El epitafio

El epitafioEra la segunda vez que enterraba a mi padre. Cuando el sepulturero, aquella mañana de agosto, rompió la placa de cemento que cubría la entrada del nicho que siete años atrás había levantado, solo se escuchó el silencio de los poquísimos que estábamos allí presentes, el de mamá —de nuevo de riguroso luto—, el de mis dos hermanos gemelos, el mío y el de Hipólito —portero de la finca y amigo de la familia desde hacía casi cuarenta años—, el único que supo desde siempre lo que realmente había sucedido. El sepelio fue breve, duró lo que se tardó en sacar el primero de los ataúdes, depositarlo en el suelo y sustituir el hueco que dejó éste por el nuevo féretro, donde ahora yacían con toda seguridad los escuálidos restos de papá, al que todos conocían en el barrio como don Germán. En esta ocasión no hubo flores, por expreso deseo de mamá, por lo que a papá solo le acompañó en su último viaje los restos secos de una de las coronas que años atrás encargamos la familia y que ahora se volvía a meter en el nicho; una corona enorme formada por rosas que fueron blancas y decorada por una banda donde aun se podía leer “Tu esposa y tus hijos no te olvidan”.

Mientras el operario de turno acababa su trabajo, sellando la entrada, recordé una de las últimas veces que vi a mi padre con vida, el día en que se despidió de todos para —entonces nosotros no lo sabíamos— no regresar jamás a casa. Aquél domingo, como todos los domingos anteriores desde hacía un par de meses, papá nos hizo sentar a la mesa antes de comer para leernos en voz alta los nombres encerrados en los recuadros de luto de la sección de esquelas del dominical.

—Doña Juana Roces Pedraza, Viuda de Enrique Estébanez, 1914-1999, “Tus hijos no te olvidan”. Don Joaquín Artime Ponte, natural de Piedras Blancas, 1943-1999, “Descansa en paz”, Gregorio Martín Páez, buen esposo y padre trabajador, 1950-1999… —enumeraba papá ante las miradas indiferentes de todos, especialmente de las de los gemelos, muy pequeños aún para valorar el alcance, si es que lo tenía, de aquellas frases que recitaba su padre de forma tan solemne.

—Germán, por Dios, deja ya esa manía que has cogido de recitar a los muertos —le increpó mamá. Él siguió a lo suyo.

—…Pablo Gutiérrez Blanco, 1995-1999, “Papá y mamá siempre estarán contigo”…

—¡Espera un momento!, ¿has dicho Gutiérrez Blanco? —interrumpió mamá— ay, que me parece que conozco a su madre… ¡pobre pequeño!, si es que no somos nadie, Germán.

—Pues no, querida familia, hoy estamos aquí todos juntos y mañana… —dijo papá con tono de solemnidad—. Ahora, escuchad lo que tengo que deciros, si alguna vez faltara…

—Calla, calla, Dios no lo quiera —añadió mamá mientras se santiguaba.

—…si alguna vez faltara, dejo en esta nota —añadió papá mientras sacaba un pequeño papel perfectamente plegado del bolsillo superior de su batín vino burdeos— el epitafio que quiero que aparezca en mi tumba y, por supuesto, en una de las páginas de este dominical.

A continuación, se levantó de la mesa y, sin desvelarnos su contenido, guardó la nota en el interior del jarrón de lapislázuli del aparador. Todos nos miramos, ninguno dijimos nada. Mamá rompió el silencio incómodo que se había instalado en el comedor.

—Vamos, chicos, ayudad a vuestra hermana Elvira a poner la mesa, el estofado se está quedando frío —dijo mamá mientras se acercaba a papá— Haz el favor de no asustar a los chicos —pude escuchar que le susurraba al oído— ni a mí.

La comida transcurrió en un inusual silencio, ni los gemelos armaron bullicio chinchándose mutuamente como acostumbraban. Yo, sin tan siquiera esperar al arroz con leche que mamá había hecho, pedí permiso para levantarme de la mesa y me marché a mi cuarto. Aquella conversación me puso muy triste, no entendía por qué papá había dicho aquello; en realidad llevaba unos cuantos días un poco raro, se pasaba gran parte del día —cuando no estaba en la fábrica— encerrado en su despacho, y llevaba días sin buscar a los gemelos para acabar el puzle de mil piezas en el que llevaban liados más de un mes. Tampoco le apetecía que le leyera mi último libro de cuentos como cada noche después de cenar.

Al día siguiente, escuché a mi padre levantarse muy temprano porque tenía que viajar al norte dos días por motivos de trabajo, oí el repiqueteo de la brocha de afeitado al enjuagarla en el lavabo, y el sonido de la ducha. Cuando minutos después pasé por la puerta de su alcoba, ya andaba vistiéndose.

—Pasa, pasa, hija. Elvira, cariño, ¿me puedes ayudar a acabar de hacer la maleta?, al final se me ha echado el tiempo encima. Mira, solo falta eso por colocar —me dijo mientras me señalaba las cosas que había amontonado junto al galán. Las recogí y fui ordenándolas como solía hacer él —era un maniático del orden—: un neceser, la corbata de rayas azules que le regalamos los gemelos y yo en su último cumpleaños, un par de mudas, unos pañuelos con sus iniciales bordadas en verde —papá era de esos hombres que se negaban a usarlos de papel— y las pantuflas de ante marrones con las que siempre estaba en casa. Antes de cerrar la maleta y echar la llave, abrió el cajón de la cómoda y tomó disimuladamente una fotografía de mamá y nosotros que guardaba bajo los calcetines, y la metió entre la ropa. Yo me hice la distraída.

—Gracias, cariño, ¿vamos a la cocina a desayunar con el resto? —me echó el brazo sobre el hombro y juntos abandonamos la habitación.

Mamá había preparado un desayuno especial, como el de los fines de semana. Sobre la mesa se alineaban mermeladas, bollitos rellenos de cacao, panes recién horneados y zumos de naranja, de los que hicimos buena cuenta enseguida. Cuando acabamos papá se levantó de la mesa y se fue acercando uno a uno a nosotros besándonos en la frente.

—Querida mía, niños, mi pequeña Elvira,… me marcho. Si no surge ningún improvisto, os veré pasado mañana. Mi niña —me susurró cuando llegó mi turno— acuérdate de lo que ayer os dije, no dejes que los gemelos revuelvan en el jarrón.

—No lo haré —y le devolví el beso en la mejilla.

Después, recogió la americana del perchero de la entrada, se la echó sobre el antebrazo, agarró la maleta y, desde el marco de la puerta, nos dijo adiós con la mano. Nunca más le veríamos.

Al cabo de tres días sin noticias de él, mamá se puso en contacto con algunas personas de la fábrica, nadie sabía nada, todos pensaban que papá andaba de visita en la delegación de la zona norte, como cada mes, pero allí nadie había tenido constancia de su viaje; mamá decidió denunciar su desaparición, papá nunca se había ausentado tantos días seguidos. La casa permaneció casi silenciosa durante las semanas siguientes. Una tarde sonó el teléfono, mamá apartó a un lado la costura que le mantenía los dedos ágiles y la cabeza entretenida cada tarde y se levantó corriendo a descolgar el auricular.

—¿Sí?… sí, soy yo… sí, yo soy su esposa, la persona que puso la denuncia… ¿cómo?, ¡dígame que no es verdad!…

A mamá se le cayó el teléfono de las manos y se quedó inmóvil, apoyada en el aparador, con la mirada fija en la pared de enfrente. Dejé el libro que tenía en las manos y corrí hacia ella.

—Mamá, mamá, ¿qué pasa? —le dije mientras recogía el teléfono del suelo y me lo acercaba a la oreja— ¿oiga?, ¿oiga?, ¿quién llama?,… nada, han colgado, ¿quién era, mamá?, ¿quién ha llamado?

Después de una tila y un buen rato tranquilizándola, me enteré de que la llamada había sido de un agente de la policía y que este le había dicho que el coche de papá había aparecido hundido en el embalse de Fontmayor, a escasos quince kilómetros de nuestra casa, y que su cuerpo no se había encontrado aun.

Mamá nunca superó aquello. Después de un par de semanas de espera tras las que la policía dio por finalizada la búsqueda del cuerpo, mamá se empeñó en celebrar un funeral en toda regla con ataúd incluido, aunque sin muerto. Aquél día antes de salir hacia el cementerio me encargó que cogiera el papel que papá había guardado en el interior del jarrón de lapislázuli. Unos minutos antes de cerrar el nicho, lo saqué del bolsillo de mi abrigo, lo desdoblé y leí en alto: “Estaré muy cerca de vosotros”. Mamá echó a llorar, y los gemelos, y yo. Enseguida nos fuimos de allí, dejando al operario grabando las letras a golpe de martillo y cincel.

Los años fueron pasando, en ese tiempo mamá siguió visitando el cementerio cada domingo, llevaba siempre flores frescas y las depositaba en la base del nicho junto con las hojas de la sección de esquelas del dominical, que previamente recitaba en alto ante la mirada extrañada de las personas que andaban cerca de ella.

—Mamá, ¿cuándo dejaras de hacerlo? —le pregunté uno de aquellos domingos en que me hizo acompañarla a regañadientes.

—Cuando tu padre aparezca, Elvira, cuando tu padre aparezca —y siguió con la letanía de los nombres de los fallecidos esa semana.

Y papá apareció, siete años después. Una mañana lluviosa nos cruzamos con él en el rellano de la escalera un educado “Buenos días” mientras mamá, los gemelos —que ya habían empezado a afeitarse— y yo nos disponíamos a salir. Ninguno le reconocimos, llevaba una barba muy poblada y la cabeza cubierta por un borsalino gris, él enfiló escaleras arriba a toda prisa y al cabo de unos segundos escuchamos el golpe seco de la puerta de lo que pensamos era el 3ºB. Cuando llegamos al portal, Hipólito andaba sacando los cubos de basura a la calle.

—Hipólito, ¿tenemos vecino nuevo en el tercero? —le preguntó mi madre.

—¿Cómo?, ¿qué vecino?,… ¿le ha visto?, ¿cuándo? —contestó titubeando.

—Nos hemos cruzado con un hombre en la escalera.

—Ah, pues sí… la verdad es que sí… debe tratarse de don Fabián, se ha mudado hace poco con su esposa, doña Lucía, a principios de semana, sí, eso es… sí, sin duda debe tratarse de él, o a lo mejor era una visita… —añadió mientras salió empujando el último cubo dejándonos casi con la palabra en la boca.

—Este hombre, cada vez está peor, no sabe ni dónde tiene la mano derecha, ya podía jubilarse, ya —comentó mi madre mientras abría el paraguas en el portal.

Meses después el bullicio de la escalera nos hizo soltar los cubiertos de repente y levantarnos de golpe de la mesa para salir al rellano. Todos los vecinos estaban allí, intercalados entre algunos agentes de policía que no paraban de subir y bajar las escaleras.

— “¡Ay, qué desgracia!…”, “con lo buena persona que parecía él, y lo educado que era…”, “a ella nunca se la veía, el portero me dijo que estaba encamada desde hacía años, la pobre…” —cuchicheaban unos y otros.

—Pero ¿qué ha pasado? —preguntó mi madre a uno de los allí presentes.

—Que se han muerto, doña Paula, que les han encontrado muertos a los dos en la cama, pregunte, pregunte a Hipólito, él avisó a la policía, fue él el que se encontró con ellos cuando entró en la casa a dejarles el pedido del ultramarinos de abajo como cada día.

Al fondo, apartado en un rincón, estaba Hipólito con el rostro lleno de lágrimas.

—Hipólito, pero ¿qué ha pasado aquí? —le preguntó mi madre.

Él estaba como ido, alzó la vista y, al ver a mi madre, se echó en sus brazos llorando desesperadamente.

—¡Ay, doña Paula!, ¡ay, doña Paula!, que ahora sí que se ha ido de verdad… después de tantos años en ese piso… yo no tendría que haber… no, cómo me dejé convencer… no sé cómo pude… si ustedes eran su familia… cuando me propuso lo del coche le tenía que haber dicho que no… pero ella, doña Lucía, con lo malita que estaba, la pobre, tantos años luchando para al final… y lo que él la quería, estos años encerrado con ella solo para cuidarla… si ni pisaba la calle… que yo sé que pese a todo pensaba en ustedes todo el tiempo, que siempre andaba preguntándome por los niños… que si Elvira seguía leyendo, que si los gemelos habrían dado ya el estirón, que si usted…

—Pero ¿de qué estás hablando, Hipólito? —le dijo mi madre mientras le empujaba para separarle de ella.

—…Pero yo, yo no tenía que haber callado, con los gemelos tan pequeños y huérfanos tan pronto… y Elvirita, con lo que quería a su padre… ¡ay, qué desgracia tan grande, doña Paula!, no me va a usted a perdonar en la vida, ¡en la vida!… —y siguió llorando frente a mi madre hasta que un agente de la policía le reclamó para declarar.

Ella se quedó mirando fijamente el rincón de la escalera que la ausencia de Hipólito acababa de dejar. No se movió, se limitó a repetir en voz baja como en una letanía el nombre de mi padre: “Germán”, “Germán”, “Germán”… hasta que cada uno de los gemelos la asió de un brazo y la llevó al interior de la casa de nuevo. La dejamos sentada en el butacón de cuero donde papá solía leer, y allí se quedó el resto del día, con la mirada ausente y lágrimas en los ojos, repitiendo una y otra vez su nombre mientras hacía pedazos las páginas del último dominical, dejándolos caer a sus pies.

Cuando el sepulturero dio por acabado su trabajo aquella mañana de agosto, echó en la espuerta la paleta y la llana y dejó que el marmolista hiciera su parte.

—¿Y bien? —nos preguntó con el cincel en la mano— ¿qué quieren que grabe esta vez en la lápida?

—Sólo su nombre y fecha, Germán Ferrer Gallardo, 1948-2006 —respondió mamá secamente.

—Pero mamá… —objeté.

—Sólo su nombre y fecha —repitió sosteniéndome la mirada mientras el operario empezaba a grabar las letras a golpe de martillo y cincel.

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