Muñeca rota

Muñeca rota—¿Qué les vas a pedir a los Reyes?

—Una muñeca.

—No, cariño, mejor un coche. Los chicos no juegan con muñecas…

Le encontraron tumbado en el recibidor de la casa, bajo un enorme charco de sangre, mirando al techo con la mirada perdida, sosteniendo en una de sus manos una de esas muñecas de cuerpo blando y cabeza, manos y pies de porcelana. Le habían atravesado el vientre a cuchilladas. La policía me encontró en la habitación contigua, sentado en el suelo, con la cara tiznada de rímel negro y sangre en mis manos y camiseta; me preguntaron sobre las horas anteriores pero yo apenas recordaba nada, la última imagen que tenía era la de ambos sentados sobre la cama del dormitorio, yo quitándome el maquillaje de los párpados con un algodón húmedo como hacía cada noche antes de acostarnos, y él fumando un cigarrillo. Recuerdo que sonó el timbre de la puerta y que hice ademán de levantarme pero Víctor se me adelantó. Cuando me hicieron ver su cuerpo me puse como loco y me abalancé sobre él arrebatándole la muñeca de su mano, normalmente no consentía que nadie las tocara, tenía más de cien y llevaba coleccionándolas desde pequeño. Aquella era una de mis preferidas y ahora yacía con la cabeza rota junto al cuerpo ensangrentado de Víctor.

—Dice que alguien llamó a la puerta ¿de quién se trataba?

—No lo sé.

El inspector me acompañó de nuevo al dormitorio. Se trataba de una estancia enorme, la más grande de la casa, rodeada de amplios ventanales que proporcionaban mucha luminosidad. Poco a poco fui tranquilizándome. Toda la habitación, a excepción de una alfombra azul celeste, era de color blanco, las paredes, el techo, los visillos, los muebles e incluso la ropa de la cama.

—Pablo…

—Si no le importa, Paula…

—Como prefiera, Paula, ¿Víctor vivía con usted en esta casa?

—Sí, desde hacía casi tres años. Si abre aquél armario verá todas sus cosas, perfectamente ordenadas, él era así, un maniático del orden.

—Algún vecino ha dicho que de vez en cuando se les oía gritar, ¿discutían con frecuencia?

—¿Nosotros?

Era la tercera nota que recogía del buzón en la misma semana, siempre en un sobre color crema y siempre a su nombre —escrito con una caligrafía casi perfecta—, sin matasello alguno. En todas ellas aparecía una dirección y una fecha y hora concretas. En esta ocasión pudo leer “calle Mayor, 84, 2 de marzo a las dos y media”. Una cita sin firma alguna, a la que sin saber muy bien por qué decidió acudir. Se trataba del restaurante “Casa Ciriaco”, una vez allí dudó unos segundos si entrar o darse la vuelta, apoyó sus manos sobre el cristal de la puerta roja asomándose al interior pero en ese momento un camarero le invitó amablemente a entrar.

—Buenas tardes, ¿tiene reserva?

—Pues… la verdad es que no lo sé.

—¿Su nombre?

—Víctor, Víctor Campos.

—Déjeme ver… efectivamente, tiene una mesa reservada a las dos y media, sígame, por favor.

El camarero le condujo a uno de los salones, dejando atrás la barra del bar y un par de mesas de mármol blanco junto a la entrada. Le acompañó hasta una de las del fondo, preparada con dos servicios. El salón estaba lleno, era martes y hora punta, con lo que pensó que muchas de las personas que estaban comiendo debían trabajar cerca. Había oído hablar de aquel lugar pero en los años que llevaba viviendo en Madrid nunca había estado allí. Por un instante se olvidó del motivo de su cita y se entretuvo mirando la colección de fotografías de personajes famosos que pendía de sus paredes, la mayoría en blanco y negro, alternándose con otras más modernas en color, casi todas con dedicatorias y firmas escritas a mano, alguna caricatura también. Actores, escritores, pintores, políticos,… para cada uno de ellos había un pequeño espacio reservado en una de las blancas paredes. Era un lugar de esos anclado en el tiempo, con cierta solera, de mesas cuadradas de madera cubiertas de manteles y servilletas blancos. Se fijó en los azulejos que se alzaban desde el suelo hasta media altura, debían ser los originales, de los de dibujos geométricos imposibles que ya no se suelen encontrar. Pidió una botella de vino de la casa y esperó. Pese a estar lleno de gente, no era un sitio bullicioso, se encontraba a gusto, se entretuvo en observar el ambiente mientras esperaba no sabía a qué o a quién. Sacó la pequeña libreta que siempre le acompañaba y apuntó algunas ideas que se le fueron ocurriendo y de las que seguro echaría mano en alguna ocasión para su próxima novela, ambientada en Madrid precisamente. Al cabo de media hora sin suceder nada nuevo empezó a impacientarse y optó por comer algo y marcharse. Se sentía ridículo por haberse presentado en un lugar haciendo caso de una nota anónima. Cuando acabó pidió la cuenta y el camarero se la trajo acompañada de un sobre color crema con su nombre escrito a mano.

—La persona que estaba en la mesa del fondo le ha invitado al vino.

—¿Cómo?, ¿pero quién?…

—Ya se marchó, me dijo que le entregara también este sobre.

Lo abrió y leyó la nota que había en su interior:

“Buena decisión la suya, la pepitoria de gallina es la especialidad de la casa. Por cierto, le aconsejo que deje de jugar con muñecas o lo lamentará. Aléjese de él.”

Durante unos segundos se quedó paralizado, al poco reaccionó, pagó la cuenta y salió a la calle. Necesitaba aire fresco. Caminó lentamente en dirección a los Jardines del Moro y una vez allí se sentó en uno de los bancos de piedra al sol. Lo que le acababa de suceder era más propio de sus novelas de intriga que de su vida real. Estaba confuso. El aviso de su personaje anónimo solo podía estar relacionado con Paula. Tras darle vueltas decidió que no le diría nada y trató de quitarle importancia al asunto, probablemente se trataba de un perturbado que no le molestaría más.

—Hola cariño, ¿cómo te fue la reunión?

—Eh, bien, bien…

—¿A que no sabes quién me ha llamado esta tarde?

—No.

—Mi padre, ¿te lo puedes creer?

—¿Y qué quería?, ¿no tendremos que mudarnos ahora, no?

—No, tranquilo, nada tiene que ver con la casa, sólo quería que nos viésemos luego.

—¿Y?, no me digas que vas a ir…

—Pues al final le he dicho que sí, no sé, algo en el tono de su voz me dejó preocupado, ¿tú crees que estará enfermo?

—Ni lo sé ni me importa, después de cómo te trató la última vez que estuvo aquí hace casi tres años…

—Lo sé, pero sigue siendo mi padre, al final le he dicho que sí, ¿me acompañarás?

—Sabes que no, entre él y yo nunca ha habido buen ‘feeling’. ¿Dónde habéis quedado?

—En “San Ginés”, a las siete.

Aquella tarde no se afeitaría, ni se maquillaría como de costumbre. Pidió prestada a Víctor una de sus camisas blancas, sacó un par de gemelos del cajón de la cómoda y se los colocó en los puños. Abrió el armario y descolgó una prenda que guardaba en una funda de plástico. Esperaba que aun le valiese, había adelgazado bastante en los últimos meses. Se puso el pantalón y por último la chaqueta. Miró su reflejo en el cristal, le costaba reconocerse.

—¿Corbata o no?

—Pero ¿de qué vas vestido?

—¿Corbata o no?, dime.

—Sin…

La cafetería estaba llena de gente, como de costumbre, incluso se había formado una larga cola esperando turno para una mesa libre. Se asomó al interior pero no vio ninguna cara conocida. Los camareros iban de acá para allá con las bandejas de metal cargadas de tazas blancas llenas de chocolate y platos con porras o churros, la especialidad de allí. Al girarse escuchó que alguien le llamaba, era su padre, pese a haber llegado puntual él ya le estaba esperando sentado en una de las mesas de fuera, en el mismo callejón San Ginés. Al saludarle su primera reacción fue la de darle un abrazo, pero su padre se adelantó extendiéndole la mano. Ambos pidieron un chocolate, él lo acompañó con unos churros, ya ni recordaba la última vez que se daba un homenaje así.

—Me alegro de verte tan bien, Pablo ¿cómo te van las cosas?

—Bien, como siempre.

—¿Qué tal la casa?, ¿te arreglaron aquél problema de goteras que tuviste?

—Sí, la casa está perfecta, papá, tal y como nos la dejaste.

—No empieces con eso, Pablo, tengamos la fiesta en paz, la casa te la dejé para que vivieras solamente tú, no para que acogieras a “tu amigo”.

—Víctor, se llama Víctor, papá, lo sabes perfectamente.

—No me interesa cómo se llama pero, por lo que dices, le sigues teniendo de okupa en casa…

—Vive conmigo, y es mi novio ¿tan difícil te resulta llamar a las cosas por su nombre?, ¿cuándo lo vas a asumir, papá?, dime, ¿cuándo?…

Apuraron el tiempo hasta que empezó a refrescar. Hablaron de su trabajo, de política, del tiempo, de lo bien que vivían él y su madre en la casa de la playa desde que se habían jubilado,… Pablo intentaba introducir en la conversación algunos detalles personales de su vida con Víctor, o de sus planes más inmediatos con él, pero su padre tenía la habilidad suficiente para esquivarlos saltando a cualquier otro tema.

—¿Cómo está mamá?

—Bien, bueno, los médicos dicen que ahora está mucho mejor, que pronto podrán bajarle la medicación… ya sabes lo que te echa de menos, siempre serás su niño.

Pasaron las semanas y Víctor se fue olvidando del incidente del restaurante, centrándose en esbozar el argumento de su próximo libro. Estuvo unos días fuera, los inicios de sus novelas no eran fáciles para él y sentía la necesidad de aislarse del mundo hasta que lograba escribir los primeros capítulos. Paula no lo pasaba nada bien en esa especie de soledad forzada, se había acostumbrado a su presencia en la casa y sin él toda ella se le hacía enorme. A su regreso se encontró con un montón de correspondencia atrasada encima de la mesa del despacho, la mayoría eran recibos y publicidad, también un sobre color crema a su nombre, sin sello alguno, que le resultó familiar. Lo abrió, sacó las gafas del bolsillo de la chaqueta y leyó la nota escrita a mano que contenía en su interior: “Calle del Prado, 21, 3 de julio, seis y cuarto de la tarde”. Conocía bien a qué lugar correspondía aquella dirección, era socio del Ateneo desde que conoció a Paula, sus padres la afiliaron cuando comenzó la universidad y en uno de sus cumpleaños ella le regaló la inscripción, sabía de su pasión por las bibliotecas. Solía ir con frecuencia allí, era un buen lugar para concentrarse, rodeado de libros antiguos, y aprovechaba entonces para comer en el nuevo restaurante “La Alpargatería del Ateneo”, uno de esos lugares vetustos al que habían bañado de tintes modernos con mobiliario de diseño y platos italianos de lo que llamaban la nueva cocina. No tenía nada que perder, y la curiosidad era una de sus características más arraigadas, quizás derivada del oficio de escritor.

Acudió a esta nueva cita en metro, desde Sol iría callejeando hasta la calle del Prado. Cuando salió al exterior hacía mucho calor, pero esto no parecía importar a las decenas de personas que se habían citado con alguien a lo largo de la fachada principal de la Casa de Correos. Tomó la calle Alcalá y decidió atajar por Espoz y Mina, al menos le daría la sombra, lo estrecho de aquellas calles era lo que tenían, apenas daba el sol directo, ni en verano ni en invierno. Cuando llegó a la calle de Álvarez Gato giró a la izquierda, se detuvo unos instantes en el escaparate de la tienda de ultramarinos de la esquina y, aprovechando que el fondo del mismo era un espejo, se detuvo a retocarse el flequillo. Una sonrisa se dibujó en su cara cuando se sorprendió a sí mismo haciéndole muecas a su reflejo. Por un momento imaginó a Don Latino haciendo lo mismo en los espejos cóncavos y convexos de la antigua ferretería del “callejón del gato”, riendo frente a su imagen deformada mientras Max Estrella increpaba a su amigo. Continuó caminando hasta salir a la Plaza de Santa Ana. Pocos metros le quedaban ya hasta su destino, el reloj marcaba las seis en punto. Cuando llegó se paró frente a la puerta de hierro que daba a la calle, pese a las veces que había ido, le seguía gustando contemplar los arcos de hierro de la misma que daban paso a la puerta interior de cristal sobre el que descansaba la frase “Ateneo de Madrid” en bonitas letras doradas. Subió las escaleras de mármol de la entrada, mostró su carnet de socio y atravesó la sala que conducía a la biblioteca. Una vez allí se sentó a esperar en uno de los puestos de la sala de lectura principal, estaba algo nervioso, sus dedos no paraban de hacer dibujos imaginarios sobre el tapete verde de cuero del pupitre. No había apenas gente, tan solo un par de personas ocupando uno de los puestos dotados de ordenador con Internet. Al cabo de quince minutos decidió recorrer alguna de las estanterías hojeando los cantos de algunos libros. Cuando regresó a su puesto se encontró con una nueva nota: “Pensé que sería más inteligente, no creí que volvería a su lado. Se lo advertí, lo va a pagar caro. Siempre será mi niño.”. En esta ocasión se asustó de verdad, aquello había llegado ya demasiado lejos. Esta vez le contaría todo lo sucedido a Paula, tan solo ella podía ponerle fin.

Llegó a casa, ella andaba dibujando los bocetos de la colección que presentaría en la feria de nuevos diseñadores para la temporada otoño-invierno. Le encantaba verla en plena fase creativa, en ocasiones le daba por recortar patrones en papel de seda y le utilizaba de improvisado maniquí; era entonces cuando aprovechaba para recordarle que debía hacer dieta y quitarse esos kilos que había ido acumulando a fuerza de no moverse demasiado. Le hizo un pequeño resumen del asunto de las notas, le contó por encima el episodio de “Casa Ciriaco” y le mostró el conjunto de mensajes que había ido recopilando en los últimos meses; finalmente le enseñó el papel del Ateneo y le reveló sus sospechas.

—Tienes que acabar con esto, Paula, o acabará con nuestra relación. Esta vez las cosas han ido demasiado lejos ¿no crees?

—Pero no tienes la certeza de que haya sido él.

—Dime tú quién si no.

—No sé, un loco de los muchos que hay por ahí. Quizás un lector tuyo celoso, no lo sé.

—Paula, abre los ojos, sabes que se trata de él.

La discusión duró un largo rato. Finalmente optaron por no volver a mencionar el tema. Ella trataría de averiguar si las sospechas de Víctor eran ciertas. Prepararon la cena y después de acabar de ver una película que habían empezado el día anterior decidieron irse a dormir. Paula se sentó en la cama y sosteniendo un espejo de mano entre las rodillas, empezó a desmaquillarse utilizando unos algodones húmedos. Víctor se recostó a su lado a fumar un cigarrillo como cada noche. A ella no le gustaba esa manía suya pero no había conseguido quitársela del todo. Sonó el timbre de la puerta. Ambos se extrañaron, eran ya casi las doce de la noche. Víctor se levantó de la cama y fue dando las últimas caladas hasta el recibidor. Miró por la mirilla y se extrañó de aquella visita. La abrió la puerta. Hacía unos tres años que no la había vuelto a ver. Estaba más joven que nunca.

—¿Y mi niño?

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Un comentario en “Muñeca rota

  1. dibujosyletras dijo:

    Me encanta, mantiene la intriga hasta el final, el modo entrecortado de avanzar , el juego de eles y zetas de los azulejos que hacen que se eleven solos y Paula, ¿un personaje de larga trayectoria? no sé por qué pero no he podido evitar acordarme de la cantante de copla en Barcelona. Tenía mono de otro de tus relatos.

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