Lazos de sedal

Lazos de sedalAmanecía. Se equiparon con todo lo necesario para el primer día de pesca de la temporada y juntos se adentraron en la garganta por un estrecho camino paralelo al río. Pocos conocían ese lugar, la maleza se había hecho la dueña de cada rincón y les costó más de un arañazo en los brazos poder atravesar algún tramo.

—¿Recuerdas algo del año pasado?

—Pues claro, con la de veces que repites las cosas…

—Está bien, ahora lo veremos.

—¿Falta mucho?

—No, ya casi estamos. Ahora procura guardar silencio, las truchas ya han despertado también, y me gustaría que fuésemos nosotros los que les diésemos los “buenos días”.

Llegaron a una pequeña playa que el río había formado en un pronunciado meandro, se ocultaron tras una zona de juncos y cañas dejando todos los aparejos en el suelo. Sin decir una palabra, empezaron a prepararlo todo. Víctor imitaba cada movimiento de su padre, el estirarse las polainas para que no quedasen arrugas en las botas, la forma de ajustarse el vadeador de neopreno, la inclinación de la gorra de visera, el ajuste del cinturón… cada día se parecía más a él, sobre todo desde que le había empezado a salir algo de barba aquel año.

—Papá, ¿qué caña cojo? —dijo susurrando.

—¿No decías que te acordabas de todo?… aquella de allí, la del mango en forma de puro, la más ligera.

—¿Y qué carrete pongo?

—Yo creo que con el de 30 tendrás suficiente. Ahora espérame aquí, voy a ver “qué nos dice” el río hoy.

—¿Cómo?

—¡No tienes cosas que aprender tú todavía!… los ríos son como los libros, solo necesitas saber leerlos.

—Si tú lo dices…

—El río te cuenta muchas cosas, te dice los lugares donde casi con toda seguridad están las truchas, las horas del día en que se alimentan, los insectos que frecuentan el cauce en cada época, ¿o por qué crees que llevamos entonces una caja llena de señuelos diferentes?, también te dice si las gusta comer arriba, abajo, entre dos aguas o en las pozas…

La superficie del agua estaba completamente en calma, el único movimiento apreciable era el de su lento discurrir en su camino natural, y el ocasionado por algún pequeño remolino que se formaba en diminutos pozos. Pablo salió de su escondite unos instantes y agazapado tras las ramas de un sauce observó la orilla, cientos de larvas de moscas y mosquitos revoloteaban sobre la superficie. Al dirigir la vista un poco más allá, comprobó con alegría que bajo las aguas transparentes un par de truchas de gran tamaño permanecían casi inmóviles. Retrocedió sobre sus pasos.

—¡Estamos de suerte!, ¿ves aquel enorme álamo de la otra orilla?

—Sí, ¿el de la corteza blanca?

—No, ese es un abedul, mira un par de metros río abajo, el de la rama que pende medio seca.

—Sí, ahora sí.

—Mira en el agua, ¿no ves dos enormes truchas?

—¡Sí, sí que las veo!

—¡A por ellas, Víctor!, vamos a preparar las moscas, hoy lo tenemos fácil, he visto que casi todo lo que hay son ninfas.

Según avanzaba la mañana el sol comenzaba a calentar las aguas y las eclosiones de las larvas empezaron a atraer a las truchas hasta la superficie para alimentarse de los emergentes. Pablo se sentó en el suelo y le pidió a Víctor que le pasara uno de los anzuelos más pequeños para atar una larva; tomó las pinzas y cortó una pequeña rebaba del mismo para empezar a forrar con precisión la zona que haría las veces de abdomen de la larva, enroscando con cuidado parte del mismo alambre de cobre con el que lastraría después la mosca. No podían quedar espacios. Víctor miraba a su padre con admiración, sus moscas en comparación dejaban mucho que desear, las truchas eran listas y no se las engañaba con cualquier cosa, se podían permitir el lujo de rechazar una mosca porque sabían que otras vendrían después ya que el alimento no las faltaba.

—¿Ves?, no hagas las moscas muy grandes cuando se trate de larvas porque éstas son muy pequeñas. Víctor, pásame dos fibrillas de pavo, por favor.

Las tomó entre sus dedos y las fijó con cuidado al ejemplar de larva que estaba elaborando.

—Cuando tengas el abdomen hecho, debes seguir enroscando con algo más de volumen el tórax de la larva, y al final, más fina, lo que será su cabecita, ¿qué tal?, ¿cómo la ves?

—Es fantástica, papá.

—Bien, la próxima la haces tú, recuerda que es un señuelo para engañar a tu presa. Tienes que demostrarle que tú eres más listo.

—Siempre somos más listos.

—De eso nada, verás, la pesca a mosca es parecida al cortejo con una mujer. Tú, cuando quieres salir con una chica ¿qué haces?

—No sé, hacer que se fije en mí, supongo.

—A la trucha, como a la mujer, tienes que seducirla, debes hacer una buena presentación, ser muy delicado y cuidadoso en tus movimientos, debes introducirte en su medio con suavidad, sin perturbarlas, ¿sabes lo que quiero decir?

—Sí, creo que sí. Oye, papá…

—Sí.

—Quería decirte algo.

—Dime.

—Me quiero ir a vivir con mamá.

—…

—¿No dices nada?, ¿has oído lo que acabo de decirte?

—Sí, ¿te importa acercarme un poco de culipato?, esta mosca lleva en el estuche ya tiempo y no va a flotar si no la impregno un poco.

—Toma, acuérdate de comprar un bote, en este apenas queda aceite ya. ¿No quieres saber por qué?

—Sospecho que me lo vas a decir tú ¿no?

—No quiero seguir viviendo aquí, quiero irme a Oviedo con mamá, todos mis amigos se han ido yendo al Pérez de Ayala a estudiar. Cada día me aburro más en este pueblo.

—¿Y Luis?, ¿y Alfonso?, porque ellos siguen en este “aburrido” pueblo.

—Porque no les queda otra, si por ellos fuera ya se habrían ido.

—Sígueme, anda, vamos a por las truchas. Primero me meteré yo, y después tú, procura hacerlo sin remover mucho el agua, en cuanto noten algo anormal se irán y no las volveremos a ver. Pon cuidado. ¿Recuerdas cómo hacer el lance?

—¿El tradicional?, creo que sí, era echando el cuerpo hacia delante ¿no?

Pablo se situó detrás de Víctor y desde la orilla, agarrándole el brazo, le mostró la postura correcta del cuerpo antes de introducirse en el río.

—Sí, acuérdate de que el sedal es como si fuera una prolongación de tus brazos. Mira, esta es la forma de coger la caña, no quiebres nunca la muñeca, es el antebrazo el que hace el movimiento, así.

—Déjame a mí, papá.

—Tienes que esperar a que la línea se desenvuelva por completo, ahí tú la acompañas hacia delante. Es el propio peso de ésta el que flecta la caña, ¿ves? y en ese momento, solo en ese momento, debes tirar hacia atrás. Sujeta el grip con la mano completa, pero son estos tres dedos —le dijo indicando el pulgar, índice y corazón— los que hacen fuerza, solo así mantendrás la unidad entre la caña y tu brazo, ¿lo tienes claro?

—OK. ¿Podemos hablarlo entonces con mamá mañana?

—Luego, Víctor, luego. Se nos echa el día y aún no nos hemos mojado. Mira cómo lo hago yo primero.

Pablo se introdujo caminando lentamente en el agua con la caña en alto en una mano y la sacadera en la otra, el agua comenzó a cubrirle las piernas, cuando esta llegó a la altura de la cintura hizo un gesto a Víctor para que se metiera en el río también. Comenzó a hacer lances sucesivos en dirección a la zona donde estaban las truchas, lanzaba y recogía, lanzaba y recogía, hasta que al cabo de unos minutos dio con la presa. Era un buen ejemplar que luchaba contra la línea aferrándose al río con todas sus energías. Le costó hacerse con ella, finalmente se acercó hasta la orilla con su captura, se la mostró en su camino a Víctor y a continuación la soltó suavemente. La trucha chapoteó unos metros y pronto desapareció corriente abajo. Ahora era el turno de Víctor.

—¿Estás preparado? —le dijo en voz baja.

—Sí.

Víctor empezó tirando próximo a la orilla, dejando derivar de metro a metro y medio solamente como le había enseñado su padre. Poco a poco fue agregando un poco de hilo a medida que iba ganando distancia en el río. No hubo suerte. Recogió carrete y volvió a intentarlo en un segundo lance. Su padre permanecía en silencio desde la orilla. Al cabo de varios intentos fallidos se adentró en el agua y le agarró del brazo mientras le iba indicando los movimientos que debía realizar.

—Separa la línea del agua, arriba, adelante y abajo. Otra vez, separa la línea del agua, arriba, adelante y abajo.

—Déjame a mí solo, anda.

—Tienes que tratar que la línea se extienda bien en el aire para que no rebote; al rebotar, la línea pierde rigidez y los peces se asustan al caer esta.

—Se asustarán más si no paras quieto un poco.

—Está bien, te dejo. Recuerda que debes evitar hacer falsos lanzamientos porque las truchas se hunden hacia abajo y es más difícil cogerlas. Has de buscar que la línea quede detrás de la mosca siempre. Inténtalo, anda.

—…

—¡Así, muy bien, Víctor! Así, así.

Al cabo de unos minutos el sedal se tensó, ya en los primeros chapoteos vieron que se trataba de un ejemplar enorme, tiraba con mucha fuerza y Pablo tuvo que ayudar a Víctor para ir recogiendo la línea. A favor de corriente el pez comenzó a descolgarse hacia abajo, por lo que decidieron seguirle caminando lentamente sobre el lecho del río sin perder la tensión.

—Víctor, ¡no me lo puedo creer!, ¡yo diría que has pescado un reo!

—¿Un reo?, ¡si parece una trucha enorme!

—Sí, Víctor, es como un atún, conoce el mar, ¡mira como tira!, ¡qué fuerza tiene el condenado! —juntos tiraban de la caña. Por fin consiguieron agotarle.

Víctor lo sacó cuidadosamente de la red y lo tomó entre las manos suavemente, como acariciándole en toda su longitud. Lo alzó para mostrárselo orgulloso a su padre. Era la primera vez que pescaba un ejemplar de ese tamaño. El pez comenzó a agitarse por la falta de aire, sabía que debía devolvérselo al río inmediatamente, la lucha había sido intensa. Tuvo que reanimarlo con cuidado introduciéndolo de nuevo en el agua a la vez que le masajeaba la zona ventral; después lo soltó lentamente. El reo desapareció de su vista en escasos segundos.

Dieron por finalizado el día de pesca, recogieron cuidadosamente los aparejos de la orilla y se cambiaron de ropa. El sol brillaba ya con intensidad, dejando sus reflejos sobre la superficie del agua otra vez en calma. La sonrisa en la cara de ambos lo decía todo.

—Papá, ¿se pueden venir Luis y Alfonso el próximo domingo a pescar?

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