Dragones y caballos de papel

Dragones de papel—Conozco esa mirada tuya, Víctor, le tienes miedo…
—Te equivocas.
—Después de casi cuarenta años, ¿cómo puedes seguir teniéndole miedo?
—Déjalo ya, Julia, por favor. No sé por qué te has empeñado en acompañarme…
Saqué un cigarrillo del bolsillo exterior de la chaqueta y le pedí que me lo encendiera, sabía lo que le molestaba que fumara en el coche pero en esos momentos era lo único que me calmaría algo los nervios. Bajé un poco la ventanilla y pisé el acelerador, quería llegar cuanto antes. Sería una visita rápida, lo justo para arreglar el asunto por el que habían contactado conmigo, su único pariente vivo.

—Después de haberme hecho venir hasta aquí, espero que no se trate de un error.
—Me atrevería a decirle que no, señor Garrido, de cualquier forma aquí tiene la documentación con la que ingresó Miguel hace ya siete años —me dijo el director de la residencia mientras me entregaba una carpeta con algunos papeles que revisé por encima— ¿y bien?, ¿se trata entonces de su hermano?
—Bueno, eso dice aquí ¿no?, Miguel Garrido, nacido en Broto, Huesca, el quince de septiembre de 1945 —respondí mientras sostenía entre mis manos una desgastada fotocopia de su DNI metida en una funda de plástico; me costó reconocer como suyo un rostro envejecido en blanco y negro—, sí, se trata de mi hermano —añadí mientras le devolvía los papeles.
—Bien, señor Garrido, como le adelanté por teléfono, el fondo que ingresó su hermano a cuenta cuando vino se ha agotado, y usted entenderá que… seré claro, no podemos seguir haciéndonos cargo de su manutención, de hecho ya hemos adelantado dos meses.
—No siga por ahí, por favor, yo también le dije en nuestra conversación que no podía responsabilizarme de él. Es mi hermano, sí, pero llevo casi cuarenta años sin saber de él y ahora… imposible, busquen otra solución, no sé, los servicios sociales, alguna ayuda del ayuntamiento… si quiere que le diga la verdad, me da exactamente igual lo que hagan con él.
—Pero ¡cómo puedes decir eso, Víctor! —me reprochó Julia mientras me propinaba un golpe con el codo.
—Julia, por favor… no te metas en esto.
—Está bien, si esa es su última decisión al respecto…
—Lo es.
—De cualquier forma, si los servicios sociales no se hicieran cargo de su hermano, no dude que volverá a recibir noticias mías, y tendrá que venir a por él.
—De acuerdo.
—¿Desea verle?
—Preferiría no tener que hacerlo.
—¿No tiene curiosidad por saber cómo son las instalaciones, o cómo se encuentra él?
—Sí, nos acercaremos a verle —se adelantó Julia a mi nueva negativa—, ¿dónde le encontraremos? —preguntó mientras agarraba mi mano y tiraba de mi hacia la puerta.
—Salgan por la puerta corredera que dejaron a su derecha al entrar, da paso a los jardines, a estas horas Miguel suele estar por allí. No se arrepentirán.
Abandonamos aquel despacho sin despedirnos siquiera. Estaba furioso. Me separé de Julia. Atravesé el vestíbulo y antes de salir al exterior me volví hacia ella.
—¿Se puede saber qué pretendes? —le increpé— ¿quién eres tú para decidir por mí? No sabes nada de lo que sucedió entre mi hermano y yo, ¿entiendes?, ¡nada!, ¡nada en absoluto!
Ella se sentó en uno de esos sillones de diseño destinados a las visitas. Me miraba con cara de extrañeza, como si no reconociera a la persona que tenía delante, pero en ningún momento perdió los papeles como estaba haciendo yo, ella mantuvo la calma, siempre la mantenía cuando discutíamos.
—¿Se puede saber qué coño te pasa?, ya sabía que no era una buena idea que me acompañaras. Joder, joder… maldita la gana que tengo de salir ahí afuera a verle.
—Cariño, ven, siéntate aquí un momento —me dijo en un tono muy tranquilo, señalándome con la mano el sillón junto al suyo—. Cuéntamelo —el tono de su voz fue tranquilizándome poco a poco, decidí hacerle caso, me acomodé a su lado. Saqué un pitillo, pero ella me lo quitó de los dedos—. Aquí no se puede…
—Éramos inseparables ¿sabes?, de críos hacíamos todo juntos, solo nos llevábamos dos años, pero él siempre estaba pendiente de mi, era el mayor… nos pasábamos el día por ahí, en el pueblo, pescando en el río, persiguiendo a las vacas del tío Anselmo, o robándole los huevos de sus gallinas. Él me enseñó a nadar en las pozas, y a coger la miel de las colmenas sin que las abejas nos picaran, con él subí por primera vez al Tendeñera con dieciseis años, éramos inseparables, joder… inseparables.
—¿Y qué sucedió?, ¿por qué habéis dejado pasar todo este tiempo sin veros, sin llamaros siquiera?, en realidad nunca me lo has contado, jamás hablas de él.
—Un verano apareció una chica en el pueblo, eran las fiestas, fue la primera ¿sabes?, me quedé pilladísimo, tenía dieciseis años, dos menos que yo. Estuvimos un tiempo saliendo, ella era de la capital, pero los fines de semana venía al pueblo porque sus padres habían alquilado una casa. Miguel siempre tuvo celos de nosotros, no soportaba vernos juntos, nunca quiso venirse con nosotros, llegaba el fin de semana y él desaparecía por ahí, se perdía en el monte y apenas le veíamos, hasta que ella marchaba el domingo por la tarde, entonces él regresaba y todo volvía a ser como siempre.
—Bueno, es normal, si él no tenía novia… supongo que dejásteis de hacer muchas cosas juntos por ella.
—Sí, pero eso no le daba derecho a… joder, todavía recuerdo su cara cuando la encontré en la explanada del campo de fútbol, llorando, con la blusa blanca embarrada y medio desabrochada. Después de aquello no volví a verla jamás, no regresó al pueblo.
—¿Me estás diciendo que tu hermano…?
—Sí,… me puse como loco, corrí a buscarle, casi le mato cuando di con él; si no llega a ser porque nos separó mi padre, no sé qué habría pasado aquella noche. Se marchó al dia siguiente y nunca más volvimos a saber de él. A mis padres les destrozó su ausencia, se limitó a enviarles varias cartas, una cada mes durante años. Ni cuando murieron apareció a despedirse.
—Pero Víctor, aquello sucedió hace mucho tiempo, ¿no crees que es hora de hacer borrón y cuenta nueva?
—Verás, en todos estos años… solo he sentido desprecio hacia él, por lo que le hizo a aquella chica… y por su decisión de desaparecer sin más. Me dejó solo ¿entiendes?, rompió todo lo bueno que teníamos… no sabes cuánto le he odiado, y cuánto le he echado de menos al mismo tiempo… no tienes idea… Y ahora él está aquí. Creo que no quiero verle, Julia, no quiero tener que enfrentarme a él; tenías razón en lo que dijiste en el coche, sí, quizás le tenga miedo después de todo.
—Está bien, cariño —me dijo Julia mientras me acariciaba la mejilla con su mano—, vámonos entonces.
Nos levantamos y dirigimos nuestros pasos hacia la salida, al pasar por la puerta que comunicaba con los jardines nos llamó la atención un grupo de personas que se aglomeraban en torno a algo.
—¿Qué habrá pasado ahí?
—No lo sé, no es asunto nuestro, Julia, vámonos.
—Espera, será solo un segundo.
Cuando me quise dar cuenta ambos estábamos en el jardín, formando parte de ese grupo de gente que miraba con atención a un hombre que, sentado sobre un banco de hierro en el centro de todos ellos, plegaba coloridas cuartillas de papel dándolas todo tipo de formas.
—Veo que por fin le han encontrado —escuché a mis espaldas— me alegro. ¿Saben? Miguel se ha convertido en una estrella por aquí. Cada tarde viene al jardín, saca su portafolios de hojas de colores y empieza a hacer sus figuras. Tiene un público de lo más fiel, el que más o el que menos ya se ha llevado a su habitación unas cuantas figuritas de esas.
Allí estaba mi hermano, concentrado en cada pequeño pliegue que realizaba con sus dedos, midiendo cuidadosamente cada fragmento de papel, y sonriendo al entregar la figurita final a la persona que le había hecho una u otra petición. Y allí también estaba yo, después de cuarenta años, abriéndome paso entre las personas, colocándome sin apenas darme cuenta cada vez más cerca de él. Le miré fijamente. Me devolvió la mirada.
—¿Y usted?, ¿qué figura desea, amigo?, ¿una rana?, ¿una estrella?, ¿un pavo real?, no, déjeme ver, ¿quizás un dragón?, sí, creo que un dragón le vendría bien, tiene aspecto de caballero ¿qué color prefiere?
—Rojo —es lo único que fui capaz de decir.
—Mire atentamente entonces, en unos minutos verá cómo esta pequeña hoja de papel cobra vida con su dragón…
Ante la mirada de todos cerró los ojos unos instantes como tratando de dibujar mentalmente el procedimiento completo, después sus dedos comenzaron a plegar con habilidad el papel una y otra vez hasta en lugares donde parecía imposible poder hacerse. Poco a poco fue dando forma a la pequeña cabeza, a la que decoró con una especie de espinas y una enorme boca picuda, después el cuerpo, prolongado en una larguísima cola segmentada.
—¿Qué le parece su dragón?, ¿le va gustando? —me dijo mostrándomelo muy de cerca, de hecho casi podría haberlo tocado—, sí, ya sé que le falta lo más importante para ser auténticamente un dragón, no se apure, en un par de minutos le ponemos unas enormes alas con las que podrá surcar los cielos o sortear las almenas de su castillo.
Cogió entonces otra cuartilla de papel rojo y empezó a confeccionar las alas; con diversos pliegues en abanico les dio la forma, rematándolas en una especie de terribles uñas. Pronto las enganchó al resto del cuerpo. Finalmente nos lo mostró a todos, la gente entusiasmada comenzó a aplaudirle, incluso yo.
—Su dragón, espero que pronto le haga vivir auténticas historias de caballeros y princesas —me dijo dejándolo posar suavemente sobre la palma de mis manos.
—Gracias, Miguel —le dije mirándole fijamente a los ojos. Él apenas se inmutó, se limitó a sonreirme y volvió a lo suyo.
—¿Quién es el próximo?, ¿otra vez tú?, mujer, mírate las manos ¿cuántos cisnes llevas hoy ya para los nietos?… no me pongas esa cara, está bien, pero el último ¿eh?
—No crea que es por usted, en realidad no reconoce a nadie —me dijo el director al ver la expresión de mi cara—. Su hermano padece Alzheimer desde hace un par de años, al principio tenía pequeñas ventanas de lucidez pero cada vez son menos frecuentes, para él cada día es como si empezara de cero, ha de volver a aprenderse el nombre de las enfermeras, los médicos o los compañeros con los que lleva compartiendo tantos años. Vive feliz inmerso en su mundo de papel. Y hace feliz al resto, es un excelente compañero para todos, siempre sonriendo y regalando figuras que lleva escondidas en cualquier pequeño bolsillo de su ropa.
Dejé entonces unos segundos la figura sobre el banco en que él estaba sentado y eché mano de mi cartera, en ella, guardado entre todas las tarjetas y varios resguardos de compra, saqué un pequeño caballo blanco de papel, algo amarillento ya por el paso del tiempo. Se lo acerqué dejándolo sobre sus rodillas. De repente sus ojos parecieron iluminarse, rápidamente apartó a un lado el cisne que estaba haciendo.
—¡Qué magnífica figura! —me dijo mientras la recogía con delicadeza— hace mucho que no hago uno así, ¿me lo presta para verlo con detenimiento?, creo que he olvidado alguno de sus pliegues.
—Considérelo un regalo.
—¿En serio?, mil gracias, amigo mío, por cierto ¿cuál es su nombre?
—Víctor, me llamo Víctor Garrido —me acerqué a estrecharle la mano pero él se levantó y me dio un enorme abrazo.
—Pues Víctor, vaya pensándose qué figura deseará que le haga la próxima vez que venga… le debo una.
—No se lo voy a poner fácil, Miguel, esta vez no se lo voy a poner nada fácil.

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