Un mar de piruetas

Mar de PiruetasMe he pasado media vida colgada de las alturas realizando arriesgadas piruetas y balanceándome de trapecio en trapecio, cuando en realidad con lo que yo siempre he soñado es con ser pirata. “Pinito de Oro” me llaman, y el número por el que más se me conoce consiste en balancearme a 30 metros de altura sentada sobre una silla que apoyo solamente sobre sus estrechas patas traseras, en perfecto equilibrio. Me he roto tres veces las manos y recientemente me han tenido que operar los pies para erguirme los dedos, porque los tenía encorvados de tanto puntear sobre el trapecio. Tengo 29 años y creo que ya es hora de cambiar, en los tiempos que nos ha tocado vivir los números circenses están de capa caída, por lo que no he dudado ni un instante cuando esta mañana he visto en el periódico un anuncio que con enormes letras negras en versalitas decía “Se buscan piratas”, junto a un par de notas más, 37o35’56’’ de latitud Norte y 0o59’09’’de longitud Oeste. Y esa es la razón que me ha traído aquí, a Cartagena, un caluroso 20 de junio, víspera de la Fiesta de San Juan.

—Buenos días a todos, gracias por venir, la verdad es que no esperábamos una respuesta tan grande, estamos gratamente sorprendidos. A ver, comencemos, los que han venido por el anuncio de “piratas” que pasen a la sala 1, la de las sillas rojas, los que han venido por el de “hombres bala” a la sala 2, la azul, y los del anuncio de “pregonero” que se queden aquí, pero calladitos. Les iremos nombrando por orden alfabético en unos minutos.

Cada uno de nosotros nos dirigimos a nuestra sala asignada a esperar. Para piratas seríamos unos treinta pero yo la verdad no logré ver en ninguno de ellos un auténtico rival, así que me relajé en una esquina mientras repasaba mentalmente algunos de los puntos fuertes con los que defendería mi candidatura. Pronto escuché mi nombre: María Cristina del Pino. Me levanté de la silla dirigiendo una mirada triunfadora al resto que, como era de esperar, eran hombres, y atravesé la puerta del despacho donde hacían las entrevistas.

—Buenos días —me saludó un hombre de pocas carnes que se parapetaba detrás de unas enormes gafas de pasta negra.

—Buenos días.

—Según dice aquí actualmente se dedica al mundo del circo.

—Sí, pero lo estoy dejando.

—¿Cómo se ve de pirata?

—Perfectamente, en realidad desde pequeña siempre quise serlo pero a mis padres se les ocurrió tenerme en un carromato de circo y no he visto otro mundo desde entonces, salvo en los libros, claro.

—¿Tendría algún inconveniente en hacer de hombre como pirata?

—Si no hay más remedio…

—Me temo que no, señorita, ya sabe que la presencia femenina en un barco es símbolo de mal agüero.

—No se preocupe, si fuera necesario hasta llevaría una barba, postiza, pero barba al fin y al cabo, eso sí, si pudiera elegir me gustaría que esta fuera pelirroja.

—Eso es un punto a su favor. Bien, ¿está usted familiarizada con la jerga pirata?, ¿sería usted capaz de enumerarme al menos quince palabras relacionadas con la vida en alta mar?

—Eso es fácil, digamos, abordaje, timón, cañón, bodega, amarras, cubierta, foque, puente, encallar, vela mayor, palo de mesana y palo de trinquete, quilla, gavias, jarcias, cuaderno de bitácora,… ¿sigo?

—Es suficiente, espero por su bien que además de recitarlas sepa usted lo que significan. No sé, no acabo de verla, incluso con lo de la barba, es usted demasiado… cómo diría yo, de apariencia más bien frágil.

En ese momento me remangué la camisa blanca hasta casi los hombros para mostrarle los musculosos bíceps que a fuerza de voltereta en el aire había conseguido con los años.

—Está bien, está bien, prosigamos. Buscamos una persona de modales vulgares ¿cree que cuadraría?

Ante aquello no pude por menos que arrojar los zapatos que llevaba al otro extremo de la sala y colocar mis sudorosos pies sobre la mesa del entrevistador, dejándolos a medio palmo de su nariz.

—Entonces pongamos que “modales vulgares”, sí,… ¿cómo definiría su personalidad?

Como me percaté del perfil de persona que andaban buscando, respondí con firmeza.

—Tengo temperamento, de siempre he sido de naturaleza rebelde y algo violenta, y me suelo meter en líos y reyertas con facilidad, es más, peleo igual o mejor que cualquier hombre ¿se lo demuestro? —le dije agarrándole de la pechera trayéndolo hacia mí.

—No, por favor, no es necesario —me dijo mientras se recomponía con cara de susto el traje y se colocaba las gafas que se le habían caído bajo la mesa—. Es suficiente, señorita. Ya le avisaremos en caso de ser seleccionada.

Me levanté de la silla y le di un apretón de manos tan fuerte que se me quedó la mano roja. Antes de salir se volvió a dirigir a mí.

—Una última cosa, ¿suele usted beber habitualmente?

—Ni una gota —respondí, siempre pensé que en cualquier trabajo lo del alcohol no estaba bien visto, y además en este caso era cierto.

—Pues yo que usted iría probando con el ron…

Al cabo de una semana conseguí convertirme en pirata. El día que fui a firmar el contrato me entregaron la indumentaria, unos pantalones marrones que me cubrían hasta la media pierna, una camisa amarillenta muy holgada y bastante desgastada, una casaca roja llena de remiendos, un par de botas que me quedaban grandes, y un sombrero de ala ancha adornado con una pluma azul. Pregunté por las armas que portaría, pero me dijeron que el presupuesto no daba para más que una pequeña daga sin apenas filo que puse a buen recaudo en la cintura, agarrada con un fajín de seda dorado. La señorita que me atendió me entregó también un ejemplar de “La isla del tesoro” y otro de “Sandokan” porque dijo me ayudarían a ambientarme en mi nueva condición, y me aconsejó memorizara “La canción del pirata”, que me sería muy útil.

Los primeros días me embarqué en un navío no demasiado grande que partió enseguida hacia Cartagena de Indias, gobernado por un pirata holandés al que poco le importaba la tripulación. Al cabo de un par de meses de navegación conseguí que sus hombres apoyaran un motín que organicé; de hecho me tuve que ver las caras directamente con el capitán al que, a falta de arma de fuego, agredí con un tablón de madera asestándole un golpe que le hizo perder varios dientes y el conocimiento. Desde ese momento la nave quedó a mi mando, empezamos con pequeños golpes pero poco a poco conseguimos botines más grandes, con lo que comencé a ganarme cierta reputación como pirata en los mares que circundábamos. He de decir que mis anteriores habilidades como trapecista me fueron muy útiles en los abordajes, nunca tuve problema alguno en descolgarme desde el palo de la mayor balanceándome hasta alcanzar la cubierta del barco enemigo, ni tuve vértigo a las alturas a la hora de otear el horizonte en busca de la tierra; aunque en alguna ocasión volví a fracturarme una mano al caer al vacío, claro, en la nave no había red como bajo la carpa del circo. Otra cosa fueron los mareos por el movimiento del barco, a eso nunca me acostumbré, creo que estuve mareada desde el primer día que puse las botas en el barco hasta que lo dejé; en más de una ocasión tuve que disimular mis continuas ganas de vomitar por la borda porque probablemente habrían sospechado de mí. Y el ron, tampoco pude con él, a diferencia de la totalidad de la tripulación, yo arrojaba disimuladamente el contenido de mi vaso o escupía el trago al menor descuido.

Al final un navío de bandera desconocida puso fin a mis días de gloria, por supuesto la mayoría de mis hombres, si no todos, estaba ebria por el exceso de festejos y bebida de la noche anterior, por lo que nos capturaron con facilidad. He vuelto al circo, ando ensayando un nuevo número en el que salgo vestida de mujer pirata. Al menos el trapecio no se mueve más del balanceo que le provoco yo, ni se bebe ron salvo en ocasiones muy especiales, y yo, yo en esas situaciones sigo brindando con un buen vino.

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