Koo-Koo, la mujer pájaro

kookooPor increíble que pareciera, Evelina, a sus cuarenta y tres años, nunca había estado en el circo. Nunca hasta aquél viernes de marzo en que titiriteros, malabaristas, maromeros, amaestradores de osos y tigres, volatines y todo tipo de saltimbanquis, desembarcaron en la explanada del campo de fútbol plantando sus lonas y carromatos en un santiamén, y dispuestos a quedarse al menos una semana.

Andaba en la trastienda colocando las cajas de los últimos modelos de sostenes que le habían servido aquella mañana, cuando el sonido de la campanilla de la puerta le alertó de que alguien había entrado. Junto a la puerta, un muchacho vestido con un traje de chaqueta rojo y un sombrero de lentejuelas verdes cargaba sobre sus brazos una pila de carteles de colores.

—¿Sí?, ¿en qué puedo ayudarte? —le preguntó.

—Buenos días, señorita, ¿le importa que coloque uno de estos en la fachada de su tienda?, —preguntó el joven mientras desplegaba uno de los carteles sobre el mostrador— a cambio le regalo una entrada para que venga esta tarde a la inauguración del “Gran Circo Cortés”, ¡no verá nada igual!

—Está bien, ponlo ahí fuera, pero no me tapes el escaparate.

El muchacho salió y tras colocarlo en el exterior se fue calle abajo; la fachada de su lencería, junto a la de otros tantos establecimientos del pueblo anunciaba ahora en enormes letras rojas y amarillas la llegada e inauguración del “Gran Circo Cortés”, así como a sus estrellas más famosas: el payaso Tony, los acróbatas Navicut, o la mujer bala Miss Ada, y un número sorpresa único en el mundo del que nada más se decía.

Cuando cerró la tienda al mediodía aprovechó para darse una vuelta por el campo de fútbol y ver el ambiente de lo que ya era la gran sensación en un pueblo en el que nunca sucedía nada extraordinario. Aprovechando la instalación del circo, los alrededores se llenaron de otras tantas atracciones, desde el puesto del tiro al blanco con sus rifles erráticos hasta el de algodón dulce, pasando por los tenderetes de rodajas de coco que el vendedor de turno trataba de mantener siempre húmedas improvisando un sistema de aspersión de agua. Un ritmo frenético de trabajo se dejaba sentir alrededor del circo. El montaje de la gran carpa hizo las delicias de los más pequeños del pueblo y las de ella; todos los integrantes del circo participaron tirando de las gruesas maromas de las poleas hasta conseguir erguir el enorme toldo apoyado en una pértiga que parecía alcanzar el cielo y que serviría después para colgar los trapecios.

Evelina paseó entre todas aquellas personas con la misma ilusión que si hubiera sido una chiquilla, le parecían extraordinarias, caras nuevas que traían al pueblo mucho color y nuevos temas de conversación. Se acercó a ver de cerca las jaulas de las fieras, o las acrobacias de un grupo de hombres subidos sobre bicicletas de una sola rueda. Se sorprendió especialmente al ver lo que una pequeña mujer de rasgos orientales era capaz de hacer con su cuerpo, estuvo unos minutos mirando con horror las posturas imposibles que repetía una y otra vez subida sobre una diminuta mesa de madera.

Continuó perdiéndose entre los artistas, contemplaba uno de los ensayos de tiro de la mujer bala cuando el canto de un pájaro la hizo girar sobre sus pies, le pareció un sonido muy hermoso. Parecía que salía de un carromato, así que no se lo pensó dos veces, se acercó hasta él y se asomó a su interior. Una pequeña mujer de aspecto frágil y enormes gafas redondas se colocaba una peluca rubia frente a un espejo.

—Disculpe… —le interrumpió Evelina.

—¿Sí?

—Es que escuché el precioso canto de un pájaro y me pareció que salía de aquí.

—Señorita, ¿ve usted algún pájaro?, ¿por qué no deja de molestarme?

—Perdone mi atrevimiento, siento haberla molestado —le respondió alejándose a toda prisa de allí. Independientemente de lo que aquella maleducada mujer le hubiera dicho, estaba convencida de que aquél sonido había salido de su carromato.

Siguió su recorrido por el circo, estaba tan entusiasmada con aquél despliegue de color y actividad que se le echó el tiempo encima para regresar a abrir la tienda de nuevo, olvidándosele almorzar. Aquella tarde la pasó pendiente del reloj que colgaba de la pared, impaciente porque llegara la hora de echar el cierre; su vida se limitaba a atender cada día el pequeño negocio que había heredado de sus padres, y pocas cosas se convertían en una ocasión especial, a excepción de las reuniones de mujeres que solía organizar una vez al trimestre en su establecimiento con motivo de la llegada de las últimas novedades de ropa interior femenina procedentes del mismo París.

Estaba entretenida viendo a través de los cristales de la puerta una pequeña comitiva encabezada por una carroza y una banda de música anunciando el circo, cuando vio acercarse a doña Mercedes, la mujer del médico. Se hizo a un lado y abrió la puerta invitándola a entrar.

—Adelante, doña Mercedes.

—Buenas tardes, Evelina, ¿has visto qué jaleo se ha montado en el pueblo?

—Sí, al mediodía anduve dando un paseo por abajo.

—¡Qué emocionante!, ¿no crees?, ¿irás esta tarde a la inauguración?

—Sí, un muchacho me regaló una entrada por dejarle poner el cartel de afuera.

—Nosotros también iremos; hoy, además, es nuestro aniversario, ¡veinte años ya con Miguel!, ¡cómo pasa el tiempo!… por cierto, ¿te ha llegado lo mío?

—Sí, voy a la trastienda a buscarlo, esta misma mañana he recibido el pedido.

Al cabo de unos segundos apareció sosteniendo una pila de cajas de colores pastel que fue colocando en fila sobre el mostrador. Poco a poco fue abriéndolas y sacando del papel de seda blanco que las envolvía cada una de las prendas de lencería.

—¡Pero qué preciosidad es este!, —dijo doña Mercedes tomando entre sus manos un sostén blanco de encaje— pero ¡y este otro!, ¿qué me dices?, o este rosa, con esos lazos negros tan graciosos…

—Si me lo permite, yo creo que este otro le quedará fantástico, doña Mercedes —le sugirió mostrándole uno color carne. Evelina sabía perfectamente —y lo sabía desde hacía ya más de cuatro años— que Miguel era de gustos exquisitos y que la ropa interior de ese color no era santo de su devoción precisamente, era más de encajes y transparencias blancas, “el color de la pureza”, solía decirle a ella.

—¿Pero de color carne?, ¿no es demasiado… tradicional?, yo buscaba algo más sofisticado para la ocasión, ya me entiende…

—No se deje llevar por las apariencias, doña Mercedes, este es el último grito en los círculos de París, ¿ve la delicadeza de este encaje?, ¿la suavidad de este tejido?, ¿por qué no pasa al probador y comprueba usted misma cómo le sienta?, pase, pase,… si necesita otra talla no tiene más que darme una voz.

La mujer del médico accedió a probarse la prenda que Evelina le recomendaba, cogiendo también un par de ellas algo más atrevidas. Al cabo de media hora regresó de la trastienda con los sujetadores colgados del brazo.

—¿Sabes que tenías razón, Avelina? Al final me quedo con este —señalando el de color carne— no sé, no me acabo de ver con estos otros,… será la falta de costumbre, ¿tú crees que le gustará?

—Uy, no me cabe la menor duda, doña Mercedes.

Cuando despidió a doña Mercedes y, ante la falta de más clientela, colgó el cartel de cerrado en la puerta media hora antes de lo habitual con intención de arreglarse un poco porque la función, a la que no pensaba faltar, empezaba a las ocho en punto.

El lleno fue total, todas y cada una de las localidades se vendieron para aquella primera sesión; casi todo el pueblo estaba allí, incluso doña Asunción, que llevaba sin salir de casa desde que había quedado viuda —y de eso hacía ya casi tres años— ocupaba uno de los asientos de la primera fila. Las luces se apagaron puntualmente y un enorme foco iluminó la posición del maestro de ceremonias en el centro de la pista. Se hizo el silencio.

—¡Niños, niñas, señores y señoras!, ¡bienvenidos todos al Gran Circo Cortés, el mayor espectáculo del mundo!, esta noche podrán ver al gran Tom Wise con sus tigres de Arkansas, o a Boris y su espectáculo de osos salvajes… por esta arena que ahora mismo piso correrán en unos minutos preciosas écuyéres a lomos de magníficos caballos… ¡queridos niños y niñas!, apuesto a que nuestro payaso Tony os arrancará más de una sonrisa… y a los papás y mamás, tengan cuidado con sus bolsillos cuando Alexander el mago se pasee entre sus asientos, es capaz de hacer desaparecer lo que lleven encima, e incluso a su pareja… y no olviden fijar su vista en lo alto de la carpa, ¿ven aquellos trapecios?, en unos minutos nuestro grupo de acróbatas harán sus números más arriesgados… y si consiguen permanecer sentados hasta el final… —la orquesta interpretó entonces un redoble metálico de tambor— ¡tenemos en primicia un número jamás visto antes!, pero permítanme que guarde secreto hasta entonces. Señoras, señores, disfruten del mayor espectáculo del mundo, con todos ustedes… ¡el Gran Circo Cortés!

El público despertó de su silencio con un prolongado y sonoro aplauso. De diferentes rincones de la carpa fueron apareciendo varios hombres portando rejas que en escasos minutos conformaron una jaula circular. Tom Wise y sus tigres de Arkansas se introdujeron dentro. Evelina sonrió al pensar que en Arkansas no había tigres, pero olvidó este detalle y al igual que el resto disfrutó mucho con el número, hasta el punto de no poder evitar dar un grito cuando el domador introdujo su brazo en las fauces de uno de aquellos fieros animales.

A este número siguió el de los osos salvajes —que curiosamente respondían a su domador cuando este les llamaba por sus nombres—, y después el de un trío de funambulistas que a más de uno le hicieron apartar la vista en los ejercicios de acrobacia más arriesgados sobre un cable de acero suspendido a más de diez metros del suelo. Después hubo una pausa de media hora para que los operarios pudieran preparar la pista para las siguientes actuaciones.

Evelina se levantó entonces del asiento con intención de salir a comprar algo de beber en el puesto de la entrada. Al girarse sus ojos se cruzaron con los de doña Mercedes, que estaba sentada con su marido unas filas por detrás; esta le hizo una señal de saludo con la mano mientras, llevándose la otra al pecho, le dedicaba una sonrisa de complicidad. Evelina le devolvió el gesto inclinando levemente la cabeza y abandonó su asiento de la tercera fila con algo de prisa. Sintió que necesitaba tomar el aire.

Ya en el puesto de bebidas pidió un vaso grande de limonada y, cuando se disponía a pagar, apareció Miguel por detrás de ella asiéndola por la cintura apenas unos segundos.

—Disculpe, cóbrese de aquí dos horchatas y la limonada de la señorita —le dijo al dependiente entregándole un billete.

—Gracias, don Miguel, muy amable, pero no tenía por qué… —le contestó Evelina apartándose de la fila de gente.

—Estás guapísima, cariño, ese vestido verde te sienta fenomenal —le dijo en voz baja— ¿nos veremos esta noche?

—¿Estás loco?, ¿esta noche?, creo que tienen otros planes para ti…

—¿Planes?, ¿de qué hablas?, hoy es viernes y sabes que los viernes solo tengo ojos para ti.

—Pregúntale a tu querida esposa, anda, ¿acaso no es hoy vuestro aniversario?

El médico se quedó callado unos segundos.

—No me digas que hoy es… ¡vaya, lo había olvidado por completo!

—Así que los viernes solo tienes ojos para mi… —le dijo mientras daba media vuelta dejándole con la palabra en la boca.

Cuando regresó a su localidad la orquesta ya estaba anunciado el número siguiente, el del mago Alexander. Evelina apenas le prestó atención, su encuentro con Miguel y la confirmación de que aquella noche la volvería a pasar sola le había desconcertado y enfadado un poco; en realidad no sabía por qué se lo tomaba así, no era la primera vez que su amante anulaba una cita con ella por tener que atender otros asuntos domésticos. Cuando volvió a centrarse en el espectáculo el mago había desaparecido y su lugar lo ocupaba un payaso que pronto arrancó sonrisas y carcajadas entre el público. Evelina se unió a ellas.

En ese instante, tras la espesa cortina que daba paso a la arena de la pista principal esperaba su turno una mujer muy delgada y calva que apenas sobrepasaba el metro y medio de estatura. Sus pies no dejaban de dibujar pequeños círculos en el suelo de forma repetitiva, no podía evitarlo. De vez en cuando aprovechaba para asomar su picuda y prominente nariz entre las telas. Después de tantos años siendo el hazmerreír de todos cuantos se le acercaban, y de tratar de encontrar un trabajo, hacía un par de meses que había ido a parar al circo de forma fortuita. Y hoy era su gran debut, por primera vez sacaría provecho de ese físico del que tantas veces había renegado.

El payaso Tony acabó su número y abandonó la pista.

—¡Ahí te los dejo!, ¡todo tuyos! —dijo a la pequeña mujer mientras pasaba a su lado.

Se asoma entre las cortinas otra vez y ve la ancha espalda del maestro de ceremonias y su espectacular sombrero volteando en una de sus manos. Lleva un maillot amarillo al que ha cosido una a una cientos de plumas en tonos azules y rojos. Nota cómo los pequeños cañamones están atravesando la delgada tela elástica. Le pica, aprovecha una columna para restregarse. Tiene unas piernas excesivamente delgadas, casi esqueléticas, cubiertas por unos leotardos anaranjados, acabadas en unos zapatos que parecen enormes patas de ave. Esto, junto con su pequeña cabeza desprovista de pelo, sus grandes orejas sin apenas lóbulos, su escasa mandíbula y las grandes y redondas gafas, contribuyen a darle el aspecto avícola por el que la han contratado.

En esos momentos en que cientos de ojos están a punto de clavar su mirada en ella piensa si está preparada para aquello, en realidad se ha pasado media vida ocultándose y siempre ha experimentado cierto miedo escénico a mostrarse ante el público tal y como es. Realmente debe estar ridícula. Se echa las manos a la cabeza y se quita un capirote de plumas que el dueño del circo le sugirió para darle más realismo a su número. “No será necesario”, piensa, “al fin y al cabo los polluelos nacen sin cresta”.

Sigue sintiendo un calor espantoso, duda si será capaz de aguantar mucho tiempo más embutida en ese saco plumífero. Trata de tranquilizarse, aspira llenando al máximo sus pulmones, retiene el aire unos segundos y cuando siente que ya no aguanta más, lo expulsa con fuerza. Lo repite cuatro, cinco veces. Escucha la entradilla de la orquesta, y de nuevo al maestro de ceremonias.

—¡Y hora, el gran momento de la noche!, ¡el número que seguro llevan esperando con impaciencia!, ¡señoras y señores, con todos ustedes, llegada del otro lado del océano, de la misma Amazonia…! —el tambor hace un redoble prolongado— ¡Koo-Koo, la mujer pájaro!

Abre las cortinas tras las que hasta ese momento se ha parapetado y da un tímido paso al frente. La luz de un foco le deslumbra y retrocede un paso cubriéndose el rostro. Siente calor, empieza a notar cómo algunas gotas de sudor empiezan a resbalar por su cara, llevándose parte del espeso maquillaje blanquecino que se ha untado. Da unos pasos al frente colocándose en el centro de la pista. No hace un solo gesto. No se mueve del sitio. La orquesta empieza a interpretar una melodía y ella, enfundada en su extravagante traje, arranca a bailar una grotesca danza alrededor del escenario mientras simula aletear con los brazos cubiertos de plumas. El público no reacciona, el silencio es absoluto. Koo-Koo se para en seco y recorre con sus ojos la platea semicircular.

En la tercera fila se levanta una mujer vestida de verde.

—¡Canta, Koo-Koo!, —le grita— ¡canta!

La mujer pájaro clava su mirada en ella y al cabo de unos segundos se quita las enormes gafas dejándolas caer a sus pies, cierra los ojos y comienza a trinar. Evelina reconoce esa melodía, de repente rompe el silencio con sus aplausos. El público la sigue. El techo de la carpa parece devolver el clamor de la gente como un eco que retumba en las orejas de Koo-Koo. Ya no siente calor. Acaba de nacer una estrella.

El lleno fue total cada día, pasada una semana el circo recogió los trastos y se marchó con la misma expectación que llegó. El campo de fútbol volvió a ser parque de juegos por la tarde y lugar de paseo los domingos.

Aquel último viernes de marzo Doña Mercedes acudió al establecimiento de Evelina con intención de comprar unas medias de rayón que había visto anunciadas en una de esas revistas de moda que Eduardo, el quiosquero, había empezado a traer de la capital. La tienda estaba cerrada y del escaparate principal pendía un cartel en el que se leía “Se traspasa”.

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