¡Viva la copla!

Una copla inacabada—¿Por qué lo has tenido que estropear de esta forma?, ¿por qué precisamente hoy? dime, ¿por qué lo haces?…

Desde que tengo uso de razón me gustó la copla, de casa recuerdo la voz de la Piquer llenando cada habitación —y a mi madre tarareándola mientras preparaba aquellos guisos interminables— o la imagen de cientos de discos apilados en perfecto equilibrio en los rincones más insospechados, colocados en un orden que solo parecía conocer mi padre; no tenías más que sugerirle un tema en concreto y él iba directo hasta el lugar en que se encontraba, lo sacaba cuidadosamente de su funda de cartón y lo pinchaba en el viejo tocadiscos después de pasarle la gamuza roja. Reconozco que nunca fui capaz de descubrir la lógica que parecía guardar aquel pequeño caos musical. En aquella casa había verdadera pasión por este arte y supongo que lo mío, al final, fue en cierto modo inevitable.

Desde hacía unos años pasaba la semana esperando que llegara la noche del jueves, contaba las horas que faltaban para subirme al pequeño escenario y convertirme en el centro de atención de decenas de miradas. Los preparativos antes de salir a escena me excitaban, se respiraba un ambiente especial en aquel cuarto destartalado que hacía las veces de trastero y camerino improvisado; por los pasillos del local iban y venían personajes anónimos cubiertos de purpurina y medias de rejilla color carne que buscaban un rincón donde cambiarse antes de la siguiente actuación, o a alguien con quien compartir unas caladas rápidas.

Me tomaba mi tiempo, solía llegar con antelación para preparar cada detalle, la caracterización, la ropa, los ejercicios para calentar la voz. Todo tenía que estar perfecto. El maquillaje. Pese al tiempo transcurrido desde la primera vez reconozco que nunca me acostumbré a él, me costaba conseguir que mi rostro, salpicado de marcas, pareciera realmente de seda. Recuerdo que de adolescente mi madre ya vaticinó que las cicatrices con las que me tocaba lidiar ahora, huellas heredadas del acné, me acompañarían el resto de mi vida, y no se equivocó. Al final, lo hiciera como lo hiciera, no conseguía que mi piel absorbiera tanto potingue y las luces del escenario acababan por hacerlo resbalar por mi cara, obligándome a retocarme entre número y número. A la gran Cecilia Buaroni —conocida por los compañeros como “la reina de los afeites”— le debo mi destreza con las sombras, de ella todo lo aprendí, el cómo perfilar los párpados para que mis ojos fueran las verdaderas estrellas sobre el escenario —he de reconocer que mi voz no era mi fuerte—, los tonos oscuros en la parte inferior daban profundidad y los claros bajo las cejas luminosidad. El resultado me sorprendía hasta a mí cuando veía mi reflejo sobre el espejo. El pelo. Adoraba mi colección de pelucas de pelo natural, me manejaba bien con ellas en el escenario, con algunas llegué a diseñar peinados imposibles adornados con todo tipo de aderezos: peinetas, plumas, brillantes o abalorios de perlas de diferentes colores. Por último la ropa. Con el paso de los años logré hacerme con un armario considerable de vestuario, solía visitar mercadillos donde vendían ropa de época que después transformaba aligerándola aquí y allá para hacerla más vaporosa y sugestiva. En contadas ocasiones, y siempre a petición del público, me daba un pequeño homenaje emulando a las grandes como la Hayworth o la Monroe dejando a un lado la copla; entonces me ponía un vestido de raso negro, mi preferido, tan ceñido que me obligaba a enfundarme en una de esas fajas invisibles cuya existencia ignoraban la mayoría de los hombres, acompañada de unos guantes negros rebasando los codos y un par de zapatos altísimos de salón. Al final de la actuación siempre me lo agradecían con aplausos prolongados y halagos algo subidos de tono.

Sí, yo nací para el espectáculo, pero nunca se lo dije a nadie.

Aquella noche hubo un lleno total, como hacía tiempo, todas las mesitas frente al pequeño escenario estaban completamente ocupadas y mucha gente se agolpaba de pie junto a la barra o por los pasillos. La copla seguía levantando pasiones. Desde hacía semanas se anunciaba en la puerta sobre carteles de vistosos colores una actuación especial para rendir homenaje a las más grandes, con temas de las principales diosas de la copla. Los nervios me invadieron, normalmente el aforo no se llenaba, me asomé tímidamente entre las cortinillas aterciopeladas del escenario y sentí vértigo “¿podría con aquello?” Irrumpí en el escenario con “La falsa moneda”, con una falda de lunares y volantes idéntica a la que llevó Imperio Argentina en “Morena clara”, el público tarareaba conmigo el estribillo. Con “María de la O” un hombre de las primeras filas se levantó y me cedió una de las rosas que adornaban las mesas; la tomé y me la coloqué sobre la cabeza como llevaba la gran Estrellita Castro en sus actuaciones. Después de tres o cuatro temas de Juanita Reina o Marifé de Triana el ambiente estaba caldeado, la gente estaba entusiasmada. Para el final dejé la emotiva “Tatuaje” de mi querida Piquer. Habíamos preparado un número en el que me acompañaba un bailarín vestido de marinero que mostraba al público con gracia aquel brazo tatuado con un nombre de mujer; la locura se desató al final, justo en el momento en que le decía aquello de que “entre mis labios se dejó olvidado un beso de amante que yo le pedí” ambos nos fundíamos en un acalorado beso que puso al público en pie. Unos aplaudiendo, otros silbando, y entre tanta algarabía se oyó un claro y rotundo “¡Anda, maricón!, ¡vete a casa y devuelve los vestidos a tu mujer!” que dejó la sala en silencio. Me cubrí los ojos con la mano porque los focos me deslumbraban y traté de averiguar de dónde procedía aquella voz. Tan solo distinguí una mesa al fondo, en la que estaban lo que parecían cuatro jóvenes bastante bebidos. Marché corriendo, lo que había sido una noche espectacular se convirtió de repente en algo horrible, por primera vez en mucho tiempo me sentí inseguro y las dudas hicieron acto de presencia, aunque no fueron las únicas. Cuando estaba quitándome la pintura de la cara, se abrió violentamente la puerta del camerino. Me quedé de piedra. Nunca le había visto así, alterado, como loco, con una mirada que me atravesó.

—Papá, ¿por qué lo has tenido que estropear de esta forma?, ¿por qué precisamente hoy? dime, ¿por qué lo haces?…

Era 20 de octubre, su cumpleaños. Dieciocho años ya. Lo había olvidado por completo.

Doné con pena mi colección de trajes y pelucas a mi compañero Benito, más conocido la noche de los viernes como “La Fornarina” que, aunque le daba más al cuplé, pensé que aprovecharía gran parte de mis cosas. Nunca más me teñiría los labios de carmín, y mis ojos volvieron a ser los de antaño, tristes, sin ese brillo especial que me daban aquellas noches de copla.

Una mañana de sábado paseaba soledades por El Paralelo, los barrenderos adecentaban las calles tras lo que habría sido una noche de fiesta, y los últimos locales de espectáculos echaban el cierre. En la puerta de la sala “El Molino” se amontonaban unas cuantas cajas de cartón y viejos baúles. La curiosidad pudo conmigo, me acerqué y levanté la tapa de uno de ellos, guardaba lo que parecían objetos de atrezo de viejos números en muy mal estado ya, mezclados con zapatos sin pareja y algún vestido de telas de vivos colores. Al principio no me percaté pero al levantar unos rollos de papel mis ojos se quedaron clavados en él, un precioso mantón de manila que aún conservaba algo de brillo y tenía los bordados como nuevos. Lo tomé de una esquina con mis dedos y, dándole un par de vueltas en el aire, lo dejé caer sobre mis hombros. Pude escuchar un “¡Olé!” claro y rotundo del barrendero que mojaba la calle. Le sonreí con los ojos y seguí mi camino, periódico y mantón bajo el brazo.

¡Viva la Copla!

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