Tierra hollada

Tierra holladaUn día como hoy él habría cumplido 97 años, treinta más que yo.

Hacía calor, demasiado para ser junio todavía. Luna nueva. Habían esperado a que cayera la noche de forma que esta era su único testigo. Le habían sacado de la cama a golpe de culata amenazante escupiendo su nombre «¿Valentín Galache?, ¡levanta!». Ahora trataba de cubrirse al menos con una camiseta mientras enfilaba escaleras abajo. Escuchaba los golpes de puños desafiantes en las puertas vecinas, caminaba todo lo despacio que le permitía su captor, y observaba con incredulidad cómo a otros también les sacaban de sus casas. «Será solo un paseo», le había dicho aquél soldado sonriendo, probablemente no habría cumplido ni los veinte. Solo hombres. Hacía calor, demasiado para ser junio todavía.

Cómo se viste una mujer para su primera cita. Cuidando los detalles. Abro el armario de la alcoba, recorro las prendas con la mano y elijo una falda beis, y una blusa blanca, nunca he utilizado el negro para los momentos solemnes; en un tiempo el negro era para enamorar, ahora solo acompaña viudas. Pese al calor me pongo unas finas medias transparentes ya no sé salir sin ellas y los zapatos planos color caramelo; no está el camino para tacones. No me pinto tanto como antes pero esta tarde me apetece colorear mis mejillas con algo de maquillaje casi mate, y mis párpados con una ligera sombra tostada. El rímel. Siempre negro. Recojo mi pelo en una coleta baja con el descascarillado pasador de nácar de mamá. Las canas compiten con el resto de cabellos. Siempre me han gustado las canas. Hace calor, quizás demasiado para ser junio todavía, pero ¿refrescará al atardecer? Descuelgo la rebeca roja —mi preferida— del perchero de la entrada, recojo del paragüero el viejo bastón de castaño de papá —ya no puedo salir sin él— y cierro la puerta. En la casa solo queda mi reflejo sobre el espejo del zaguán, y las ocho campanadas del reloj de pared.

Trataba de recordar algo que justificara lo que estaba sucediendo. Nada. Seguían arrebatando a la noche rostros asustadizos, piso por piso. Sabía que alguien habría hablado más de la cuenta, «a cambio de qué», pensaba. Un camión con el motor apagado les esperaba en la esquina. Mientras les agrupaban en dos pequeños corros, Valentín alzaba la mirada hacia el balcón del tercero. Nadie. Ni un rostro insinuado a través de los visillos. Ni una luz encendida, ni el tímido reflejo de una vela próxima al cristal. El miedo les silenciaba. Pensaba. Un golpe seco e inesperado sobre la sonrisa del joven soldado y escaparía de allí, alcanzaría el callejón de las eras, saltaría las tapias de las huertas y se perdería en la noche; los soldados no tendrían más remedio que dejarle escapar si querían evitar la huida del resto. Estupideces. Tendría que haber sido más rápido, llevaba unos minutos imaginándolo cuando aparecieron cuatro soldados más. Ahora subía al camión a empujones, encapuchado y maniatado, acompañado del resto, buscaba algún lugar donde agarrarse, donde mantener el equilibrio, y escuchaba el llanto nervioso —casi femenino— de Fabián, pero también el de Anselmo, Eugenio, Julián o Mariano. El motor arrancaba dejando atrás una calle sumida en el silencio y la oscuridad. Mucho miedo.

Por qué un camino tan habitual como este —lo podría recorrer con los ojos y oídos tapados— me parece tan diferente una tarde de junio como la de hoy. Dos kilómetros largos desde el puente de piedra junto al molino. Antes tardaba media hora escasa, las últimas veces a mis pies perezosos les ha costado casi una hora llevarme hasta allí, no son amigos de los baches que salen a nuestro paso. Avanzo. Sin prisa. Lentamente. Atrás dejo los muros de piedra de la última casa del pueblo. Llego al río, cada año lleva menos agua, hace no tanto los neveros de la sierra seguían desaguando aun en agosto, y hoy apenas se escucha su discurrir. Los campos se han llenado de color, les visten miles de apasionadas amapolas rojas; algunas margaritas y cantuesos parecen competir con ellas, no tienen nada que hacer, hoy la tarde es roja, como el cielo, que empieza a teñirse de fuego antes de la caída del sol. Me siento unos minutos sobre el borde de la fuente de la carretera de arriba, ensimismada, aspirando sus aromas y recordando. De chica hacía aquí con mamá la primera parada camino de las dehesas los domingos, y ya me parecía que estaba lejísimos, recuerdo cómo jugaba a tratar de hundir con los dedos a los ágiles zapateros que parecían caminar sobre el agua, o cómo dejaba escapar a los renacuajos entre mis pequeñas manos. Ella aprovechaba para contarme algunas cosas de papá, como que lo que más le gustaba era recoger castañas y setas en otoño, o cardos ya entrado el invierno. En realidad apenas le recuerdo. Introduzco la mano en el bolsillo de mi falda y saco una vieja fotografía de él en tonos sepia, es una de las que más me gusta, de cuando él y mamá se hicieron novios, con apenas diecisiete años, «Para mi niña», leo en la parte de atrás con una caligrafía cuidada. Es un muchacho delgado y muy moreno que mira sonriente al objetivo de la cámara.

Unos minutos apenas de trayecto. El grupo de soldados ya estaba allí. A gritos y empujones les hacían bajarse del camión. Valentín se hallaba demasiado confuso y su cabeza no paraba de tratar de encontrar el modo de escapar. Demasiado tarde. Al principio no acertaba a distinguir el lugar al que les habían llevado. Luego sí. Mientras le liberaban de la capucha, la silueta del mojón del kilómetro dos se hacía patente a su espalda. Ahora, mientras cogía la pala y le obligaban a abrir la tierra seca, cerraba los ojos y deseaba con todas sus fuerzas que aquello acabara cuanto antes. Sus ejecutores reían y vitoreaban frases insultantes y les acercaban a los labios las insignias con sus banderas. De repente era consciente del terror que le producía estar allí, al tiempo que besaba a la fuerza la solapa del joven soldado —el mismo que después le cubriría de esa misma tierra seca y pisotearía el terreno con sus sucias botas— antes de caer en la zanja excavada a sus pies por él mismo con un tiro en la nuca.

Guardo la fotografía en el bolsillo de mi falda y prosigo mi camino. Deben estar allí ya todos. Cuántos años esperando el día de hoy. Cuánto esfuerzo. Cuántas personas se quedaron por el camino luchando, mamá, tía Julia, tío Ignacio… Cuántos papeles desempolvados para tratar de demostrar la existencia de papá, muchos más para hacer lo mismo con su desaparición. Me detengo, me cuesta un poco respirar, este corazón mío cada vez aguanta menos las emociones. Son casi las nueve, ya veo el mojón del kilómetro dos. De repente aprieto el paso. Un par de coches escasos aparcados en la cuneta y un grupo de entusiastas voluntarios como única comitiva. Por fin llego. «¿Está preparada, Irene?», me preguntan. Asiento con la cabeza, «llevo años esperando esta cita». Los picos y las palas empiezan a levantar la tierra hollada, cuesta excavar, el suelo está demasiado seco y apelmazado. Hace tiempo que no llueve. Los vecinos no se equivocaban, lo han sabido desde siempre. Al cabo de media hora aparece el primer cráneo, atravesado por un orificio en la base, después otro, y otro, y otro…. La rebeca roja se me escurre del brazo, hace calor, demasiado para ser junio todavía.

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3 comentarios en “Tierra hollada

  1. Sergio Mesa dijo:

    un episodio horrible que gracias a ti luce hasta lírico. soy canario, de Tenerife, y quizá por eso todas las descripciones del entorno rural de la península me suenan mágicas. leyendo tu texto me he acordado de la frase aquella de Penélope Cruz en “Volver”: “Es este viento solano, que vuelve loca a la gente”

    me encanta cuanto juegas con el recuerdo y la evocación,
    un saludo, nos leemos!
    Sergio Mesa / Forvetor
    http://miesquinadelring.wordpress.com

    • salytierra dijo:

      gracias por recorrer esos dos kilómetros conmigo. Este relato fue mi pequeño homenaje a las víctimas silenciadas y ocultas. Temas pendientes. En cuanto a las descripciones, conozco bien esos caminos rurales “mágicos”, como dices.
      Un gusto intercambiar letras.
      Un abrazo

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