¡Sopla bien fuerte!

La peluqueríaEl olor a peluquería me hacía llorar a gritos de pequeño. Hoy, y pese al tiempo que debía llevar cerrada, los aromas a talco, brillantina y loción de lavanda me parecieron tan reales como treinta años atrás. Acababa de adquirir el local a precio de ganga, siempre me gustó la vida que tenía el barrio; antes de entrar alcé la vista, de su fachada aún pendía el antiguo poste de barbero adornado de franjas rojas, blancas y azules, empujé una de las descascarilladas puertas verdes y pasé dentro, levanté las persianas y la luz de la calle inundó todo el espacio. Todo estaba casi como lo recordaba, aunque antes los sillones hidráulicos me parecían auténticos gigantes de metal, de hecho don Javier solía colocar una caja de madera encima de su asiento para poder elevarme más y estar a la altura de sus tijeras. Sacudí el polvo de uno de ellos con un pañuelo y me senté frente a uno de los espejos. En seguida me pareció escuchar claramente los ecos de la actividad habitual de la peluquería, el sonido de la radio que casi permanentemente reproducía cantes flamencos —don Javier era de Madrid, pero decía que su corazón era jerezano, como el de su madre—, el soniquete de las tijeras al avanzar por el pelo, o el retintín de la campanilla que colgaba de la puerta de entrada cada vez que llegaba un cliente. Reflejada en el espejo me pareció ver la chaquetilla blanca impoluta de don Javier, con aquellos bolsillos en la parte inferior que no parecían tener fin, donde guardaba las peinillas, las tijeras y la enorme —o así me lo parecía— navaja de cachas nacaradas con la que rasuraba cuellos y patillas o afeitaba a la mayoría de los hombres; una de las cosas que más me llamaba la atención era su habilidad para pulir su filo con la correa de cuero que solía llevar colgada del cinto, aquellas rápidas pasadas por su superficie me parecían mágicas. De repente vino a mi memoria algo, para mi desgracia —y supongo que para la mayoría de los niños y niñas del barrio— don Javier, aparte de peluquero y barbero, era practicante y ¡qué fatalidad!, atendía gustosamente de lunes a domingo. No sé si fue un acto reflejo pero la aparición de este recuerdo —olvidado durante años— hizo que me llevara la mano directamente al trasero tras sentir un intenso dolor parecido al de un pinchazo, y que escuchara la voz de mamá diciéndome «Carlos, si te portas bien esta vez, cuando salgamos nos tomamos un chocolate con churros donde Aurelio».

Y es que siempre es la misma historia con este niño, el día que toca ir a pincharse tengo que andar persiguiéndole por toda la casa; esta vez le pregunté al doctor si los antibióticos no podían ser en pastillas o en jarabe, pero no hubo forma, «un par de inyecciones y le tienes corriendo en dos días otra vez», me dijo. «No, por favor, inyecciones, no», le grité a mamá, pero como veía que mis súplicas no hacían ceder ni un ápice en su determinación, pasé a la fase de la negociación, «si no me llevas al “chincheta” —así llamaba yo a don Javier— prometo tomarme las pastillas y no pelearme con mi hermana en un mes». No hubo trato, atravesamos de la mano las baldosas blancas y negras de la peluquería y pasamos a un cuartito que había al fondo, la sala donde don Javier pinchaba.

Hombre, por aquí viene Carlitos, de la mano de su encantadora mamá, Celia, querida Celia mía, si algún día quisieras… Pobre chaval, mira la cara de miedo que trae, la verdad es que con la cantidad de veces que le he pinchado en los últimos años no sé cómo su madre es capaz de hacerle venir hasta aquí. Mira que es bonita esta mujer, los años no parecen pasar por ella. Me acerco y estrecho la mano de ambos. «A ver, chavalote, ¿otra vez te has puesto malo?», le digo mientras me agacho hasta quedar a su misma altura. Anginas, don Javier, esta vez el niño me ha cogido unas anginas de campeonato. «Carlitos, ¿te he enseñado alguna vez mi colección de peces?, venga, acércate a verla mientras yo hablo con mamá», le digo mientras le llevo de la mano hasta el fondo de la sala. «Pues claro que me conozco tu colección de peces, podría hasta enumerar sus nombres», pensé. De todas formas arrimé mi naricilla al cristal de la pecera como tantas otras veces, estaban los de siempre, los plateados, los blancos, y mis preferidos, unos más grandes que el resto y moteados de naranja. Don Javier en esta ocasión había metido, junto a las plantas de plástico que parecían algas, dos muñecos vestidos de hombre rana y de buzo. ¡Guau!, estos sí que eran chulos.

Pobre, mi niño, no se puede decir que no es hijo mío, tiene tanto miedo a las inyecciones como su madre, yo soy incapaz de mirar una aguja, así que mientras don Javier acaba de preparar las cosas, trato de mirar hacia otro lado; me encanta la colección de fotografías de flores que tiene colgadas en la pared de la sala, es un gran aficionado a ellas, como yo. El agua ya está hirviendo, meto en la cajita metálica la jeringa de cristal y la aguja de acero. Un minuto y listo. Yo creo que la de las margaritas es su preferida porque es la que más tiempo se queda observando siempre que viene, algún día se la regalaré. Ese abrigo verde le sienta tan bien, la hace mucho más alta y delgada. Lleno la jeringuilla con el líquido lechoso del inyectable. Me acerco a Carlitos mientras anda tratando de sacar los muñecos de la pecera alzándose de puntillas porque apenas llega al borde. «A ver, muchacho, bájate un poco el pantalón, ya sabes cómo va esto, mira, para que no te duela demasiado voy a quitar la aguja, ¿ves?, y cuando notes un pinchacito sopla bien fuerte y mira a los buzos, ya verás, ¡ni te vas a enterar!», le digo. En ese momento veo de reojo cómo, efectivamente, quita la aguja de la jeringa, después noto el frío del algodón impregnado en alcohol y una especie de cachete antes de meterme el líquido de golpe, y yo soplo, y soplo, como si me fuera la vida en ello, pero aquello duele, y duele, ¿y mamá?, ¿dónde está mamá?, y mamá en el otro extremo, viendo los dichosos cuadros de flores, ¡mira que son feos!

Pasé varios años convencido de que las inyecciones realmente se ponían sin aguja. Me levanté del sillón y recorrí el resto de la antigua peluquería o lo que quedaba de ella. Al fondo la sala del practicante, empujé la puerta y entré, en un rincón, sobre una especie de mesilla de metal, aún sobrevivía el armazón de lo que algún día fue la pecera, ni rastro de los buzos ni de las algas de plástico. En la pared todavía quedaban algunos marcos con viejas fotografías rasgadas y descoloridas. Salí de la estancia y saqué la cinta métrica para tomar medidas del local, quería levantar algunos tabiques para crear varios espacios en lo que iba a ser mi nueva tienda, una floristería. Creo que a mamá le encantará, a ella siempre le han gustado las flores, sobre todo las margaritas.

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3 comentarios en “¡Sopla bien fuerte!

  1. mado4539@ono.com dijo:

    Javier efectivamente era “el chincheta” y con que cuidado pinchaba al pobre Carlitos que tenía el culete como un colador de tantas inyecciones. Recuerdo aquella peluquería de la calle San Bernardo…!.que tiempos! era parte de la niñez de mamá que jugaba a la comba al salir del colegio

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