Entre hilos

Entre hilosLa altísima chimenea de ladrillo rojo fue lo primero con lo que se toparon sus ojos nada más bajar del tren; minutos antes estos mismos observaban a través de la ventanilla multitud de campos de cultivo medio abandonados y un conjunto de edificaciones modernas que no recordaba. Ya no escupía humo como antaño, se mantenía imponente y erguida pero fría y en silencio.

Avanzaron caminando lentamente atravesando las calles de la Colonia, pocas cosas habían cambiado en realidad salvo la bulliciosa vida que tuvo, no quedaba rastro de ella, solo edificios testigos mudos de lo que fue cuarenta años atrás. Se dejó llevar, sus pies la condujeron directamente a la nave principal, un edificio de ladrillo visto cuya fachada presentaba cierto diseño modernista. Agarrada al brazo de María atravesó el umbral de lo que había sido la puerta de carga, su bastón tuvo que sortear cientos de cristales rotos esparcidos por el suelo. Hacía frío. Alzó la vista al techo, la inmensa estructura de vigas de hierro se mantenía intacta, poco quedaba ya de los tabiques que dividían la estancia en secciones, la de hilado, la de tejido, la de tinte o la de acabado. La suciedad y las señales de abandono se habían hecho con todo. Las paredes, antaño de blanco, se vestían ahora de grafitis que parecían competir por un hueco, y la huella negruzca de hogueras improvisadas cubría algunos rincones. Era mediodía y los rayos de sol inundaron la estancia atravesando los viejos ventanales de las paredes y el techado, ahora casi inexistente; recuerda que siempre fue un lugar muy luminoso, lo que les permitió trabajar sin luz artificial largas jornadas especialmente en verano, cuando los días eran más largos.

Se acercaron a una vieja tundidora con los rodillos completamente oxidados; la de horas que pasó en una de ellas recortando el pelo a las varas de paño para igualarlo, al principio con tijera y años después con modernas cuchillas gracias a las cuales lograron aumentar la producción considerablemente. Junto a la máquina aún se podían ver algunas de las viejas cajas que guardaban las bobinas de tela con las que trabajar. Una de ellas solo contenía restos amontonados de papeles y botellas de vidrio. María le acercó lo que parecía uno de los viejos cuadernos de carga donde debían anotar a diario el número y dimensiones de las varas trabajadas, junto con el tiempo empleado en cada una de ellas, siempre visado por el jefe de la sección. Se colocó las gafas de pasta que colgaban de su cuello prendidas por un cordón, la caligrafía era cuidada y ordenada, invirtió unos segundos en leer algunos de los nombres de los operarios, la mayoría mujeres.

El silencio era absoluto, precisamente por eso en un primer momento le costó reconocer aquel lugar. Si cerraba los ojos podía escuchar perfectamente el estruendo constante de los centenares de máquinas que funcionaban de forma casi ininterrumpida. El sonido era tal que ni a gritos se era capaz de mantener una conversación con la compañera más próxima, por eso inventaron un lenguaje a base de señales con el que se comunicaban mientras trabajaban. De aquello hoy le quedaba una sordera casi total en uno de los oídos.

Atravesaron la nave por el pasillo central, a la derecha la zona de los obridores, las máquinas que convertían las enormes balas de algodón en hilo deshaciendo sus fibras y sacando toda su suciedad; más allá la de las hiladoras, que tomaban las bovinas para obtener un hilo fino y trenzado; luego la zona de apresto, o la de urdidores, donde se limpiaba nuevamente y se trenzaba en varios hilos. El ruido de sus pasos levantó unos cuantos pájaros que habían hecho de las máquinas pequeños escondites donde construir sus nidos.

En el extremo norte se encontraba la sección de acabados donde se desechaban todos aquellos hilos y tejidos defectuosos. Ella trabajó un tiempo allí, reparando algunas de las telas. Una enorme mesa de madera aún se mantenía en pie. Recordó cómo tras ella, sentadas en sillas formando una hilera, ella y otras compañeras iban desplegando las bobinas de diferentes tejidos sobre sus regazos, arreglando los defectos que otras habían marcado previamente con una hebra de color verde.

Antes de atravesar la puerta que daba acceso al edificio contiguo echó la vista atrás, una extraña sensación de añoranza y pena la invadió al contemplar aquel amplio espacio sin actividad alguna. Siguió avanzando, sobre el dintel de la siguiente puerta aún se podía leer la palabra “Tinte” escrita en letras rojas. Todas las telas e hilos, incluidos los blancos, acababan su proceso con el teñido en esta sala. Nadie quería trabajar allí, muchos enfermaron al aspirar los fuertes vapores que desprendían algunos de los colorantes. Aquella mañana no olía a nada, tan solo percibió una leve fragancia agria que desprendía la hojarasca húmeda apilada en algunos rincones.

—Abuela, ¿realmente crees que vendrá?
—Sé que lo hará.
—Pero… si ni siquiera sabes si la dirección a la que le enviaste aquella carta seguía siendo la suya.
—Tonterías, nunca le gustó cambiar de lugar. Allí nació y allí vivía su familia. Si no fuera correcta, me la habría devuelto el cartero.
—Tampoco has recibido noticias suyas.
—Tranquila, vendrá.
—Nunca me has contado cómo os conocisteis.
—Él era mecánico y en multitud de ocasiones tenía que venir a desatascar los rodillos de las máquinas, engrasar alguna pieza o desarmarlas por completo. Así empezamos a hablar. Reconozco que alguna vez hice que la máquina se bloqueara a posta, solo para verle.
—¿Y después?
—Esta muchacha… ¿pero qué quieres saber?
—Que cómo empezasteis, ¿te pidió salir él?
—Claro, en aquellos tiempos no era como ahora, se hacían las cosas bien.
—¿Y os veíais mucho?
—Apenas, en la fábrica trabajábamos la mayoría de las mujeres a destajo, nos pagaban en función de las piezas que acabábamos. Yo trabajaba de 6 a 12 de la mañana y de 2 a 8 de la tarde. Él trabajaba por turnos.
—Pues vaya plan ¿no?, ¿y cómo lo hacíais entonces?, porque digo yo que os juntaríais en algún momento.
—Bueno, teníamos nuestros rincones. Cuando podíamos nos veíamos junto al río, nos gustaba pasear por la chopera esa que has visto según veníamos.
—¿Por qué no os casasteis?
—Por la guerra, en el 36 algunos trabajadores se levantaron contra el dueño con intención de colectivizar la fábrica, vamos, lo que querían era poder dirigirla ellos directamente, sin patrones. Sergi fue uno de ellos, siempre le pudo la lucha por mejorar las condiciones de trabajo. Todos le querían, consiguió algunas cosas, la calefacción en la zona de telares, el uso de caretas en la sección de tintes, o un seguro de enfermedades, por ejemplo.
—¿Qué pasó?
—Lo detuvieron. Apenas pudimos despedirnos.
—Y hasta hoy.
—Sí, hasta hoy. Pero vendrá, nunca faltó a una cita conmigo.

Agarradas del brazo salieron fuera, era uno de esos días de invierno soleados, casi agradecieron la temperatura del exterior. Junto a la nave aun se mantenían en pie las que fueron las casas de los obreros, unas viviendas humildes unifamiliares de dos plantas con un pequeño jardín a la entrada. Un poco más allá se distinguía de éstas la casa del médico, la del secretario o la del capellán, mucho más amplias, de arquitectura más elaborada y fachadas decoradas con cenefas de ladrillo.

—¿Adela?
Ambas mujeres se dieron la vuelta rápidamente. Pudieron apreciar la silueta de un hombre a contraluz.
—¿Sergi?
—Sí, pero su hijo. Mi padre murió hace siete años. Me alegré mucho cuando recibí su carta. Tengo algo para usted. Me lo entregó poco antes de fallecer y me pidió se lo hiciera llegar de alguna manera, pero no sabíamos cómo encontrarla.

Sus manos temblorosas recogieron el sobre, apoyándose firmemente sobre el brazo de María se sentó sobre un viejo banco de piedra a leer la carta de Sergi. La dejaron sola. Comenzó a leer. Al principio sus ojos se llenaron de lágrimas, al cabo de un rato su rostro esbozó una enorme sonrisa. Sabía que no faltaría a una cita.

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2 comentarios en “Entre hilos

    • salytierra dijo:

      Gracias Rafa. En la parte del inicio he tratado de realizar una descripción del lugar jugando con el presente y el pasado, contraponiendo sensaciones (silencio/bullicio de las máquinas, olor de los tintes/olor de la hojarasca) de uno y otro tiempo. He querido jugar con el narrador en tercera pero mostrándole desde dos perspectivas o distancias, una más alejada (omnnisciente) y otra más próxima, casi diria que es la mirada de la nieta. No sé si realmente ahoga tanto el relato como dices (lo revisaré). Sí es cierto que los diálogos posteriores son mucho más ligeros y siguen narrando la historia a través de los personajes. Gracias por tus observaciones.

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