Café al óleo

Café al óleoHacía años que no tenía noticias de Blanca, cuando recibí su llamada una extraña sensación me zarandeó por dentro hasta el punto de hacerme casi tartamudear al teléfono. De todo lo que me contó en escasos minutos —seguía hablando tan rápido como siempre— tan solo me quedé con que acababa de volver de Roma, que había vuelto para quedarse por fin y que estaba como loca porque nos viéramos. Al final acordamos reunirnos en el viejo café de siempre, nuestro espacio de confidencias antaño y al que ninguno de los dos habíamos vuelto desde nuestra última conversación años atrás, unos meses antes de su partida a la ciudad italiana. Afortunadamente seguía abierto.

—Daniel, necesito que lo hagas, por mí.

—¿Tú sabes lo que me estás pidiendo, Blanca?

—Sabes que eres mi mejor amigo y la única persona a la que le pediría algo así.

—Puedes hacerlo sin mí, sabes que puedes hacerlo.

—No sería lo mismo, del donante anónimo nunca sabría nada, y de ti lo sé casi todo Daniel, y para ser sinceros no estás nada mal, alto, delgadito, moreno, y con esos ojos verdes que hacen perderse a cualquiera, vamos, que si no te gustaran los hombres tú y yo ya habríamos tenido algo más que tardes de confesiones hace tiempo.

—Me encanta tu seguridad Blanca ¿quién te ha dicho que serías mi tipo?

—Te lo digo yo, de que fuera tu tipo ya me ocuparía yo.

—Si accedo a ello, ¿qué haríamos después?, sabes mi postura al respecto, nada de niños.

—Me marcharé, he encontrado un buen trabajo en Roma, y parece que para largo. Te desvincularás de todo, te lo prometo, nunca te reclamaré nada ni te exigiré nada, tu nombre no aparecerá en ningún lugar si eso es lo que quieres.

—¿Y el crío o la cría?

—Nunca sabrá nada, nunca le diré quién es su padre.

El cafetín poco había cambiado en estos años, las mismas mesas, la misma luz tenue, la misma barra larga acompañada de los taburetes anclados al suelo, el mismo aire nostálgico de épocas de mayor lustre y tertulias literarias. Atravesé el salón y ocupé la mesita de mármol de la esquina, la que daba al ventanal, la nuestra de siempre. Pedí al camarero un café manchado mientras esperaba a Blanca; salvo que los italianos la hubieran hecho cambiar, la puntualidad no era una de sus virtudes. Saqué mi bloc de dibujo y empecé a esbozar cuatro trazos que poco a poco fueron tomando la forma del local, dibujé las columnas que delimitaban la sala y a unos cuantos personajes anónimos a modo de borrones ocupando cada silla. Por fin apareció ella. Estaba como siempre, algo más delgada y con el pelo muy corto teñido de caoba, le quedaba bien, le daba un aspecto más alocado y juvenil. Entró como un torbellino, sabía que llegaba más de media hora tarde, hizo un gesto al camarero pidiéndole un café y vino corriendo hasta mi rincón. Me dio un enorme abrazo.

—Déjame verte, estás… guapísimo.

—Llegas tarde, es superior a ti ¿eh? Algún día te regalaré un reloj.

—Lo siento cariño, había olvidado lo que es conducir en Madrid, ¡pero si no se puede aparcar en ningún sitio ahora!

—Estás guapa, los italianos te han quitado unos cuantos años.

—¡Ni me los menciones!, qué ganas tenía de ver producto de la tierra— dijo mientras me guiñaba un ojo y echaba un vistazo a los hombres que estaban en las mesas próximas.

—No me digas que no te has echado un novio italiano guapo y moreno.

—Nada serio, Lucía no los soporta. Celos, ya sabes.

—¿Lucía?, ¿así se llama?

—Sí, ¿te gusta?

—Me encanta, es un nombre con mucha luz.

—¡Uy, eso es que no la conoces!, este año está “luciendo” su estupenda adolescencia allá por donde va. Me tiene completamente loca.

—Bueno, tiene a quien parecerse.

—De eso quería hablarte precisamente, de que efectivamente tiene a quien parecerse…

—No me digas que…

—No, te puedo asegurar que los chicos la encantan, incluso yo diría que demasiado para su edad. No van por ahí los tiros, y si fuera eso no me escandalizaría, lo sabes.

—¿Entonces?

—Quiere ser pintora, como tú. Se pasa el día encerrada en su cuarto con el caballete y los tubos de óleo al retortero. Es más, quiere conocerte.

—¿Qué quiere qué…?, ¿no sabrá que yo…?

—Tranquilo, no lo sabe, no rompí nunca mi promesa. Creció rodeada de algunos de los cuadros que me regalaste durante años, ¿recuerdas aquél del campo de girasoles?, lo adora, es su preferido, lo tiene colgado sobre su cama.

—Pero yo no quiero verla, te juro que en quince años no he pensado en ella ni una sola vez, mi instinto paternal no existe.

—Ni yo te pido que lo tengas, Daniel, ella solo quiere que veas sus cuadros, sus bocetos, que le digas si tiene alguna posibilidad. Le he hablado mucho de ti, de lo bien que dibujabas, de la pasión que sentías por los colores, por plasmar la luz. Piensa que eres un amigo mío de la infancia; como ves, tampoco la he mentido.

—No puedo, Blanca, sabes que no puedo.

—Tenía que intentarlo.

—…

—Está bien, le diré que finalmente no has podido acudir a la cita. No te preocupes. Cuídate mucho, cariño, sigue así de guapo.

Me besó en la mejilla, recogió su bolso, se echó la chaqueta sobre los hombros y salió por la puerta del café. En la esquina, junto al quiosco de prensa, la esperaba una muchacha morena casi tan alta como ella, bajo su brazo una de esas enormes carpetas para transportar láminas de dibujo. Me levanté de un brinco y corrí hacia la salida.

—Blanca, Blanca, ¡que estoy aquí! —les grité mientras hacía un gesto con la mano para que se acercaran.

Ambas me miraron, se miraron, y caminaron rápidamente hasta mí.

—Blanca, cariño, llevo media hora esperándote ¿ya no te acuerdas de los amigos?, ¿tanto he cambiado? —le dije mientras la besaba en la frente. —Y tú debes ser Lucía ¿no?, me dijo tu madre que te gusta dibujar, ¿me enseñas lo que llevas ahí adentro? —Una enorme sonrisa se dibujó en su rostro, tenía una mirada de ojos verdes totalmente irresistible.

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