La mujer que fuiste

La mujer que fuisteTe tiemblan las manos, tanto que dejas caer el cuchillo de cocina sobre las baldosas blancas, salpicándolas de sangre. Sientes que empiezas a marearte, y que tu respiración se vuelve agitada, casi imposible, te apoyas sobre la mesa de la cocina y rebuscas en el cajón, lo tienes, un par de inhalaciones profundas, te dejas caer sobre la banqueta. Mucho mejor. Piensas que deberías seguir con tus cosas, empezar a arreglarte y marcharte a menos cuarto, como cada día, pero tus pies no parecen querer moverse. Diez minutos después acabas por levantarte para dirigirte hacia el cuarto de baño, tienes que quitarte como sea ese olor amargo de tus dedos y el rojo que los cubre, una ducha templada te vendrá bien. Avanzas lentamente por el pasillo, cabizbaja, casi sin fuerzas, el espejo del dormitorio te devuelve el reflejo de una mujer que apenas reconoces. Te detienes frente a él.

—Natalia ¿te has vuelto loca?, ¿qué has hecho esta vez?

Levantas los ojos hacia esa imagen. Primero sonríes, realmente estás hecha un adefesio con esa especie de batín de colores que tienes la manía de ponerte para estar en casa, junto con las zapatillas de paño verdes y los calcetines naranjas. De repente, el gesto de tu cara se endurece, te preguntas qué ha sido de la mujer que no hace tanto fascinaba a hombres y mujeres con su estilo tan glamuroso.

—Mira tus manos, ¿de dónde ha salido esa sangre?

Frotas una contra otra en un gesto nervioso, como queriendo limpiarlas, te giras para coger un pañuelo de papel de la cómoda, lo impregnas en colonia y lo restriegas una y otra vez, primero por las palmas, luego por los brazos, no hay manera, la sangre reseca no acaba de marcharse. Apoyas las manos sobre el espejo, a la altura de la cara, en ademán de burla, las separas y contemplas con estupor su huella rojiza sobre la superficie del espejo.

— ¿Desde cuándo llevabas planeándolo?, di.

Y si fuera verdad lo que crees que ha pasado… y si realmente él estuviera tendido en el suelo de la cocina sobre un charco de sangre, y si tú le hubieras clavado en el pecho el cuchillo con el que estabas trinchando el asado de esta noche —Día de Acción de Gracias— como cada año desde hace ya veintitrés; porque hoy ni siquiera te besó al levantarse; porque mostró un gesto de indiferencia al abrir el horno y guardó silencio, como si las seis horas que te tiraste ayer en la cocina preparándolo todo no se merecieran al menos un gesto de gratitud; porque para la celebración te habías comprado ese bonito vestido rojo que tantas veces habías visto en el escaparate de la esquina, y al verlo ni siquiera se ha inmutado. Simplemente no te atreves a salir y comprobar si es verdad, sigues frente al espejo. Tienes una cara horrible, recuerdas que anoche no te la limpiaste y la tienes llena de los tiznajos negros del rímel.

— ¿Y qué harás ahora sin él?

Te fijas en tu pelo, hoy es un desastre, como si no te hubieras peinado en meses. Entras al baño y coges el cepillo. Vuelves al espejo. Te lo alisas y recoges en una cola de caballo con la goma que siempre llevas en la muñeca; la de veces que él te ha dicho que no llevaras coleteros en las manos, con lo útiles que son. Piensas que quizás te has precipitado, un mal día lo tiene cualquiera, a lo mejor hoy simplemente era el suyo. Haces un esfuerzo por tratar de evocar el último momento en que ambos habéis estado como antes, felices y sonriendo por cualquier cosa; no lo recuerdas. Casi has olvidado cómo eran sus manos en una caricia, o a qué sabían sus besos, los de verdad.

Ensimismada como estás te parecerá escuchar sus pasos avanzando desde el fondo del pasillo, creerás que se acerca a ti por detrás y que te abraza como solía hacer antes, incluso contemplarás su reflejo en el cristal besándote en la mejilla, pero pensarás que ese beso llega tarde ya; seguirás mirando tu imagen y te escucharás diciendo que volverás a ser la mujer que fuiste, la que no hace tanto fascinaba a hombres y mujeres por su estilo glamuroso. El cansancio empezará a aparecer y, exhausta, dejarás caer tu cuerpo sobre la alfombra, y en ese momento solo alcanzarás a ver un espejo sin reflejo con la huella de dos manos como haciéndote burla.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s