El encargo

El encargo—Es usted otro detective, ¿verdad?

Reconocí que lo era.

Me condujo a una habitación verde y anaranjada del primer piso, me acomodó en un sillón con tapicería de brocado y se dirigió en busca de su marido. Al cabo de lo que me pareció poco más de un cuarto de hora, apareció él, un hombre de mediana edad, de aspecto impecable, alto y muy delgado, tanto que su cuerpo parecía bailar dentro del traje de chaqueta azul marino que llevaba, de pelo gris recogido en una pequeña coleta y ojos saltones disimulados tras unas enormes gafas de pasta negra.

Me levanté a estrecharle la mano.

—No, por favor, siéntese, siéntese, póngase cómodo, no me negará que ese butacón no es uno de los mejores en los que usted se ha sentado, es la joya de la familia desde hace varios siglos; pero toque, toque su seda, fíjese qué suave permanece todavía.

Él se sentó frente a mí, en un pequeño sofá de cuero.

—Cierto, pero… Sr. Shepard ¿podríamos hablar de lo que en realidad me ha traído hoy a su casa?

—Andrew, llámeme Andrew, por favor, que tampoco soy tan mayor.

—Bien, Andrew, ¿qué quiere exactamente de mí?

—Quiero que me vigile los próximos días para evitar que le mate.

Tras decirme aquello, se acercó a un aparador que tenía tras de sí, abrió uno de los cajones y extrajo una pitillera plateada de donde sacó un cigarrillo que me ofreció.

—No, gracias, hace tiempo que lo dejé, ya no fumo.

Ante mi negativa, se me acercó y me lo introdujo en el bolsillo superior de mi americana.

—Guárdeselo, hágame caso. Aunque hace bien, amigo mío, esos dichosos médicos afirman que fumar acorta la vida… Pero míreme a mí, desde los catorce que llevo, y los que me quedan por encender… —dicho esto tomó de la mesita que tenía enfrente un encendedor con forma de bola de billar y prendió el pitillo dándole una honda calada.

—Disculpe, Sr. Sephard, digo Andrew, no sé si le he entendido bien, ¿ha dicho que va a matarme?

—No, le he dicho que debe vigilarme para no hacerlo.

—¿Esto es una broma o qué?

—No, y le aconsejo que no lo tome como tal, otros antes que usted ya lo hicieron.

—¡Esto es de locos!, si me disculpa… —le dije mientras recogía mi chaqueta y avanzaba hacia la puerta de la habitación.

—¿Entiendo que no le interesa entonces mi propuesta?

—¡Por supuesto que no!

—¿No tiene siquiera curiosidad en saber cómo?

—¿Cómo?, ¿qué?

—Cómo he pensado matarle, por supuesto.

—¡Usted no está en sus cabales!

—Bueno, si es su última palabra… Ahora he de volver a mis quehaceres, espero que perdone mi falta de educación al no acompañarle; querida, Geraldine, ¿puedes conducir a nuestro amigo hasta la entrada? —dijo alzando la voz. En escasos segundos apareció la misma mujer pelirroja que minutos antes me había abierto la puerta. “Demasiado joven” —pensé— “me pregunto qué hará con este lunático”.

—Sígame, por favor —me dijo mientras cerraba la puerta de la estancia donde se quedaba el Sr. Sephard— ¿ha aceptado? —me preguntó mientras comenzábamos a bajar las escaleras.

—¿Usted qué cree?, su marido es un chiflado, dé gracias de que no vaya ahora mismo a la policía a ponerle una denuncia por amenazas e intimidación.

—Ojalá lo hubiera hecho.

—¿Qué quiere decir con eso?

—Nada. Me temo que quizás ya sea demasiado tarde.

Me asusté, lo reconozco. Dirigí mis pasos con rapidez hasta el coche y me alejé de allí a toda prisa mientras la imagen reflejada de aquella mujer en la puerta de la casa iba desapareciendo de mi espejo retrovisor. Se había hecho de noche y estaba empezando a llover con fuerza. Mientras avanzaba por el entramado de calles pensaba si realmente aquella conversación había tenido lugar. Instintivamente eché mano de la guantera, saqué un pequeño revólver que jamás había tenido que utilizar y lo dejé sobre el asiento contiguo; en realidad lo mío solían ser investigaciones de otro tipo, maridos que engañaban a sus esposas, deudas de juego, estafas de poca monta y demás, nada que hubiera puesto en peligro mi integridad física en los años que llevaba trabajando. Pero aquello… ¿y si fuera cierto?, ¿y si el objetivo de aquél loco era realmente acabar conmigo en unos días? Pulsé la palanca para que los limpiaparabrisas fueran más rápido, la lluvia apenas me dejaba ver con claridad la carretera. Entre tanto chalet y calles parecidas, por fin salí a una avenida que me pareció familiar. Las luces de un coche que se cruzó de repente me deslumbraron. Pisé el freno bruscamente y paré en la intersección. “Menuda noche” —pensé. No podía quitarme la voz del Sr. Sephard de la cabeza, la frase “quiero que me vigile los próximos días para evitar que le mate”… parecía retumbar una y otra vez en el interior del coche. Traté de anular aquél pensamiento, reanudé la marcha y puse música. No había nadie por las calles, solo oscuridad y agua. “Debería ir al médico, cada vez me cuesta más ver bien mientras conduzco de noche” —pensé. Busqué las gafas en el bolsillo de mi chaqueta y de repente mis dedos rozaron el cigarrillo que Andrew me había dejado, “¿por qué no?” —me pregunté, quizás me ayudaría a relajarme un poco. Lo tomé entre los dedos, me lo acerqué a la nariz para olerlo y me lo puse en la boca, encendí la luz interior un instante para ayudarme a encontrar el mechero del coche —llevaba años sin usarlo—. El estruendo de una bocina me hizo volver la mirada al frente. Un camión se echó sobre mí. Di varias vueltas de campana. Era incapaz de moverme. El sonido de la lluvia sobre el capó se fue haciendo cada vez más tenue. Luego, solo silencio.

Después de la tormenta de la noche anterior, el día levantó despejado. Pese a encontrarse en una apartada zona residencial de esas sin nombres en las calles, no me costó demasiado encontrar la casa. Llegué diez minutos antes de lo acordado, pulsé el timbre y esperé unos minutos hasta que una mujer joven me abrió la puerta.

—Es usted otro detective, ¿verdad?

Asentí. En seguida me llamó la atención su pelo, tan anaranjado como las paredes de la habitación del primer piso a la que me condujo después.

—Espere aquí, voy a buscar a marido.

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