Mirada azul

Mirada azul—Aquí estarás bien, junto a la ventana, mirando al mar como solías hacer. La casa está tan en silencio ahora…

Terminó de clavar las escarpias que lo sujetarían a la pared, lo niveló y se colocó enfrente; fue la última vez que ella posó para él, acababa de dar sus últimas pinceladas, en los últimos cuatro años no había sido capaz de volver a verlo y mucho menos de acabarlo. Una ventana azul —su preferida—, enmarcaba la mirada serena de aquella muchacha de espaldas. Todo era quietud, la tela semitransparente de los visillos de rayas azules y blancas caía relajada delimitando el marco, sujetos en el otro lado por la hoja de la ventana abierta. Miraba el mar, como cada día, un mar azul que casi se fundía con el cielo, un mar sin apenas movimiento adornado por pequeñas olas que morirían a sus pies y un velero lejano, un mar calmo encerrado en un abrazo de tierra, salpicado tan solo de pequeños árboles y alguna que otra casa aislada que se reflejaba en el cristal. Hacía calor, su fina rebeca blanca descansaba sobre el alféizar de la ventana, los brazos apoyados sobre éste, el cuerpo cubierto con un ligero vestido blanco que se adhería a su piel, dos rayas azules claro lo recorrían desde el cuello hasta el borde que apuntaba sus piernas. Los cabellos ondulados, agrupados en tres tirabuzones, descansaban sobre sus hombros sin más preocupación que la de mantenerse ordenados, a excepción de un mechón que escapó para cubrir ligeramente su tez mientras el sol la iluminaba.

<<Nunca dejaré este lugar>>, pensó ella. ¿Existirá algún sitio tan bello como este?

—¡Ana María, baja, el agua está deliciosa!

Ensimismada en sus pensamientos, la voz de Salvador la hizo regresar a su pequeña bahía. Se puso de puntillas, y apoyándose en el muro de la ventana alcanzó a ver a su hermano llamándola desde el improvisado embarcadero familiar. Era una de esas tardes de principios de septiembre que invitaban al baño, apenas había viento, tan solo una ligera brisa que seguramente agradecían los dueños de las pequeñas barcas de vela que salpicaban la ensenada al abrigo del mar abierto.

—¡Me cambio y bajo! —gritó.

Se sentó sobre la cama para desabrocharse las bailarinas crema dejando sus pies descalzos. Cambió el vestido blanco por un bañador turquesa, tomó el sombrero de paja que pendía de la pared por una cinta roja y corrió escaleras abajo mientras sujetaba su corta melena castaña en una pequeña trenza. Atravesó la puerta del jardín y recorrió unos metros la baja tapia de piedra encalada sobre el que pendían las coloridas buganvillas, hasta el extremo del pequeño muelle. Ana María se sentó sobre su muro de pizarra dejando colgar las piernas mientras sus pies jugaban divertidos con la superficie del agua. Su hermano andaba unos metros más allá buscando pequeños caparazones de erizos entre las rocas sumergidas junto a un grupo de niños; tan solo veía sus cabezas salir a intervalos cortos mientras hundían de nuevo sus cuerpos en busca de aquellos pequeños tesoros.

Aquella bahía la llenaba de vida, el sol, la leve brisa, los colores del agua, la arena de la playa, el olor a sal, la calma del mar, su silencio. Se introdujo poco a poco en el agua, el lecho estaba lleno de piedras redondeadas algo resbaladizas, la planta de sus pies notó la suavidad de las algas que las cubrían mientras avanzaba hacia el interior sorteándolas. El agua fue cubriendo sus pantorrillas, luego el resto de sus piernas, sintió un leve escalofrío por el cambio de temperatura cuando le llegó a la altura del ombligo, y finalmente acabó por envolverla por entero. Nadó, suave y rítmicamente, alejándose del embarcadero poco a poco, atendiendo solo al ondulante vaivén de las pequeñas olas que procedían de mar abierto, y a su respiración. Ella y su mar, como cada tarde.

—Todavía hoy no sé cómo pudo suceder. Te recuerdo nadando, como tantas otras veces. El sonido de la motora me alertó. Miré en dirección a ti, no te vi. La última vez que contemplé tu sonrisa fue asomada a esta ventana azul, desde entonces la casa guarda silencio.

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