Lluvia

Lluvia—Fuiste tú quien mató al Duque ¿verdad?

—¿Otra vez estás con eso, Yolanda?

Pocas cosas había para hacer en aquél alejado pueblo de montaña en el que, al menos tres meses al año, el acceso por coche era prácticamente imposible por las fuertes nevadas. Aún hoy Yolanda seguía preguntándose en qué habría estado pensando cuando Diego le propuso mudarse allí, y de eso hacía ya casi tres años. Recuerda sus palabras con tal nitidez como si las estuviera escuchando de nuevo “Viviremos bien, cariño, la vida allí será como siempre la hemos soñado: nuestra casita, nuestro terreno, nuestro huerto,… nuestra libertad”. Nuestro aislamiento, en definitiva –pensó. Él lo tenía más fácil, trabajaba desde casa con el ordenador pero al menos un par de veces al año acudía a las reuniones de ventas que su empresa organizaba en algún lugar especial con el objetivo, decían, de que los empleados se conocieran, y se establecieran entre ellos y la compañía sólidos lazos de empatía, entusiasmo y pasión. Y debían conseguirlo porque, a su vuelta, Diego siempre regresaba con una especie de pátina de ilusión y alegría impregnada que le duraba unas cuantas semanas. Yolanda, por el contrario, se aburría soberanamente en aquél pueblo. Con el tiempo se cansó de la casita y de su sempiterno silencio; del terrenito, que acabó dándoles más trabajo que alegrías porque las malas hierbas hacían acto de presencia en cuanto se relajaban un poco en su cuidado; incluso del huerto, una actividad que al principio les llenó de ilusión a ambos, por aquello de poner en la mesa lo que cultivaban con las manos, pero que acabó cuidando ella prácticamente sola, con la de tiempo de dedicación que exigían calabazas, cebollas, pimientos, tomates y lechugas, sobre todo las lechugas, de las que noche tras noche, ataviada solamente con un frontal, tenía que eliminar a mano los cientos de minúsculos caracoles que luchaban por hacerse con un pedacito de sus tiernas hojas porque, por supuesto, ambos habían decidido que su huerta sería ecológica, vamos, que pesticidas y demás químicos estaban completamente prohibidos en “Can Yolanda”, su rinconcito. Afortunadamente para ella todo cambió el día en que apareció de repente el Duque.

—Dime que no lo hiciste.

Diego la miró fijamente unos segundos, después agachó la cabeza y continuó partiendo en trozos muy pequeños una enorme cebolla que acababa de recoger del pequeño huerto de la parte de atrás de la casa. Se hizo el silencio entre ambos.

La casa estaba algo alejada de lo que era el núcleo del pueblo, en realidad no más de un par de kilómetros, y un inmenso bosque de castaños hacía de frontera entre sus vecinos más próximos y ellos. Era su bosque, el único lugar que la mantenía todavía atada a aquél sitio. El Duque surgió una mañana de otoño precisamente de ese bosque. Ella se disponía a dar su paseo diario en busca de bayas y otros frutos secos con los que decorar una enorme vasija de cristal que Diego le había traído de su último viaje, cuando apareció de repente, empujó un poco la puerta y se quedó parado junto al enorme macetero de hortensias de la verja esperando su reacción; nunca olvidará la expresión de despiste en su cara, no necesitó mucho para descubrir que se había perdido y que no era de la zona. Aquél mismo día ya la acompañó en su caminata. Yolanda le condujo por alguno de sus caminos preferidos, ella caminaba con paso firme y decidido abriéndose hueco entre los brezales y las escobas todavía en flor, mientras él la seguía a escasa distancia. Aquella mañana de otoño las trochas de siempre le parecieron diferentes, aquí o allá encontraba algún pequeño matiz en el que parecía no haberse fijado antes. Juntos treparon por las piedras hasta llegar a la vieja cruz de la fuente de la goterita donde tomaron aliento, para desandar el camino después retomando el curso del río hasta el viejo molino, junto a su casa. A Yolanda le gustaba caminar en silencio –tampoco solía tener a nadie con quien romperlo- pero en aquella ocasión se sorprendió riéndose en alto al escuchar cómo el Duque hacía crujir las hojas secas de los árboles a su paso, abriendo los erizones que pisaba, y levantando el vuelo de decenas de pajarillos que permanecían ocultos entre las ramas de los arbustos.

Ningún vecino sabía nada de él, de hecho en el pueblo no le habían visto antes por aquél lugar. Andaba de acá para allá, siempre enredando con unos y con otros. Todos comenzaron a llamarle Duque, quizás por el porte altivo o lo elegante de sus andares, o por los buenos modales que hay que reconocer tenía. Yolanda se sentaba cada mañana junto a la ventana de la cocina con la mirada puesta en la verja del jardín y al poco, casi siempre a la misma hora, el Duque aparecía con esa alegría que parecía impregnarlo todo. Entonces salía corriendo de forma apresurada por la puerta de atrás, casi sin despedirse de Diego, que solía estar durmiendo a esas horas porque era de los que preferían trabajar por la noche, y volvía al rato, con el tiempo justo para acabar de preparar la comida. Se hicieron inseparables.

—Nunca le soportaste, ¿verdad?, desde el primer día que entró en casa no le miraste con buenos ojos.

—Deberías olvidarlo ya, ¿no te parece?, ¿cuánto tiempo hace de aquello?

—6 meses hará el próximo lunes.

—Pues eso, que olvides ya el tema, Yolanda, si tanto le echas de menos podrías buscar otro Duque.

Era finales de verano y, para celebrar el término de la estación, habían organizado una pequeña barbacoa en el jardín con unos cuantos amigos aprovechando los últimos días de calor antes de que el mal tiempo hiciera acto de presencia, algo que ocurriría en breve como cada año. Se habían encerrado en la cocina sobre las nueve de la mañana y ahora, casi a las doce, aun andaban preparando los ingredientes para hacer la paella vegetal que Yolanda se había empeñado en preparar; de alguna forma había que dar salida a tanta hortaliza y verdura que este año habían recogido. Los dos estaban alrededor de la mesa de madera, Diego sentado, pelando las vainas de las judías verdes, y Yolanda de pie, ocupada en los calabacines; los pasó bajo el grifo para quitarles toda la tierra, quitó sus extremos con la puntilla, eliminó las pieles con un pelador, y los fue cortando en pedazos muy pequeños que fue amontonando en una ensaladera de barro, por último los regó con unas gotas de limón para que no ennegrecieran. Hizo lo mismo con las berenjenas, con los pimientos rojos, los verdes y con los tomates. Fue alineando recipientes que pronto se llenaron de color.

Yolanda abrió el cajón de la mesa para sacar un paño de cocina limpio que sujetó bajo la tira del delantal negro con el que solía cocinar. Lo cerró de golpe, moviendo un poco la tabla sobre la que estaban cortando las cosas.

—¡Eh, cuidado!, casi me llevo un dedo —dijo Diego.

—Solo pudiste hacerlo tú.

—Y dale, es la última vez que te lo digo, yo nada tuve que ver con lo del Duque, en realidad nadie sabe lo que le ocurrió, ¿por qué no pasas página?

—Tenías celos de él, más de una vez me dijiste que pasaba más horas al día con él que contigo, ¿recuerdas?

—Bueno, no me dirás que eso no era cierto, te pasabas el día dando vueltas por ahí con él, pero de ahí a “matarle”…

—¿Y qué se supone que debería haber hecho?, ¿seguir encerrada en la casa todo el día mientras tú dormías o trabajabas?

—Podías haberme preguntado alguna vez si quería ir contigo, por ejemplo. Pero no, estaba claro que preferías su compañía a la mía.

—Pues sí, mis paseos con el Duque eran uno de los mejores momentos del día.

—Hombre, gracias por lo que me toca…

—Esto sí que es gracioso, en los últimos meses ¿cuántas veces te has querido venir conmigo a la sierra?, porque antes, al principio de venirnos, te gustaba hacerlo, pero últimamente preferías quedarte en casa.

—Sí, desde que apareció tu Duque. Vamos a dejarlo, Yolanda, además ¿cuánto tiempo estuvo la gente del pueblo buscándole?, dime, ¿no se te ha ocurrido nunca pensar que quizás él se marchó aquél día, sin más?

—No tienes ni idea de lo que dices.

El cordón de campanillas que colgaba de la puerta de entrada sonó. Yolanda se lavó las manos y salió fuera secándoselas en el paño de su cintura. Debían ser Laura y Carlos, porque al poco escuchó los bulliciosos ladridos de Lluvia. Con ella siempre hacía lo mismo, según la abrían la verja para que entrara, salía corriendo de lado a lado del jardín hasta que la veía, entonces se abalanzaba sobre ella poniéndole sus inmensas patas encima; ya le llegaba casi por los hombros, y Yolanda no era precisamente pequeña. Acomodó a sus invitados en el cenador y regresó a la cocina a por unas cervezas bien frías y algo para picar.

—Cariño, espero que no nos agües la comida con tus tonterías —le dijo Diego mientras salía por la puerta de la cocina al jardín cargado con una inmensa paellera bajo el brazo—. ¡Hola!, bueno, ¿es que nadie me va a ayudar con este trasto?, Carlos, ¿por qué no vas a por un poco de leña y vamos preparando unas buenas brasas?, atrás, junto a la caseta, he estado apilando el otro día los troncos de encina.

Poco a poco fueron llegando los demás, el jardín se llenó de gente. La paella resultó deliciosa, todos alabaron a los cocineros. Comieron, bebieron, se remojaron en la pequeña piscina que ese verano habían instalado, recordaron viejas historias de cuando eran más jóvenes, e incluso hicieron planes para hacer alguna escapada juntos, como las de antes, sin planes muy elaborados, a la aventura.

—Oye, ¿y Lluvia?, hace tiempo que no la veo, ¿no estará haciendo alguna de las suyas, verdad? —preguntó Laura a Carlos.

Carlos comenzó a silbarla y a llamarla. Al poco apareció Lluvia corriendo. Tenía las patas y el hocico completamente marrones y llenos de tierra. Empezó a ladrar y volvió a desaparecer por la parte trasera de la casa.

—Pero ¿dónde te has metido?, ¡Lluvia!, ¡Lluvia!, ven aquí.

Apareció de nuevo, esta vez con algo en la boca. Fue directa al extremo de la mesa donde estaba Yolanda sentada.

—Lluvia, bonita ¿qué me traes?

Se acercó a ella, agachó la cabeza y dejó a sus pies un collar de cuero rojo del que colgaba una pequeña campanilla dorada; tenía una chapa bastante oxidada con una inscripción que aun se podía leer con claridad: Duque.

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