Un cielo verde

Un cielo verde

Los vecinos del barrio le quieren porque les consigue pequeñas cosas. Hoy es otro de esos días de encargos. Moha sale de su casa, atraviesa las calles sin asfalto, pasa junto a los campos abandonados de antiguos vecinos, y en pocos minutos llega junto al enorme muro de hormigón. «Deben ser casi las siete, si no han cambiado de rutina, habrá pasado ya una de las patrullas de vigilancia», piensa. Enseguida escucha el silbido de Jouda al otro lado. Acerca su cara al disimulado agujero que han ido horadando como han podido a lo largo de los últimos meses, retira el bloque de hormigón que lo cubre y logra ver parte del rostro de su primo.

—As-salaam-alaykum—le susurra Jouda a través de la abertura del muro.

—Wa-Alaikum-Salaam, ¿las tienes?

—Sí, espero que al viejo le vayan bien.

Jouda introduce en el orificio un pequeño paquete envuelto en papel de estraza. Son las gafas que el viejo Abdul le encargó hace un mes para poder leer las hojas de periódico que le pasan en el mercadillo improvisado de los miércoles —su amigo y doctor ya le dijo que sus ojos se estaban empezando a nublar. Moha coge con cuidado el paquete, abre el envoltorio e inspecciona las pequeñas gafas doradas, comprobando que no se han roto.

—Son perfectas, Jouda.

—Cuando le veas dale recuerdos de mi parte, dile que me acuerdo mucho de él y de las historias que nos contaba.

—Se lo diré, oye primo, tengo que pedirte otro favor.

Se echa la mano al bolsillo del pantalón y saca una pequeña lista garabateada en el margen de un trozo de hoja de periódico, la dobla bien y se la hace llegar a su primo a través del mismo orificio; se trata de cosas que algunos vecinos le han pedido esta semana: un bote de leche en polvo para la pequeña Nura, unas vendas para poder curar la pierna de Nasser, un paquete de pilas para la radio que escuchan algunos en la tienda de Tareq Ibrahim…

—¿Qué es esta vez?, espero que no me compliques mucho, no sabes la de controles que está habiendo últimamente, hace dos días a mi padre le quitaron algunas cosas que llevaba en el punto de control —empieza a leer la nota— a ver… la leche creo que sí, las vendas también, las pilas sí… pero ¿y esto?, ¿unos esprays de colores?, ¿quién los ha pedido?

—Son para mí.

—¿Sigues con tus dibujos?, cualquier día te pillarán, ¿de dónde quieres que saque unos esprays?

—Pregunta por ahí, hombre, ¿no lo pintan también por ese lado?

—Sí, ¡claro que lo pintan!

—Jouda, es el más grande que he hecho hasta ahora, ¡cómo me gustaría que lo vieras!, ¡no puedo dejarlo en blanco y negro!, ¡quiero que se vea desde bien lejos! —le cuenta Moha a su primo con voz emocionada y gesticulando con los brazos como queriendo abarcar con ellos todo el muro.

Escuchan el ruido de un coche que se acerca a gran velocidad.

—Otra patrulla —dice Jouda.

Tienen el tiempo justo para despedirse.

—Vete, corre.

—Bueno, yo lo intento, nos vemos en un par de semanas —Jouda deja pasar su mano a través del agujero del muro, Moha acerca la suya y se dan un fuerte apretón de manos.

—Saluda a mis tíos, dile a tu padre que su hermano reza por él cada día —le dice Moha— y que sus olivos siguen creciendo.

—Cuídate, primo.

—Tú, también.

Ve marchar a Jouda con paso rápido, vuelve entonces a colocar el trozo de hormigón en su sitio y se aleja del muro con las gafas de Abdul bajo la chaqueta. Duda si ir directamente a casa o si pasar por la del viejo para entregárselas; en realidad está deseando ver su cara al abrir el paquete. Cuando por fin llega a casa se encuentra a su madre cargada con un barreño repleto de ropa para colgar en el improvisado tendedero del descampado. Se acerca a ayudarla.

—Quita, anda, quita, si pesa más que tú. Moha, ¿se puede saber dónde te has metido desde que te fuiste?, tu padre andaba buscándote para que le ayudaras en el campo a arrancar malas hierbas.

—Estaba con Abdul.

—¿Otro de tus líos?, conseguirás que nos arresten cualquier día de estos, seguro que entonces viste a Jouda ¿no?

—Sí, me manda abrazos de los tíos para vosotros.

—Anda, ve a echar una mano a tu padre.

Ya se ha puesto el sol. Después de cenar y de hacer sus oraciones envuelve el espray de pintura negra en un pañuelo y lo esconde donde siempre, en una caja de madera en la que guarda unas pequeñas azadas y palas que utiliza en el campo. Espera a que todos duerman, coge el bulto y sale sin hacer apenas ruido. Atraviesa las calles sin cruzarse con nadie. «Hoy he de tener cuidado, hay luna llena», piensa. Al cabo de unos minutos tiene la inmensa mole de hormigón a sus pies. Saca el espray y empieza a remarcar con la pintura pulverizada el esbozo en el que lleva trabajando estos días. Da unos pasos hacia atrás y contempla su grafiti, «cuando esté acabado será enorme», piensa, «para llegar a la parte más alta tendré que pedir a Tareq que me preste la vieja escalera de madera de la tienda, pero ¿y qué le digo?, da igual, ya se me ocurrirá algo».

—Yo también quiero pintar—escucha de repente Moha a sus espaldas.

—Aisha, ¿se puede saber qué haces aquí? ¡Vuelve a casa ahora mismo! —le dice Moha a su hermana levantando un poco la voz.

—Si no me dejas pintar les diré a padre y a madre que vienes cada noche al muro.

—Y tú, ¿cómo sabes eso?

—Porque te he seguido algún día.

—¿Y si te llegan a ver los soldados?

—Soy demasiado pequeña y voy muy agachada.

—¡Mira que eres cabezota!, ¡tú ganas!, toma un spray, pero aléjate un poco, no me estropees el mío.

Aisha recoge de la mano de Moha el espray, lo alza como si fuera un trofeo y se retira unos metros de su hermano. Se queda pensativa unos instantes frente a la pared de hormigón y enseguida empieza a dibujar lo que parece un árbol. Moha continúa en su grafiti aunque no le quita ojo a su hermana. Al cabo de media hora se acerca donde ella está.

—Oye, Aisha, te está quedando muy bonito ese árbol, ¿por qué no le pintas hojas?

—Porque los de papá no tienen.

—Bueno, no tienen porque aún son muy pequeños, pero este tuyo es enorme.

—Los árboles de papá no tienen hojas, y el mío tampoco.

—Bueno, como quieras, ¿y esto?, ¿qué es? —le dice señalando unas cuantas líneas que se cruzan tapando parte del tronco.

—Es una tapia.

—¿Para qué?

—Para proteger al árbol.

—¿De qué?

—De los soldados, a papá ya le han arrancado unos cuantos.

—Anda, será mejor que nos vayamos ya a casa, otro día lo terminas —le dice Moha mientras agarra la mano de su hermana— no quiero que vuelvas más veces hasta aquí a escondidas, ¿de acuerdo? Cuando quieras venir me lo dices.

—De acuerdo.

Las dos semanas siguientes transcurren tranquilas, Moha acude con Aisha por la mañana al improvisado colegio que se ha montado en el antiguo polideportivo, y las tardes las dedica a ayudar a su padre en el minúsculo huerto en el que se han convertido sus tierras de antaño, después suele reunirse con algunos amigos en la calle. Hoy es el día, con un poco de suerte su primo le habrá conseguido los colores que necesita para acabar su grafiti, pregunta continuamente la hora a Hassan, el único de sus amigos que tiene reloj. Las seis y media. Moha se despide rápidamente de ellos y sale corriendo a reunirse con Jouda como acordaron la última vez. Se acerca al muro, mira en todas las direcciones para cerciorarse de que nadie le observa y retira el bloque que cubre el agujero. Espera impaciente unos minutos. Su primo se retrasa, «¿le habrá sucedido algo?», piensa. Cuando está a punto de regresar escucha por fin la voz de Jouda.

—¿Dónde te metes?, ¡menudo susto que me has dado!, ¡pensé que te habrían cogido los de la patrulla!

—Casi, no sé por qué han retrasado hoy la ronda.

—¿Has podido conseguírmelos?

—Solo he podido traerte el rojo y el verde.

—¿Y el azul?, ¿cómo voy a pintar el cielo?

—Pues no sé, déjalo gris, no sabes lo que me ha costado conseguirte estos… Toma —Jouda le pasa de uno en uno los envases por el agujero— y coge el resto, por cierto, de leche he podido conseguir dos latas.

—Gracias, primo —Moha recoge las cosas y las envuelve en una tela de saco que esconde en su chaqueta.

De repente, un par de aviones cruzan el cielo por encima de ellos. Los aviones van en dirección a su barrio. En lo que tarda en girar la cabeza Moha solo es capaz de ver varias columnas de humo negro y cientos de cascotes desprendidos de algunas de las viviendas próximas. Sale corriendo persiguiendo la estela que han dejado en el cielo. No les da tiempo a despedirse ni a cubrir el agujero de nuevo.

—¡No! —grita Jouda a su primo.

Es noche de luna llena, «hoy he de tener cuidado», piensa Aisha. Después de ayudar a su madre a recoger las cosas, hace sus oraciones en la habitación y recoge los esprays de la caja de madera donde su hermano los solía guardar siempre. Espera a que todos duerman y sale en silencio de la casa. Al cabo de unos minutos tiene la inmensa mole de hormigón a sus pies. Ha escondido tras las ruinas del lavadero, cubierta por unas ramas de espino, la escalera de madera que pidió a Tareq hace unos días, logra levantarla con dificultad y la apoya sobre la pared. Sube un par de peldaños y empieza a cubrir de verde los huecos grises que meses atrás dejó Moha. Al cabo de unos minutos baja de la escalera y se retira unos pasos atrás a contemplar el enorme grafiti. Sonríe al pensar lo que la diría Moha si viera su enorme cielo pintado de verde.

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