Despertar azul

Despertar

(3er. premio XXX Concurso de Cuento y Poesía, A. V. Vicálvaro, 28/04/2013)

El ruido de fondo de la radio la saca de su ensoñación, una voz femenina parece entonar una copla que le es familiar. Belinda da media vuelta y se acurruca en el borde de la cama abrazándose a uno de los enormes almohadones que deja en el suelo, junto a la mesilla, cada noche. Alguien entra en la habitación y alza la persiana hasta arriba del todo, descorriendo las cortinas.

—¡Vamos, cariño!, ¡arriba!

Ella se cubre rápidamente la cara con el embozo de la cama y emite una especie de gruñido bajo las sábanas.

—¡Venga, Belinda, no seas perezosa!, te pongo el zumo aquí —le dice dejando un vaso de plástico azul sobre la mesilla.

Se destapa y abre poco a poco los ojos, extiende los brazos hacia arriba desperezándose, finalmente decide incorporarse y apoya la espalda sobre el cabecero de la cama. Alcanza el vaso de la mesilla y se bebe su contenido. Antes de poner los pies en el suelo abre una cajita adornada con conchas que guarda en el cajón y saca una goma del pelo con el que se hace una cola de caballo. Se levanta y en su camino al baño pega un par de tropezones con las botas que la noche anterior dejó tiradas en medio de la habitación.

—¡Joder!

Abre el grifo del lavabo y se lava la cara. Alcanza el albornoz de detrás de la puerta y sale del dormitorio. Se detiene en el rellano de la escalera y apoyándose en la barandilla se asoma por el hueco que deja esta, del piso de abajo sube un olor dulce que en seguida le despierta el apetito. En la cocina, Daniel prepara el desayuno de las gemelas, es domingo y a diferencia de otros días, hoy tiene tiempo para hacer incluso tortitas.

—Pásame otro cartón de leche, Lucía —le dice a su hija mientras sujeta el recipiente donde bate la mezcla—. ¡Apártate de la lumbre, Manuela! —le grita a la otra gemela. Las pequeñas ríen a carcajadas mientras su padre trata de poner orden para que se sienten a la mesa —¿cuántas veces os he dicho que no le deis las bolitas de los cereales a Laia? La perra alza la cabeza en cuanto escucha su nombre, y aparta con sus patas parte de éstas, las que han quedado alrededor del colchón donde duerme.

—¡Pero papá…! —dicen al unísono.

Belinda aparece junto a la puerta de la cocina, lleva el albornoz desabrochado, aun no se ha quitado el pijama.

—Pero ¿dónde vas descalza?, ¡con lo frío que está el suelo de la cocina! —le dice Daniel—. Manuela, cariño, trae las zapatillas de mamá, por favor. La niña sale de la cocina y corre escaleras arriba.

Ella les mira con cara de extrañeza, retrocede un paso y oculta media cara tras el marco de la puerta.

—¿Quién eres?, ¿qué haces en mi casa? —le pregunta.

—Soy yo, cariño, Daniel, tu marido.

—¡Váyase inmediatamente de mi casa!, ¡no le conozco de nada!

—Pero Belinda, amor, no empieces otra vez, ven aquí —le dice acercándose hacia ella—. ¿Qué quieres tomar?, verás cómo después de desayunar te sentirás mejor, acabas de despertarte y estás un poco desorientada.

—No se acerque, ¡le he dicho que salga de esta casa! —le contesta dando un paso atrás después de coger una espumadera de madera que cuelga junto al marco de la puerta, con la que hace ademán de amenazarle.

—Está bien, está bien, tú ganas, no me muevo de aquí, ¿ves?, ¿y si vienes a la mesa con las niñas y desayunas?, ¿no tienes hambre?, anoche apenas probaste bocado —Daniel le retira una de las sillas de madera y la invita a sentarse.

—Huele bien… —dice ella.

—Pues claro que huele bien, niñas, ¡decidle a mamá lo buenas que me han salido hoy las tortitas!

Laia se levanta del colchón donde ha permanecido sin apenas moverse y se acerca hasta Belinda para jugar entre sus piernas buscando alguna caricia. En ese momento vuelve Manuela con las zapatillas rosas de su madre.

—Quita, Laia —dice apartándola a un lado—. ¡Las zapas! —le dice agachándose para colocárselas frente a sus pies.

Belinda introduce los pies en las zapatillas y da las manos a Manuela ayudándola a ponerse en pie.

—Gracias, bonita, que sepas que eres una niña preciosa —le dice a la pequeña, después vuelve su mirada a él— Y ahora, ¡márchese si no quiere que avise a la policía!, espero que no haya hecho daño a estas niñas… ¿os ha hecho algo este señor?, —dice dirigiéndose a ellas— ¿dónde están vuestros padres?

—¡Pero, mamá! —dice Manuela frunciendo el ceño y cruzando los brazos sobre el pecho a modo de protesta.

—Déjalo, Manuela, mamá ha dormido mucho y se ha levantado un poco despistada—le dice a su hija mientras acaricia su cabeza—, en cuanto se tome una de estas ricas tortitas que he preparado y sus medicinas, se le pasará. Lucía ¿por qué no sacáis tú y tu hermana a Laia al jardín un rato?, a ver si encontráis la pelota que escondió ayer por la tarde, ya sabéis que a mamá no le gusta que la perra ande hurgando entre sus flores, y los narcisos ya han empezado a salir.

Manuela mira a su padre, luego a su hermana, y sale de la cocina con paso decidido sin mirar siquiera a su madre. Lucía la sigue mientras llama a la perrita.

—¿Mamá?, ¿cómo que “mamá”?, ¿por qué esta niña me ha llamado “mamá”?

—Son tus hijas, vida, nuestras hijas —le trata de explicar mientras agarra cariñosamente su mano.

—¡Pero qué dice usted!, ¡y no me toque!, —le contesta dándole un manotazo— Le diré algo, voy a darme una ducha y cuando vuelva no quiero volver a verlo. Y de paso lleve a esas niñas con sus padres, seguro que andan preocupados buscándolas.

Belinda da media vuelta y empieza a subir las escaleras que llevan al dormitorio mientras mira el reloj de su muñeca.

—Las once, ¡pero qué tarde es hoy!, debería estar ya en el colegio… otro día que llego con la clase ya empezada, verás la bronca que me va a caer… —susurra Belinda mientras atraviesa la puerta de su habitación.

Se quita el albornoz y lo deja sobre la cama de matrimonio, entra en el baño. Deja caer el pantalón del pijama y se descalza lanzando las zapatillas al aire en dirección a la ventana del dormitorio, abre el armarito del baño y saca el cepillo de dientes y la pasta, que deja sobre el lavabo. Deshace su coleta y se queda parada frente al espejo, mirándose fijamente; este le devuelve la imagen de una mujer todavía joven —a pesar de alguna cana con la que se entretiene unos segundos separando con los dedos del resto del cabello— cubierta tan solo por una chaquetilla de pijama de grandes topos de colores pastel. En sus párpados quedan aun restos de pintura azul.

—¿Daniel? —llama, alzando la voz.

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5 comentarios en “Despertar azul

  1. Luis dijo:

    Precioso pero de nuevo una gran implosión de tristeza.
    Espero un día de ti una explosión de alegría con una enorme enorme onda expansiva. El mundo lo necesita.
    Con cariño.

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