar aquellas cuatro paredes y salir a la calle a tomar el aire cuando, en su camino hacia la entrada, pasó por delante de la puerta de la habitación de Gonzalo que estaba semiabierta. Allí estaba él, frente a la pantalla del ordenador y rodeado de cientos de folios impresos que se apilaban en montoncitos perfectamente ordenados dispersos en el suelo. Cuando Samuel se acercó hasta la mesa descubrió con horror que las manos de su hermano sostenían el viejo cenicero de cristal azul del abuelo.

—¿Se puede saber qué tienes ahí?

—¿Yo?, nada —contestó Gonzalo mientras trataba de ocultar el cenicero bajo su camiseta.

—¿Cómo que nada?, ¿te crees que soy idiota?, ¿o que estoy ciego? ¡Lo he visto, Gonzalo! ¡Es el cenicero del abuelo!

—Está bien, sí, es el cenicero del abuelo, le tengo cariño, ¡tampoco es para ponerse así!

—¿Cómo has podido? ¿Lo has tenido tú todo este tiempo? La de relatos que he arrojado a la papelera por tu culpa, la de buenas historias que podría haber publicado con éxito si no hubiera sido por ti y tu dichoso afán de protagonismo.

—¿Culpa?, ¿yo?, pero, ¿de qué hablas Samu?

—De ti, y de papá, siempre fuiste su preferido ¿verdad? Apuesto a que él te dejó tocarlo en más de una ocasión. ¡Qué ciego he estado todo este tiempo!, y yo que pensaba que lo tuyo era un don natural, ¡mentira!, ¡sabías lo del cenicero!, siempre lo has sabido…

—¿Te has vuelto loco o qué?, empiezo a pensar que tanto tiempo encerrado te ha trastornado.

—¡Dámelo!, ¡es hora de que yo empiece a triunfar también! —le gritó a Gonzalo mientras se abalanzaba violentamente sobre él en un intento de arrebatarle el cenicero.

Entonces ambos hermanos rodaron por el suelo, Gonzalo se defendió como pudo y se aferró al cenicero, pero en uno de los momentos más tensos del forcejeo éste salió por los aires y fue a parar a la ventana, por donde salió despedido, rompiendo el cristal y cayendo a la calle. Ambos dirigieron rápidamente sus pasos hacia el ventanal y apoyando los brazos en el alféizar pudieron comprobar que el cenicero de cristal había quedado hecho añicos sobre la acera de enfrente.

Nunca más se publicó cuento alguno firmado por un Aguinaga. Samuel después de aquello volvió sobre sus pasos y nunca más salió de su habitación, aunque se empeñó en seguir tratando de escribir una y otra vez, sin éxito alguno, como era de esperar. A Gonzalo pareció abandonarle la musa aquella mañana de invierno, nunca más le vinieron ideas que le convencieran y comenzó a amontonar relatos sin acabar. Al cabo de un tiempo tomó la decisión de marchar a Rusia con la esperanza de encontrar allí, de nuevo, la inspiración que el abuelo Celestino halló en otros tiempos.

NOTA de SalyTierra:

Antón Chéjov “¿Sabe usted cómo escribo yo mis cuentos? -le dijo a Korolenko, el periodista y narrador radical, cuando acababan de conocerse- Así.” Echó una ojeada a la mesa -cuenta Korolenko- tomó el primer objeto que encontró, que resultó ser un cenicero, y poniéndomelo delante dijo: ” Si usted quiere mañana tendrá un cuento. Se llamará El cenicero.”Y en aquel mismo instante le pareció a Korolenko que aquel cenicero estaba experimentando una transformación mágica: “Ciertas situaciones indefinidas, aventuras que aún no habían hallado una forma concreta, estaban empezando a cristalizar en torno al cenicero”. V.Nabokov/ Chéjov
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2 comentarios en “Azules para un cuento

  1. Oberon dijo:

    Hay aproximaciones y aproximaciones a Chéjov, me gusta esta azul que has hecho, porque Chéjov es azul.
    Como contraposición dejo un enlace sobre el montaje de un ballet en torno al escritor que, sin embargo, es completamente gris:

    Me quedo con tu aproximación, literaria y chejoviana.

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