Una jaula de grillos

Una jaula de grillosEn apenas sesenta metros cuadrados vivíamos mis tíos, mi primo, el abuelo, y yo. Cada poco tiempo se unían también más de cinco mil grillos que salían de pequeñísimos huevos amontonados en el interior de decenas de cajas apiladas, que acabaron guardadas en el interior de un armario de cerezo en la habitación del abuelo. Las trasladamos allí cuando, según daba a entender el último parte médico, el abuelo había dejado de ser para simplemente estar entre nosotros. El continuo criqueo había logrado acabar definitivamente con la paciencia y el sueño del resto de miembros de la familia; total, él estaba sordo y desde hacía tres años sentía poco o nada; por lo demás, tenía una salud que ya la querríamos cualquiera de nosotros con ochenta y cinco años. Mis tíos, entre otras muchas cosas, se dedicaban a la cría de grillos.

Cuando mis padres me sugirieron la posibilidad, después de varias discusiones acaloradas entre ellos, no pude disimular mi alegría. Tardé poco más de un par de horas en recoger mis cosas más imprescindibles y colocar un par de maletas junto al paragüero de la puerta. Y era verdad. ¿Qué muchacho adolescente no iba a estar encantado con la idea de ir a Madrid a estudiar, bajo la tutela de unos tíos poco exigentes y un primo que no hablaba demasiado y era un poco raro?

En aquélla época la figura de mi abuelo se mimetizaba perfectamente con la del resto de los muebles del recargado salón, pasando casi desapercibido. A media mañana mis tíos, después de asearle y vestirle, le llevaban en volandas hasta colocarle en un sillón orejero esquinado que estaba entre el aparador con la vajilla de porcelana y la mesa de comedor que se usaba solo en contadas ocasiones. Y allí pasaba el día. En aquél sillón de pana verde desgastada por el roce de sus brazos pese a no moverlos le daban de comer, dormitaba y vivía, si a eso se le podía llamar vivir.

Cuando llegué a mi nueva casa mi tío me explicó que el abuelo, antes de que le diera lo que le dio, era un gran lector y que todos los libros del mueble del salón en realidad eran suyos, por eso me dio por leerle en voz alta. A veces escogía una noticia del periódico, otras un fragmento de una novela, e incluso probé con parte de mis aburridos apuntes de clase a la vez que trataba de memorizarlos. Nada. Ni una sola mueca. Empecé haciéndolo todas las noches. Luego fue día sí, día no. Luego, un par de veces por semana. Al final cuando me acordaba, que era casi nunca.

Diez días. Ese era el tiempo que tardaban los pequeñísimos y alargados huevos blancos en eclosionar. Y todos nos poníamos a trabajar. Mi primo tenía encomendada la tarea de vigilar la temperatura de los recipientes de plástico. Pese a lo poco que le gustaba hacerlo, a él también le encargaron ir cambiando de sitio los minúsculos grillos según nacían. Tenía que sacarlos de los recipientes de puesta y trasladarlos uno a uno a otros cubiertos solo con hueveras de cartón. Y tenía que hacerlo cada tres o cuatro horas, para evitar que se comieran a sus hermanos antes de romper el huevo. En una ocasión se le olvidó hacerlo y mi tío se enfadó muchísimo con él, echándole en cara que estaba medio atontado y que o espabilaba o le metería interno en un colegio, porque para lo que le servía en casa…

A mi todo el asunto este de los grillos me divertía mucho. En una ocasión entré por la noche al cuarto del abuelo y, linterna en ristre, abrí el armario y con mucho cuidado fui separando en cajas diferentes los machos de las hembras. Mi tío amaneció dando gritos por toda la casa. Descubrió que alguien había manipulado el terrario de los adultos y que era lógico que no hubiera un solo huevo porque era imposible que machos y hembras se encontraran.

A raíz de aquello, mi tío me prohibió terminantemente acercarme a cualquier grillo vivo. Me incluyó en las tareas de lo que él llamaba la “intendencia”, o sea, el montaje de los terrarios. Pasé muchas tardes en la cocina triturando decenas de esqueletos de mazorcas de maíz, con los que preparaba la cama donde los grillos ponían las puestas. De paso separaba los granos de maíz, que aprovechaba mi tía para hacer unos deliciosos pasteles que envasaba, etiquetaba y vendía a las conocidas del barrio. También me ocupaba del montaje de los bebederos, o de la instalación de luces en el interior del armario para controlar las horas de luz y oscuridad.

A pesar de que se suponía que gran parte de los ingresos familiares procedía de la venta de grillos —a excepción de los susodichos bollos y otros negocios que solo mi tío controlaba—, y que todos debíamos contribuir al negocio, mi tía se las ingeniaba para dedicar el menor tiempo posible a los grillos. Se refería a ellos como los “bichos” y procuraba no asomarse al interior del armario del abuelo nunca. Le repugnaban, así que se pasaba gran parte del día fuera de casa, haciendo nadie sabía muy bien qué.

El abuelo no siempre estuvo así. Los recuerdos que tenía de él antes de que sufriera la embolia me lo dibujaban como un hombre inquieto, embarcado siempre en varios negocios a la vez en los que, dicho sea de paso, rara vez tenía éxito. Era de esas personas que llamaban la atención por su buena planta, era alto, corpulento, siempre perfumado y sin una sola arruga en el traje. La enfermedad le convirtió en todo aquello que detestaba, un ser inmóvil, de cérea palidez y huesos prominentes, sumido en el silencio y dependiente de su familia hasta para hacer sus necesidades. “No siente nada”, dijeron los médicos. Y a todos nos quitaron un peso de encima.

El único al que el nuevo estado del abuelo no pareció molestarle fue a mi primo, hasta el punto de pasar más horas sentado en una banqueta frente al sillón orejero verde del salón que en su —ahora nuestra— habitación. Nadie le daba la mayor importancia a aquellos monólogos con el abuelo, nadie salvo yo. Más de una vez acerqué la oreja a la puerta para tratar de enterarme de lo que pasaba allí, pero solo alcanzaba a escuchar un susurro ininterrumpido. ¿Cómo era posible que se pasara el día allí metido charlando con el abuelo cuando con el resto apenas cruzaba palabra?

Por norma nunca se almorzaba en el salón. Por norma, excepto el 14 de abril de cada año. Ese día mi tía se encerraba en la cocina desde que asomaba el sol y preparaba platos típicos cuyas recetas rescataba del viejo cuaderno de su madre, que antes fue de la madre de su madre. Mi tío por una vez se despreocupaba de los grillos y se ocupaba de vestir la mesa con la mantelería de hilo, la vajilla de La Cartuja, la cubertería de plata y las copas de La Granja que les regalaron los abuelos cuando se casaron. Mi primo se ocupaba de afeitar al abuelo ese día y de ponerle una chispa de colonia “de la cara” en las mejillas y en las muñecas, de la que guardaba el tío en la cómoda como si de una joya se tratara. Y yo, yo me dedicaba a entorpecer a todos un poco.

Era mi primera comida en el salón. Al abuelo le sentamos presidiendo la mesa, tuvimos que ponerle varios cojines en el asiento para alzarle un poco y evitar que su barbilla tropezara con el plato sopero. Mi tío se empeñó en abrir una botella de vino que el abuelo había guardado desde 1931 y que se trajo de su última visita a la casa del pueblo, y también en que mi primo y yo nos mojáramos al menos los labios con ellos para brindar. Estaba más dicharachero que de costumbre, y aprovechaba cualquier viaje de mi tía a la cocina para bromear sobre la calidad de tal o cual plato sin que esta le escuchara. Comimos, bebimos, y reímos como hacía tiempo. Incluso mi primo.

Entre las perdices escabechadas y las gachas dulces, el abuelo empezó a hablar.

—¿Qué has hecho insensato?, ¿no sabes que este vino, con los años que tiene, tendrías que haberlo abierto como mínimo tres horas antes de servirlo? —dijo en voz baja dirigiendo los ojos a su derecha, donde se sentaba su hijo.

A mi tía se le cayó el cazo de servir las gachas sobre uno de los platos, partiéndolo en dos.

—¡Papá! —pudo articular mi tío pasados unos segundos.

—Dame un poco de agua, anda, tengo la garganta reseca —continuó.

Mi tío le acercó un vaso de agua y le dio de beber con una de las pajitas habituales. Ninguno dijimos nada. Cruzamos miradas entre nosotros preguntándonos qué estaba pasando.

—¿Cómo es posible?… no me lo puedo creer, ¡papá!, ¿cómo te encuentras?

—Uy, hacía mucho que no me encontraba tan bien.

—¿Puedes, puedes…?

—¿Moverme?, no, en eso los médicos no se equivocaron.

—Pero ¿desde cuándo…? —le preguntó acercándose a su oído.

—¿Estoy con vosotros? Llevo el suficiente tiempo “despierto” como para saber cómo funcionan las cosas aquí, o mejor, cómo no funcionan en absoluto. Y oigo perfectamente, no hace falta que me grites.

—Pero, ¿por qué…?

—Dime, hijo, ¿les has preguntado a ellos en alguna ocasión si son felices criando grillos?, porque que yo sepa solo a ti te gustan esos ruidosos y repugnantes bichos. Te invito a que esta noche te vengas a mi habitación a tratar de dormir, la verdad es que unos tapones no me vendrían mal.

—Papá, quizás deberías descansar por hoy —dijo mi tía mientras se levantaba de su silla y se acercaba al sillón del abuelo.

—Querida nuera, no es necesario que te preocupes tanto por mí, ¿acaso no es cierto lo que digo? Dime, ¿por qué te pasas la mayor parte del tiempo fuera de casa?, ¿le has contado a este infeliz con quién te reúnes?, creo que vuestro hijo lo sabe bien, ¿verdad?, es un chico curioso por naturaleza —dirigió la mirada hacia mi primo—, aunque yo diría que a estas alturas lo debe saber todo el barrio.

Mi primo se sonrojó, agachó la cabeza y no despegó los labios. Mi tía calló y regresó a su silla. Mi tío le dirigió una mirada interrogatoria.

—¿Y tú? —dijo mirando de nuevo a mi primo—, ¿no tienes esta vez nada que decir? ¿Por qué no les cuentas a tus padres que no quieres seguir estudiando ciencias y que lo que verdaderamente te gusta es la literatura?, ¿y que tus escapadas al salón no son para hacerme compañía sino para leer todos y cada uno de los libros del mueble, mis libros?

—Abuelo… —me atreví a decir por fin.

—No, no me he olvidado de ti, ya no tendrás que escuchar más detrás de la puerta, misterio resuelto ¿no? Por cierto, ¿qué sabes de tu padre?, se le ha debido olvidar que él también tiene uno, un poco mueble, pero padre al fin y al cabo. Y ahora, si me permitís, estoy un poco cansado, demasiadas emociones para el primer día, si fuerais tan amables de llevarme a la cama… por cierto, ¿por qué no habéis puesto la tricolor este año en el balcón?

No llegamos a probar las gachas dulces. Entre mi tía y mi tío le llevaron en volandas a su habitación. Le acostaron. Mi tío nos organizó e hicimos una cadena para sacar una a una las cajas de grillos del armario de cerezo de su habitación. Las colocamos provisionalmente en el cuarto de baño pequeño y cerramos la puerta. Apenas se oía su criqueo desde la cama del abuelo. Este cerró los ojos.

Aquella fue la única vez que escuché a mi abuelo decir algo en la casa de mis tíos. A la mañana siguiente volvió a callar, pero esta vez para siempre. Los grillos, como era de esperar, pasado el funeral volvieron a aquél armario de cerezo, y yo con ellos, por fin disfruté de una habitación para mí solo.

Meses después las clases acabaron, y yo regresé con mis padres al pueblo. Las noches de verano en aquella casa eran frescas y tranquilas. Solo el canto de dos grillos que colgué en una pequeña jaula del alféizar de la ventana rompía el silencio. Su canto me llevaba entonces a la ciudad. Después, dormía.

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2 comentarios en “Una jaula de grillos

  1. Luis dijo:

    Dos reflexiones:
    Una: Me parece tan dificil ser tan constante escribiendo, y más cuando no veo apenas comentarios de respuesta a tus textos… Yo me asomo de vez en cuando. Cuando puedo. Me queda un texto pendiente.
    Dos: No soy un entendido, únicamente soy un lector, pero tus textos yo diría que mantienen siempre un magnífico nivel. Creo que eres realmente buena.
    Un saludo.

    • salytierra dijo:

      Muchas gracias por tus amables comentarios, Luis. Ojalá tuviera más tiempo para poder escribir mucho más. Gracias por bucear de vez en cuando entre esta, mi Sal y mi Tierra. Un abrazo.

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