El sol de mayo

El sol de mayoAjishar Bensabat acabó de equiparse y subió a su helicóptero. Aquél soleado día de mayo se juró que sería su último vuelo.

Deir El Belbessi acudía aquella tarde a la boda de su amiga Eylem y, como el resto de mujeres, se adornó con sus más hermosas joyas para ir a la fiesta. Todo era alegría en el pequeño barrio al norte de Jan Yunis. Como era tradición, los familiares y amigos del novio, Sameh, le llevaron en procesión cantando y bailando por las callejuelas de la ciudad hasta la casa de la novia para recogerla y llevarla al que iba a ser su nuevo hogar. Las mujeres esperaban mientras en la sala de bodas, escuchando el sonido del Fadous que tocaba la banda en espera de la llegada de los novios. Eylem brillaba. Su cabello negro contrastaba con el blanco de su túnica y velo. Era un soleado día de mayo y todos bailaban.

Los primeros disparos de un helicóptero acaban con la vida de Rana, y con la de Ashraf, y la de Jihad. Pronto el cielo se llena de otros tantos lanzando proyectiles en todas direcciones. Los gritos de pánico sustituyen el sonido de los tambores, los ugabs, las trompetas o las palmas de los asistentes al festejo. En cuestión de minutos arrasan edificios, los olivos y los otros cultivos que rodean el barrio arden por completo, el único sustento con el que cuentan junto con el de sus animales, también muertos. Deir sale corriendo, trata de guarecerse en el interior de un estrecho pozo abandonado. Su cuerpo pende en equilibrio de una vieja soga. Silencio. Un humo negro lo cubre todo. Parece que se han ido. Le duele una pierna, acaba de ser consciente de ello. Una vez fuera comprueba que algo de metralla se la ha atravesado, rasga parte de su velo y presiona con él la herida. Avanza entre los restos de las viviendas, pocas han quedado en pie. Algunos de los invitados corren hacia ella, la abrazan. Una mujer yace en el suelo llorando. En su regazo el cuerpo sin vida de su hija Eylem. La tela blanca de su vestido se ha teñido de negro y rojo.

En esta ocasión tampoco supo porqué tenía que hacerlo o cuál era el objetivo concreto que perseguía junto con sus compañeros del aire. Toda la información de que disponía se limitaba a un conjunto de coordenadas introducidas en el ordenador de a bordo, marcadas también sobre un mapa con enormes círculos rojos que acababa de recoger del asiento. Las órdenes eran siempre las mismas, destruir el mayor número posible de edificaciones y campos de alrededor, en el menor tiempo. Ajishar apagó el motor y esperó a que las hélices dejaran de girar para abandonar el aparato. Eran cerca de las siete de la tarde y el sol empezaba a ponerse. Acabó de rellenar el parte de vuelo y lo firmó, añadiendo un “No” en la casilla reservada a las “Incidencias”. Lo depositó en el cajetín de su superior y se dirigió a la ducha. Recogió sus cosas y se despidió de los compañeros, solo pensaba en el permiso de tres días que iba a disfrutar. Aprovecharía para volver a Tel-Aviv para reunirse con su novia. Subió a su camioneta y sacó de la guantera un analgésico que tomó con un poco de agua de una botella. Desde hacía unos meses los días que volaba un dolor penetrante en las sienes no le dejaba. Tampoco los cientos de imágenes que pasaban por su cabeza impidiéndole dormir cada noche.

No había vuelto a caminar con normalidad. Desde hacía cinco años Deir se ayudaba en ocasiones de una muleta. Acudió como cada viernes a realizar sus oraciones colectivas con las mujeres de la casa de la familia Samreen, eran las seis de la mañana, la luz del sol comenzaba a hacerse presente. Tras la muerte de Eylem se había trasladado a Abudís, en la periferia de Jerusalén. Tras la oración decidió visitar el cementerio dedicado a los mártires. Su tapia estaba empapelada de fotografías de víctimas y de suicidas. La recorrió deteniéndose en algunos de aquellos rostros que no hacía tanto habían sido compañeros suyos en la universidad. “Por tí, Eylem, por vosotros”, se dijo mientras se inclinaba y posteriormente se prosternaba colocando la frente sobre el suelo. Con ayuda de Ashraf, uno de los militantes de la resistencia, llegó al puesto de control. El piso del coche estaba lleno de explosivos. Un par de soldados israelíes apuntaban desde la torre a los vehículos que hacían cola para atravesar la frontera y acceder a Jerusalén. Finalmente lograron pasar. Ya era mediodía. Ashraf la acompañó a una casa donde pasaría las últimas horas preparándolo todo. La besó en la frente. Se quedó sola.

Deir alza la persiana de la habitación y deja que los rayos de sol iluminen su rostro. Del bolsillo de su chaqueta saca una pequeña funda de plástico donde guarda algunas fotografías de sus seres más queridos, su padre, su madre, su hermana Ashia. Las besa. Llora. Es casi la hora, su reloj de pulsera marca las cuatro. Se sienta sobre un destartalado sillón y extiende su túnica. Poco a poco va cosiendo los paquetes de explosivos al forro color verde, distribuyéndolos a lo largo para no llamar la atención. Realiza las oraciones de la tarde. Se viste y marcha.

Es el primer Shabat de mayo y Ajishar está de licencia en Jerusalén. Se va a reunir con sus padres para cenar, pero antes se acerca a realizar sus plegarias. Se dirige hacia la mítica sinagoga de Ruina, su lugar preferido de oración.

Deir camina despacio por las estrechas calles de la ciudad vieja. Ya nunca más ha sido capaz de hacerlo a buen ritmo por su permanente cojera. Frente a ella Ruina, se para unos minutos a contemplar la imponente piedra blanca de sus muros. “En realidad no hay tanta diferencia entre nosotros”, piensa. Se dirige a la puerta de acceso de las mujeres, una larga cola bordea el edificio. Ocupa el último lugar. Enseguida llega una muchacha que se coloca a su lado. “Shalom”, le dice. “Shalom”, le responde. Deir mira su rostro. Es muy joven y guapa, de ojos oscuros y, por lo que intuye bajo el pañuelo blanco que cubre su cabeza, de cabello negro, igual que su querida Eylem. No espera siquiera a entrar, en ese instante acciona el dispositivo de explosivos que lleva consigo. Son las seis y cuarto de la tarde. El caos y la confusión se hacen dueños del lugar. Todos corren de un lado para otro, unos huyendo, otros tratando de ayudar a las mujeres heridas; Ajishar también. Un humo negro lo cubre todo aunque es mayo y aún luce el sol.

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