Una cabeza, un sombrero

Una cabeza, un sombreroEn el instante en el que el reloj de la Iglesia de Santa María daba las doce del mediodía, la campanilla que colgaba del marco de la puerta de entrada de la tienda repicó levemente. Don Eduardo, que en esos momentos se encontraba en la trastienda apilando las cajas de los nuevos modelos de caballero recién llegados de París, tardó unos segundos en atravesar la cortinilla roja que separaba esta de la estancia principal de su negocio. De espaldas a él un caballero de mediana estatura echaba un vistazo sobre los modelos que colgaban de un perchero junto a la entrada; vestía una levita verde muy entallada y unos pantalones blancos de corte Collant abotonados en los tobillos que tan de moda se habían puesto últimamente. Los ojos de Don Eduardo se clavaron inmediatamente en el desgastado sombrero que llevaba puesto.

—Buenos días, caballero, ¿le puedo ayudar en algo?

—Buenos días. Sí, estoy buscando un sombrero —contestó mientras se giraba hasta situarse frente a don Eduardo quien, en ese instante, descubrió que su cliente era más joven de lo que en principio había pensado debido al color grisáceo de sus cabellos.

—Pues ha venido al lugar más indicado de la ciudad, ¿qué busca exactamente?, ¿algo liso?, ¿estampado quizás?, ¿un sombrero para ir de calle?, ¿uno de gala?, a ver, déjeme pensar, ¿uno para combatir los calores del verano?… oh, permítame, para el sol de esta ciudad nada mejor que cubrirse con uno de estos —le dijo mientras colocaba sobre el mostrador de madera un sombrero de paja adornado con una cinta negra— aquí lo tiene, un auténtico Panamá o “jipijapa”, como lo llaman, ¿qué le parece?

—Bonito, muy bonito, pero… buscaba algo para una ocasión especial, una cena de gala.

—Entonces, amigo mío, me veo en la obligación de aconsejarle que elija uno de los hermosos sombreros de copa que ahora mismo le enseñaré. Para ir de etiqueta, un hombre solo puede vestir su cabeza con uno como este —a continuación se colocó unos finos guantes blancos de algodón y extrajo con sumo cuidado una chistera de una de las enormes cajoneras de madera que estaban dispuestas tras de sí a modo de panal—. ¡No me dirá que no es una preciosidad!, ya le aseguro yo que si se la lleva triunfará ante “las asistentes”, ya me entiende —le dijo mientras le guiñaba un ojo.

—Bueno, eh… no diría yo tanto, tampoco es mi intención… —contestó el joven mientras un ligero rubor cubrió sus mejillas.

—¡No se escandalice, hombre!, que yo también he tenido su edad y sé la impresión que causa en las damitas un hombre de buen porte como usted, vestido con un elegante chaqué y rematado por una chistera tan distinguida como esta. Pero mire, acérquese, acérquese —le dijo mientras le atrajo hacia él agarrándole por el hombro, momento en el que se percató de lo imberbe de su cliente— ¿ve cómo la luz se refleja en su superficie?, es por la seda negra con que está forrada por fuera. Se lleva usted una auténtica joya, se lo garantizo.

—Todavía no he dicho que… No sé, ¿le importa que me la pruebe?

—Por supuesto que no, pero permítame que le cubra las manos con los guantes, la tela es un poco delicada y no me gustaría que quedasen marcas —en ese momento sacó del cajón otro par de guantes y le agarró una de las manos con intención de ponérselos él mismo. Le sorprendió la suavidad de ésta y lo cuidado de sus uñas. El muchacho la retiró rápidamente.

—No se preocupe, ya lo hago yo.

Se desprendió del viejo sombrero diplomático gris azulado que llevaba y se colocó la chistera, giró sobre sus pies y dando un par de zancadas se puso frente al espejo de cuerpo entero que había al lado de la puerta de entrada.

—¿Y…?, dígame, ¿qué tal?, ¿cómo se siente? Yo le encuentro elegantísimo. Si lo desea dispongo de un frac para que pueda ver el resultado al completo —don Eduardo corrió a la trastienda a por la prenda sin esperar confirmación alguna—. Aquí está, permítame despojarle de su preciosa levita —le dijo mientras se la quitaba.

—Es usted muy amable.

—Bueno, le queda un poco grande el frac pero nos puede valer para hacernos una idea, la verdad es que no me había dado cuenta de lo delgado y estrecho de hombros que es usted, si se me permite la observación, claro, su aspecto engaña bastante… ¿Y bien?, no me dirá que no se ve usted entrando en ese salón sintiéndose un triunfador para su cena de gala.

—Pues no me queda mal, no, pero ¿no tendría usted algo elegante pero menos, digamos, ostentoso?, tampoco me gustaría ser el centro de todas las miradas. Aunque en realidad, quizás podría venir otro día más tranquilamente, hoy tengo un poco de prisa —le respondió consultando el reloj de bolsillo que guardaba en el chaleco.

—¿Prisa, dice?, por favor, caballero, no se puede venir con prisa cuando uno ha de elegir el que será “su” sombrero. Desde el momento en que se confecciona, cada sombrero está predestinado para encontrar una cabeza en concreto, y le puedo asegurar que no es oficio sencillo el de tratar de emparejarlos.

—No sabía yo que esto era tan complicado, discúlpeme si le he ofendido.

—No hay ofensa, querido amigo, solo años a la espalda vistiendo cabezas. Si me concediera tan solo unos minutos más… —le dijo mientras le lanzaba una mirada de arriba abajo por encima de sus redondas gafas de metal dorado— bien, creo que ya me voy haciendo una idea de lo que quizás usted necesita.

—Está bien, pero solo dispongo de diez minutos.

—¿Me acompaña a la trastienda?, creo que le gustará lo que voy a enseñarle. Pase, por favor, detrás de la cortina roja. Usted primero.

El joven cruzó el espacio entre los dos largos mostradores de madera y descorrió la cortinilla para pasar a la trastienda. La misma estaba repleta de bonitas cajas de sombreros apiladas por todas partes y decoradas con diferentes motivos, flores o lazos para guardar en ellas los sombreros femeninos, rayas o topos de colores para los masculinos, juguetes en las destinadas a gorros de niños, e incluso de color plateado o dorado cuando Don Eduardo consideraba que la mencionada caja debía guardar un sombrero para una ocasión muy especial.

—En esa puerta de la derecha hay un pequeño vestidor con un espejo, ¿le importaría esperarme unos segundos mientras voy a por su sombrero?

—Por supuesto que no.

Don Eduardo retrocedió sobre sus pasos y regresó a la tienda, se acercó hasta la puerta de cristal de la entrada y dio la vuelta al cartel que colgaba de la misma dejando ver la inscripción “cerrado” desde el exterior.

—¡Ya estoy con usted, ya! —gritó.

Introdujo una pequeña llave en la cerradura de una de las puertas que daban paso al escaparate principal y con sumo cuidado retiró del soporte de la balda central uno de los sombreros que guardó en una caja, a continuación volvió a cerrar la puerta y se dirigió de nuevo a la trastienda, donde su cliente le esperaba algo impaciente ya.

—Se me está haciendo muy tarde, discúlpeme las molestias, pero creo que seguiremos otro día —le dijo en un tono un tanto nervioso mientras hacía ademán de marcharse.

—Será solo un minuto, ¿ve?, ya traigo lo que buscaba.

Don Eduardo colocó sobre una pequeña escalera la caja que cargaba bajo el brazo y la abrió lentamente ante la mirada curiosa del joven. De su interior extrajo un sombrero de fieltro de mujer de color verde y de ala ancha, adornado con un enorme penacho de plumas blancas. El muchacho a punto estuvo de caer al suelo cuando lo vio, tuvo que apoyarse sobre el respaldo de una pequeña silla que había en el vestidor y al cabo de unos segundos acabó sentándose en ella. Don Eduardo no dijo nada, se limitó a ponerle el sombrero sobre las rodillas y a colocarse detrás de él, frente al espejo.

—¿Me permite? —le preguntó.

El chico no articuló una sola palabra. Don Eduardo le ayudó a despojarse de la chaqueta del frac que minutos antes le había prestado y la colgó en una pequeña percha anclada a la pared, a continuación introdujo una de sus manos bajo los rizos que caían sobre su frente y la otra bajo los que cubrían su cuello por la parte de atrás de la cabeza, y tiró hacia arriba arrancando una peluca de cabellos grises que dejó al descubierto una cabellera larga de color rubio, sujeta por unas horquillas que acabó quitando también; en ese momento una larga melena se desplegó cubriendo los hombros y gran parte de la espalda de su clienta. Don Eduardo se dio la vuelta poniéndose de rodillas frente a ella, deshizo lentamente la enorme lazada de la corbata de muselina que se enrollaba alrededor de su garganta y desabotonó el rígido cuello postizo almidonado de la camisa, dejando entrever su pecho de color pálido. Se puso de pie, recogió el sombrero verde de las rodillas de ella y se lo colocó en la cabeza algo ladeado.

El espejo devolvió una imagen, la de una bella mujer sonriendo y un precioso sombrero que por fin parecía brillar en todo su esplendor.

Anuncios

2 comentarios en “Una cabeza, un sombrero

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s