Un café para dos

Un café para dosHe salido de casa dejando a Mauro pensando si finalmente se suicida o no. Lleva toda la semana posponiendo la decisión. Su fuerte nunca ha sido la determinación; incluso ahora, mientras se prepara una taza de café, duda si endulzárselo, aunque en realidad siempre le ha gustado amargo. Aspira su aroma mientras observa, apoyado en el alféizar de su ventana, cómo despierta el barrio. Lo hace todos los domingos, lo mismo que bajar al quiosco de prensa de siempre, comprar el periódico de siempre, desayunar en la cafetería de siempre o decir un “buenos días” a los de siempre. Así le dejo, sumido en sus pensamientos. Necesito tomar el aire, despejar un poco mi cabeza, en las últimas semanas solo he pensado en Mauro, como, duermo, amanezco, sueño, con Mauro. Pocas veces me he volcado tanto con nadie, en ocasiones pienso si no sería mejor dejarle una temporada y volver con él pasado el tiempo, pero en realidad no puedo. Definitivamente me marcho fuera un rato, acabo de anudarme los zapatos, cojo la americana del galán, y reviso que las luces de cada habitación están apagadas antes de cerrar la casa con un ligero portazo.

Una cafetería vetusta. Asientos de fieltro rojo bañados por la luz amarillenta de viejas lámparas adornadas de cientos de cristalitos colgantes. Una mesa de mármol, la mía, junto a la ventana que da a la calle. Saco del bolsillo interior de mi chaqueta la libreta de páginas rayadas de siempre, y un bolígrafo de tinta verde, manías. Alzo mi mano a la vez que mi mirada busca la del camarero.

—Un café, por favor, largo de café y en vaso, si fuera posible con dos azucarillos. Gracias.

Si Mauro fuera de otra manera de ser,… si viera en él una mínima posibilidad de cambio… estaría incluso dispuesto a darle otra oportunidad, pero cada vez estoy más convencido de que todo este tiempo en el que le he acompañado solo ha servido para hacerle más débil aun, y esa no era mi intención, todo lo contrario, me hubiera gustado que fuera una de esas personas que todo lo superan.

Coloco uno de los terrones de azúcar sobre la cucharilla y la sumerjo poco a poco en el café, me gusta ver cómo va cubriéndose su color blanco mientras el marrón asciende lentamente, hasta deshacerse por completo. Hago lo mismo con el segundo. En pocos sitios ponen ya azucarillos rectangulares con este fino papel pegado tan difícil de quitar. Le doy un par de vueltas con la cuchara y me llevo un poco a la boca. Está deliciosamente dulce. Oigo el sonido de la campanilla que cuelga de la puerta de entrada. Una mujer rubia envuelta en un abrigo azul celeste irrumpe en el local sacudiéndose las gotas de agua de sus hombros. Parece que fuera ha empezado a llover. Olvidé el paraguas en casa. Ella se acerca a la barra.

—Félix, cuando puedas, un descafeinado de máquina con leche, por favor.

Ocupa la mesita frente a la mía. “Buenos días”, me dice con la mirada. “Buenos días”, le respondo en silencio. Deja el abrigo colgado sobre el respaldo de una de las sillas junto a un pañuelo blanco que se desanuda del cuello. En seguida el camarero le sirve lo que ha pedido. Ella sostiene la taza con sus dos manos mientras sopla levemente en su interior, su manicura es perfecta, se la lleva a los labios y después la devuelve al platillo blanco, apartándolo después a un lado. Saca del bolso unas pequeñísimas gafas negras y un libro de tapas forradas en papel de regalo de vistosos colores. Comienza a leer.

Apuro mi café, abro la libreta y repaso mis últimas anotaciones. Mauro ha ido cayendo en picado desde que Ana le abandonó, y de eso hace ya casi seis meses. Y no será porque no le he dado opciones para que lo superara. Recuerdo a Silvia, a María, o a Irene, mujeres con las que le he puesto en contacto de una forma más o menos casual. No ha resultado. Tampoco mis intentos para que, con una u otra excusa, saliera de casa a distraerse. Últimamente ni me escucha, se pasa el día encerrado, rodeado de todos los recuerdos de Ana, sus fotos, su colección de orquídeas, la ropa de verano que no llegó a llevarse; le ha dado por releer sus libros, con esas anotaciones que siempre hacía ella en los márgenes, o por escuchar una y otra vez su música de una forma casi enfermiza… y por supuesto por lamentarse, a todas horas; él es el hombre más desgraciado de la ciudad. Le conozco bien, antes nunca lo fue pero se ha convertido en un ser triste, y yo…, yo no puedo con la tristeza.

La mujer frente a mi apura su café y continúa leyendo, se levanta la manga del vestido para ver su reloj, lo ha hecho varias veces en la última media hora. Alguien abre la puerta, he notado una leve corriente de aire, es una mujer delgada, vestida de negro de la cabeza a los pies. Lanza una mirada sobre las mesas, saluda con la mano a la mujer del libro y camina hasta su mesa. Se sienta frente a ella y la besa en la mejilla. Ambas se miran fijamente y sonríen.

—Dime ¿qué te apetece?

—Lo de siempre.

—¿Nos pones otros dos, por favor?, uno de ellos con una nube de leche fría.

Ellas empiezan a charlar, yo trato de aislarme de su conversación y retomo mis notas. ¿Y si empujara a Mauro a hacer un viaje?, ¿uno de esos viajes sorprendentes que a la gente les hace dar un giro a sus vidas?, lo difícil iba a ser convencerle para hacer maletas y sobre todo para salir de casa, pero algo se me ocurriría, de cosas aparentemente más complejas he salido otras veces después de darle unas cuantas vueltas, es cuestión de plantear posibilidades y tomar decisiones.

Vuelvo a mirarlas, no sé porqué pero no puedo dejar de hacerlo. La mujer de negro toma la cucharilla y retira un poco de la espuma de leche de su café, acercándosela a los labios de la otra mujer. Repite el gesto con ternura un par de veces más, hasta quitarla por completo. No dejan de mirarse, sus pies se rozan levemente bajo la mesa. La mujer de negro coloca su mano sobre la de la mujer rubia, ambas entrelazan sus dedos.

Entra un hombre apresuradamente en la cafetería, recorre con sus ojos el salón y se dirige directamente donde están ellas. Se sitúa frente a su mesa. Ambas separan sus manos de repente. El hombre permanece de pie hablándolas bastante alto.

—¿Me puedes decir qué hace “esta” aquí?

—No creo que sea de tu incumbencia —dice la mujer rubia en un tono de voz mucho más bajo, apenas he sido capaz de escucharla— toma, coge las llaves y márchate —añade tirando sobre la mesa un llavero—. No quiero volver a verte, Víctor.

La mujer de negro vuelve a tomar la mano de la otra mujer entre las suyas y lanza una mirada de desprecio al hombre. Este recoge las llaves.

—Pedazo de… —les dice.

—Ni se te ocurra… —le responde la mujer rubia—. Adiós, Víctor.

El hombre se da media vuelta y abandona el local con las mismas prisas con las que había entrado minutos antes. Las dos mujeres se abrazan durante lo que a mí me parece una eternidad, cuando se separan llaman al camarero.

—Félix, ¿no tendrás una botellita fresquita de ese cava que tanto me gusta?

—Claro, Irene, ahora os la traigo ¿qué se celebra?

—Un viaje, Félix, celebramos un estupendo viaje…

Aprovecho la cercanía del camarero, creo que yo también necesito tomar algo.

—Por favor ¿me podría traer un moscatel?

—En seguida, caballero.

Abrí de nuevo mi libreta. Eché una mirada por la ventana de la cafetería, las aceras mojadas empezaban a resplandecer con los rayos de un sol que por fin se había decidido a salir. “Probablemente Mauro no sea capaz de disfrutar ya de este tipo de cosas, incluso dudo de que vuelva a hacerlo alguna vez”, pienso,  lo imagino en casa, anclado en esa mirada gris con la que lo mira todo, pienso. Releo las últimas líneas anotadas y prosigo:

“Mauro apura el último sorbo de café y se acerca al equipo de música. Busca entre el montón de discos apilados y elige una de las últimas adquisiciones de Ana, la de un grupo de músicos casi desconocidos que tuvo ocasión de escuchar en su último viaje a Londres, y de eso hacía tan poco… Cuando llegó la señora de la limpieza le encontró en la bañera, sumergido en una mezcla de agua, espuma y sangre. Murió como le gustaba, solo y en silencio, pese a que la música lo llenaba todo en el piso”.

Aquel domingo no pudo comprar el periódico; ni pudo desayunar en su cafetería de siempre; ni pudo decir “buenos días” a nadie. Aquel domingo yo tomé la última decisión por Mauro.

Puse final a la página escrita con una raya verde que la cruzó de lado a lado. Cogí entre mis dedos la copa de moscatel, la miré al trasluz y me la acerqué para aspirar su dulce aroma. Por un instante casi me había olvidado de ellas. Se marchaban ya. La mujer de negro sostuvo el abrigo azul entre sus manos mientras la otra introducía en él sus brazos, después la ayudó a anudarse el pañuelo blanco al cuello. Recogieron sus cosas y salieron por la puerta agarradas de la mano. Las vi alejarse calle abajo. Miré el reloj, casi las doce. Iba siendo hora de volver a casa, pero antes apuré mi copa y anoté:

“Saboreo una taza de café bien caliente. Llama mi atención el sonido de una campanilla que cuelga de la puerta de entrada. Una mujer rubia envuelta en un abrigo azul celeste irrumpe en el local sacudiéndose las gotas de agua de sus hombros. Parece que fuera ha empezado a llover”…

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4 comentarios en “Un café para dos

  1. Sergio Mesa dijo:

    efectivamente la primera frase es un acierto total. me gusta muchísimo el juego metaliterario, que despista un poco al principio, pero que acaba haciéndote sacándote la sonrisa (por reconocimiento incluso, en el párrafo final) y la normalidad con la que tratas la escena de las mujeres.

    veo algunos fallos menores en el texto, repeticiones y algunas frases “raras”.. los típicos defectillos que desaparecen con una revisión a conciencia 😉

    un placer leerte,
    ya he terminado con las recomendaciones que me hiciste, ahora vagaré por tus habitaciones literarias a ver qué encuentro
    un saludo, nos leemos!
    Sergio Mesa / Forvetor

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