Por qué

Por qué¿Por qué escribe un escritor? desde el inicio del taller la semana pasada me iba acompañando esta pregunta allá por donde iba, y harta de darle vueltas sin encontrar una única respuesta, decidí recurrir directamente a ellos con la esperanza de que arrojaran algo de luz. Eché mano de los viejos cuadernos de anotaciones y de los folios impresos cargados de historias, me asomé de puntillas al universo que habitaban y les pregunté directamente ¿por qué os escribo?…

La mujer del velo se me acercó tímidamente y me susurró al oído que de no haber sido por mí aquél hombre, con el que cruzaba miradas prohibidas cada tarde en el mercado de pescado junto al puerto, nunca le habría regalado un enorme y precioso atún, “el más bello que jamás había visto”, de una piel plateada que le recordó la estela de las olas bajo el reflejo de la luna llena, y de potentes y recias aletas afiladas como cuchillos. De hecho, aún soñaba cada noche con aquellos ojos, brillantes, llenos de vida. Bañada por la emoción, Carmela se acercó de repente, la rodeó entre sus brazos y dejó un beso en su mejilla; después clavó sus ojos en mí y me dijo que solo personas como yo podían mostrar al resto que mujeres como ella, que cada mañana se desnudaban para vestirse de labios de carmín y convertirse en Annabellas, no solo eran putas sino madres y esposas también. En ese instante, no sé muy bien por qué, Walter se levantó del butacón de cuero diciendo que otras, aparte de serlo, jugaban a ocultarlo bajo pelucas color caoba y que solo yo le di la oportunidad de averiguarlo dándole las claves para volver con su Marjorie con la que, desde entonces, era plenamente feliz. Enrique, el anciano del borsalino gris pidió la palabra y todos callaron, comentó que entendía perfectamente mi inquietud pues su oficio era el mismo que el mío y que a él le dio la respuesta la pequeña Adela el día en que, de mi mano, le abordó en la biblioteca preguntándole si sabía dar abrazos, obligándole a retomar la escritura para al menos poder contestarla adecuadamente. Entonces, se acercó a mí y, estrechándome la mano a la vez que se quitaba su sombrero me dijo un “gracias por ello, señorita” que me dejó sin palabras. A su intervención siguieron otras tantas, el que más el que menos me pidió que acabara su historia, que le diera la oportunidad de recuperar una relación perdida o de conocer a alguien especial, otros querían embarcarse en viajes a lugares lejanos pues nunca habían salido de mi habitación, y todos, todos ellos, me reclamaban salir del anonimato de mi cabeza y sentirse protagonistas por unos instantes, los que el lector tardaba en construirles una vez más bajo la atenta mirada de sus ojos recorriendo mis páginas. He de decir que me convencieron para aceptar el reto ¿acaso no escribo por esto precisamente?

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