De caoba

De caobaNo supe lo que era estar muerto hasta el día en que Pelayo y sus chicos me mataron. Nunca imaginé que me llorarían tanto. Se me hizo extraño ver tal cantidad de  vecinos en el piso, incluso a aquellos con los que no hablaba desde hacía tiempo. Un revuelo de gente se hizo dueño de la escalera, el que más y el que menos se fue acercando alertado por las voces del resto, otros por simple morbo, supongo. Creo que nunca perdonaré que algunos empezaran a repartirse las pocas cosas que tenía estando yo supuestamente de cuerpo presente, o que entraran y salieran de mi casa como si fuera la suya, recorriendo las diferentes estancias sin ningún tipo de respeto, tocándolo todo. Y allí estaba yo, oculto a los ojos de conocidos bajo la apariencia de un hombre mucho mayor gracias a una peluca y a una abundante barba canosa también postiza, comentando –como todos- acerca de la mala suerte que había tenido el muchacho que yacía tendido sobre la alfombra blanca del dormitorio en un charco de sangre; “porque ya se veía venir, siempre en compañía de gente de aspecto dudoso, seguro que se dedicaba a algún negocio ilegal…”. Cuando llegó la policía nos echó a todos y precintaron el piso, fin del espectáculo.

Al día siguiente volví a vestirme de quien no era para acudir al entierro, me sentía en deuda y, dadas las circunstancias, fue lo único que se me ocurrió para despedirme de él. Si Emilio no hubiera aparecido en casa aquella mañana sin avisar, ahora no estaría ocupando mi lugar en aquel féretro de color caoba, mi madera preferida. Todos los que nos conocían decían que podíamos pasar por hermanos de lo que nos parecíamos, y no solo en lo físico, que también, sino en la forma de vestir, en el tono de voz e incluso en la forma de reír. Era mi mejor amigo, y desde que me mudé aquí disponía de una copia de las llaves de casa; muy de cuando en cuando solía venir a pasar uno o varios días. La de ayer fue una de sus visitas inesperadas, en realidad la última.

Aquella fría mañana de diciembre, al salir, me topé con Pelayo, el corredor de apuestas al que debía dinero. Nuestra conversación fue breve, tan solo me dio un aviso para que pagara mi deuda o él se la cobraría con mi vida, fue conciso y claro. Quedamos en que reuniría el dinero y que nos veríamos en mi casa en unas horas. Llegué tarde, y por supuesto sin la cantidad que debía. Cuando abrí la puerta comprobé que ellos ya habían cumplido lo prometido. Mi primera reacción fue salir corriendo, dejando la puerta de casa entornada tras de mí. Luego regresaría. Nunca imaginé que me llorarían tanto.

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