De ojos verdes

De ojos verdes—Oye, ¿no ves absolutamente nada?
—No.
—¿Y no te apetece saber cómo soy?
—No lo necesito.
—Si quieres puedes hacer eso que hacéis los ciegos de tocarme la cara con los dedos para verme…
—Ya he visto todo lo que quería, a mi modo, solo hay una cosa en la que me tendrá que ayudar…
—Dime, cielo.
—¿De qué color tiene los ojos?
—¿De qué color quieres que los tenga, cariño?
—Dígame la verdad, es importante.
—Verdes.

Benito no sabía por qué sus pies le habían conducido hasta aquel lugar, buscaba a una mujer desde hacía tiempo y su amigo Pascual le dijo que allí la encontraría. Su primera reacción como siempre fue no creerle, sería una de tantas especulaciones a las que le tenía acostumbrado desde el día en que se tomó como un reto casi personal ayudarle a dar con el paradero de su pequeña Lorena, y de eso hacía ya casi veinte años. En ese tiempo había recorrido con él varios lugares y conocido a muchas mujeres de las que su amigo tenía casi la certeza de que eran ella. Tiró con fuerza de la pesada puerta y bajó los cuatro escalones de la entrada, avanzó unos pasos más de frente hasta dar con el reposabrazos de cuero almohadillado de la barra, lo siguió un par de metros hasta toparse con uno de esos taburetes altos.
—Disculpe, ¿está ocupado?
Nadie contestó. Se sentó.
—¿Qué va a tomar?
—Un vermú, por favor.
Imaginó la cortina de humo blanco que debía invadir todo el local, no necesitaba más que aspirar un poco para sentirla; lamentó que de allí se iría con la ropa recién puesta limpia apestando a tabaco frío. No lo soportaba.
—Aquí tiene.
—Gracias.
Sus dedos reconocieron la copa, alta, delicada, de largo pie y cuerpo en forma de pirámide invertida. Se la llevó a los labios, el borde estaba impregnado en zumo de limón, tal y como le gustaba. La volvió a dejar en la barra, sobre el posavasos húmedo de cartón. Sonaban unos boleros de fondo. Escuchó al camarero trasteando bajo la barra con, probablemente, un pesado barril de cerveza.
—Perdone.
—¿Sí?
—¿Hay alguien bailando?
—Alguna pareja hay, aunque aquí de baile más bien poco… tan solo alguno al que le da el ramalazo cariñoso con las chicas, los demás prefieren los sillones de allá…
Alguien subió el sonido de los altavoces y la música lo llenó todo, sus pies comenzaron a moverse rítmicamente apoyados sobre la barra de la banqueta, y las palmas de sus manos los acompañaron con pequeños golpes casi silenciosos sobre la madera del mostrador. Pese a estar bastante alta pudo ir aislando conversaciones alrededor de él: unas mujeres riendo a su espalda, no más de tres —creyó reconocer—, un grupo de hombres solos a su derecha, algo alejados pero hablando como si quisieran que todo el local se enterara, fanfarroneando sobre sus capacidades sexuales de una noche que probablemente en realidad fuera fruto tan solo de su imaginación, y un hombre al fondo a la izquierda, bastante bebido, encarándose con el camarero porque este se negaba a ponerle una copa más mientras no le abonara las que ya le debía. También había una mujer a su lado, en completo silencio; la identificó al escuchar el golpear de los hielos cada vez que tomaba un sorbo de su copa, y al oler su perfume, un olor suave y afrutado que le agradó desde el primer momento. Giró el cuerpo en dirección a la mujer.
—Señorita, ¿puedo invitarla a una copa?
—Por supuesto… ¡Alfred,cariño!, ponme un gin-tonic, cortito…, ¿cómo te llamas?
—Benito.
—Yo, Sophie, bueno, ese es mi nombre “artístico”. Dame dos besos, anda.
—Hace calor aquí —se quitó la gabardina y la dejó apoyada sobre la barra.
—Sí lo hace, sí, aunque yo ya poco me puedo quitar —le dijo guiñándole un ojo— o sí, eso depende de ti, cielo… oye ¿qué haces con estas horribles gafas de sol? —le preguntó mientras le despojaba de ellas.
Benito reaccionó con rapidez cogiéndoselas de sus manos.
—Si no le molesta, prefiero seguir con ellas, en realidad no puedo ver nada.
—Vaya, lo siento, ¡menuda metedura de pata la mía!, ni me había dado cuenta de su bastón.
—No se preocupe, ¿le puedo hacer una pregunta?
—Con lo que te van a clavar por la copa, hasta un par de ellas si quieres.
—¿Le gustan los boleros?
—Si a ti te gustan, a mi también, cielo.
—¿Le apetecería bailar conmigo?
—Pues claro, ¿y tú cómo sabes que me encanta bailar?, venga, vamos.
Benito le ofreció su mano mientras bajaba de la banqueta, plegó su bastón y lo dejó guardado en el bolsillo exterior de su chaqueta. Ella le condujo del brazo hasta la pequeña pista de baile central. Él dejó deslizar su pie derecho marcando un pequeño círculo en el suelo, tratando de averiguar el material del que estaba hecha, debía ser una especie de chapa metálica porque resbalaba con facilidad. La mujer se agarró a su cuello con decisión y él dejó caer la mano derecha hasta su cadera, asiendo la de ella con la izquierda. Le encantaban los boleros, de joven había sido un gran bailarín. Seguía manteniendo una altura considerable, de forma que la figura de ella casi se difuminaba envuelta por su cuerpo. Comenzaron a girar muy lentamente, dejándose envolver por la letra y melodía del bolero que sonaba.
—Oye, ¡no lo haces nada mal!
—Bueno, si de algo puedo seguir presumiendo a mi edad es de saber llevar a una mujer bailando. Usted tampoco lo hace mal, no me ha pisado ni una sola vez, todavía…
—Pero qué gracioso eres, yo pensé que lo de pisar era cosa vuestra, de los tíos…
—¿Y qué me dice de usted? ¿Quién le ha enseñado a bailar tan bien?
—No sé, mi madre siempre me dijo que de muy niña me pasaba el tiempo bailando, y que a mi padre por ejemplo le traía frito…
—¿Su padre?, debía ser un buen bailarín si usted ha aprendido a hacerlo tan bien.
—Pues si te digo la verdad no lo sé, con mi madre también bailaba, ella hacía de chico siempre, a él apenas le recuerdo, nos abandonó cuando yo tenía siete años —Sophie se quedó en silencio unos segundos—, pero basta de hablar de mi ¿y tú?, ¿de dónde te viene tanto arte?
—Siempre me gustó.
—Bailas… diferente, los que suelen venir por aquí solo piensan en restregarse con nosotras.
—El baile no se puede tomar a la ligera, tiene sus normas.
—Sí, mi madre siempre decía lo mismo, recuerdo lo que la enfadaba que me inventara los pasos.
—Bueno, el baile también es mucho corazón, si no sientes cómo la música se cuela por cada rincón de tu cuerpo, de nada sirve saberse los pasos. Y la pareja, es muy importante la compenetración con la pareja. Mira, si yo de repente te sorprendiera con algo como esto… —en ese instante toma las manos de ella para desprenderlas de su cuello y la hace girar sobre sí misma hasta un par de vueltas— yo esperaría que hicieras exactamente lo que has hecho, dejarte llevar ¿ves la complicidad que puede haber en un baile con tu pareja?
—Uy, pues después de esto creo que tú y yo nos entendemos bien, ¿has visto cómo nos miran todos? —le dijo Sophie acercándose a su oído— ¡ay, qué patosa soy!, perdona, lo olvidé otra vez.
—No se preocupe, hace un rato que me he dado cuenta de que ya nadie nos acompañaba en la pista, ver no veré pero tengo buen oído…
Siguieron bailando pegando sus cuerpos hasta que empezaron a sonar ritmos más estridentes a los que Benito no estaba acostumbrado.
—Si le parece… estoy un poco cansado ya.
—Si te digo la verdad, a mi tampoco me gusta esto, no te creas… vamos a sentarnos, esta vez te invito yo ¿qué te apetece?, ¿repites?
—Sí, lo mismo estará bien.
—Ni te muevas, cariño, vuelvo en un momento.
Sophie se levanta y se dirige a la barra a pedir las bebidas. Él la espera en el sofá de dos plazas en el que se han acomodado, recorre con la yema de sus dedos el tejido que lo recubre, una especie de ante bastante desgastado ya en sus brazos. Se afloja un poco el nudo de la corbata, sigue sintiendo que en ese lugar hace demasiado calor. Escucha el taconeo de Sophie acercándose, ella vuelve a sentarse a su lado, en esta ocasión mucho más próxima a él, de hecho siente la presión de sus muslos contra él, inmediatamente Benito hace el gesto de separarse de ella unos centímetros.
—Está bien, si prefieres que hablemos…
—No se lo tome a mal, señorita, estoy convencido de que usted es una mujer muy bonita, pero no he venido a buscar ese tipo de compañía.
—Bueno, dime entonces ¿siempre has sido ciego?
—No, desde hace unos quince años, tuve un accidente de tráfico, a punto estuve de morir…
—Vaya, lo siento. ¿Tienes esposa?
—La tuve.
—¿Hijos?
—Una hija.
—¿Murieron en el accidente?
—No exactamente…, preferiría no hablar de mi… Dígame, señorita Sophie, ¿qué la trajo a un lugar como este?
—…
—Perdóneme, creo que en esta ocasión he sido yo quien la ha incomodado…
—No te preocupes, solo es que… no suelo hablar de mi vida con los clientes…
—Lo entiendo, olvide mi falta de tacto, por favor.
—Mira, no he sido una de esas personas con suerte. La vida me ha llevado de aquí para allá. Como te dije crecí sin padre, y a mi madre se la llevó el cáncer antes de que yo cumpliera los dieciocho, y desde entonces llevo dando tumbos. Supongo que las malas compañías, ya sabes…
Benito se echa la mano al estómago, ha sentido una especie de dolor repentino, como un espasmo.
—¿Te ocurre algo?
—No, no es nada. Lo lamento, debía estar muy unida a ella.
—Sí, y si quieres que te diga la verdad, hasta que la perdí no me di cuenta de que ella lo era todo para mi.
—No ha debido serle fácil, no.
—Bueno, todo el mundo tiene problemas ¿no? No te creas que yo siempre he sido así, empecé a estudiar una carrera, aunque lo dejé porque… —Sophie parece arrepentirse de lo que iba a decir y cambia de tema— ¿Y tú?, ¿qué te ha traído a ti a este antro?
—Buscaba a alguien.
—Ya, y supongo que no lo has encontrado, ¿no? porque si no no llevarías toda la noche gastando el tiempo conmigo… ¿a quién buscas?, dime ¿cómo se llama?, llevo tiempo en esto y me conozco a todas las chicas, hasta a las que ya no andan por aquí. Igual hasta te puedo ayudar, me has caído bien, fíjate.
Benito tantea con los dedos la superficie de la mesita que tienen frente al sofá en que están sentados y deja la copa sobre el posavasos, después alcanza a rozar el brazo de ella con sus manos y lo recorre hasta alcanzar la palma de su mano, a la que se agarra con fuerza.
—Dígame, Sophie, antes me dijo que este era su nombre artístico ¿cómo se llama en realidad?
—Yolanda, me llamo Yolanda ¿pero qué importancia tiene eso?
—…
Benito se levanta con dificultad del sofá, demasiado bajo para él ya, saca el bastón plegado del bolsillo de la chaqueta y lo monta en un par de sacudidas, camina sorteando mesitas y taburetes hasta la entrada y sube los peldaños que conducen a la calle. Escucha voces que le llaman, es Sophie corriendo apresuradamente hacia él.
—Cariño, te dejabas tu gabardina.
—Gracias —recoge la prenda de sus manos y le da un beso en el dorso de una de ellas—, señorita, ha sido un placer bailar con usted esta noche.

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