De nido de abeja

De nido de abeja—En realidad nunca soporté heredar tu ropa, Irene, recuerdo aquellos vestidos llenos de volantes, como el azul ¿te acuerdas de aquel vestido azul cielo de nido de abeja?,… lo odiaba, cada vez que me lo hacían poner, los niños del parque se reían de mí llamándome “princesita” y me apartaban a un lado diciendo que no podía jugar con ellos por si me manchaba. Y tus zapatos, tus horribles merceditas que, con eso de que eras tan buena que apenas desgastabas la ropa, me llegaban de herencia totalmente impolutas y con la suela y tacón en perfectas condiciones… ¡el daño que me hacían siempre sus dichosas trabillas!, papá y mamá no parecían darse cuenta de que mis pies nada tenían que ver con los tuyos y que los que a mí realmente me gustaba llevar eran los deportivos blancos que la abuela me regaló. Irene ¿escuchas lo que te estoy diciendo?

—Sí.

Irene se limita a mover con rapidez sus pulgares sobre la pantalla táctil de su teléfono, alza la vista sobre la montura de sus gafas y hace un gesto al camarero con la mano.

—Clara, ¿quieres algo más?

—No.

—Un cappuccino largo de café sin canela, por favor. ¡Ah!, y un vaso de agua con hielo, si es tan amable.

—Podías dejar el dichoso móvil para otro momento ¿no?, te estoy hablando.

—Dame un minuto, es urgente… Sí, ya sé que no te gustaba mi ropa. Sigue.

Mañana es el gran día para Irene, a primera hora de la mañana se producirá la apertura de plicas con las ofertas para el concurso de suministros de bombas de insulina de uno de los principales hospitales de la ciudad. Lleva meses preparándola, sus pensamientos en este instante saltan de imagen en imagen, las reuniones iniciales, las cenas con los médicos del hospital, los estudios de mercado de la competencia, las llamadas telefónicas a las personas clave,… está convencida de que ha dejado todos los cabos atados y que en esta ocasión la adjudicación del contrato no se le puede escapar como hace cuatro años. Su oferta es la mejor técnicamente, aunque le preocupa que económicamente sea algo más elevada.

—Eras la preferida, si lo sé… tanto que se empeñaron en convertirme en una copia casi exacta a ti cuando tenías mi edad, sobre todo papá. Siempre me decía, <<anda, ve con mamá y dile que te haga esas trenzas tan graciosas como le hacía a Irene, ella ya es una señorita y no se deja>>. ¿Recuerdas el día en que aparecí en el comedor con el pelo cortado a trasquilones y las dichosas trenzas en la mano?, creí que les daba algo ¿te acuerdas?

—Sí.

—Si cierro los ojos todavía puedo escuchar el manotazo de papá en mi cara aquél día, pero no me importó, me salí con la mía, nunca más se le ocurrió decir que me peinara de esa estúpida forma.

—Y el pulso con él te ha durado hasta hoy, porque no te he vuelto a ver con el pelo largo, ni melenita siquiera. Oye, perdóname un momento… “¿Sí?, ah, eres tú, dime ¿se sabe algo de los de Novalab?, ¿se han presentado finalmente?,… bueno, esperemos que la información que nos pasó el Dr. Crespo sea fiable, yo creo que no tienen nada que hacer… ¿del resto? No, del resto ni me preocupo… sí, trataré de descansar para llegar mañana fresca a la apertura de las ofertas. Venga, nos vemos allí. Adiós, adiós.”

—Tú nunca escuchas ¿verdad?

—No te enfades, mujer, tengo un lío horrible en la oficina, no sabes lo que me juego mañana… la mitad de mi facturación del año.

—Sabía que iba a ser una tontería quedar contigo, lo sabía. No te interesa nada de lo que te estoy contando ¿verdad?, no te ha importado nunca lo que me pasaba, ni cuando éramos niñas. Tú siempre ibas por delante, creciendo, recibiendo todas las atenciones de primera mano, y yo siempre como al rebufo, tres años detrás de ti.

—No me echarás ahora la culpa de que seas más pequeña que yo, eso debías decírselo a ellos ¿no?

Mira el reloj, se le está haciendo algo tarde, debería estar ya en casa repasando la documentación de mañana. Empieza a recoger los objetos que durante ese rato ha ido desplegando encima de la mesa, el paquete de tabaco, el mechero, el móvil, las llaves del coche… guarda todo en el bolso y pide la cuenta.

—No, culpa tuya no es, pero los pequeños esperan de sus hermanos mayores que estén ahí, que sean sus protectores, que los cuiden… ¿dónde estabas tú cada vez que papá me llamaba a su despacho?, dime, ¿dónde estabas tú cuando se empeñaba en que me pusiera aquél dichoso vestido tuyo azul cielo de tirantes con el cuerpo de nido de abeja?, dime, ¿dónde estabas tú cuando papá me lo desabrochaba lentamente y me colocaba sobre el sillón de brazos?, dime, ¿dónde estabas tú cuando para evadirme de aquello me limitaba a contar en silencio las flores bordadas en verde de su tapicería hasta que acababa?, dime…

A Irene se le resbaló la taza de café que sostenían sus dedos.

—Azules, las flores de la tapicería eran azules, Clara, no verdes.

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Un comentario en “De nido de abeja

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