La carrera

barco—Rema, Diego, rema, yo te ayudo —le animo mientras me siento en el suelo tras él sobre la improvisada embarcación de cartón que hemos construido. Cojo el par de bastones rojos con los que solemos ir al campo y simulo que son remos.

—Pero si las mujeres no tienen casi fuerza, mamá, ¿cómo vamos a llegar los primeros?, haremos el ridículo —Diego toma sus pequeños bastones azules del suelo y se resigna a remar también, resoplando en cada palada.

—¿Y quién te ha dicho eso?

—Lo dice Guille, que se lo ha dicho su padre.

—¡Será bobo!, apuesto a que el papá de Guille nunca ha echado una carrera a una mujer con una barca como la nuestra.

—Ya, si eso le digo yo a Guille, que no te conoce, y que eres la mamá más fuerte del mundo, que eres capaz de llenarte los brazos de bolsas en el súper y llevarme a mí a caballo a la vez, o de empujar un árbol enorme hasta hacerlo caer, mamá, ¿te acuerdas cuando tumbaste el manzano del abuelo de un empujón?

—Estaba malito, Diego, el manzano apenas se sostenía en pie, pero sí, ¡soy una mamá muy fuerte! —le contesto mientras simulo hinchar los músculos del brazo—, ¿tú sabes quién era Popeye, Diego?

—Sí, mamá, el de las espinacas, me lo has enseñado mil veces en el ordenador —Diego se gira hacia mí, por un momento suelta los remos imaginarios.

—Diego, ¡no sueltes los remos o se hundirán y los perderás! —le grito exagerando una reprimenda mientras frunzo el ceño. Diego mira rápidamente de nuevo hacia delante.

—Uy, es verdad, mamá, ¡casi los pierdo!, —chilla mientras retoma los remos— ¿te imaginas que se llegan a caer al fondo?, mamá, ¿hay tiburones ahí abajo? —pregunta mientras simula asomarse por estribor.

—Espero que no, cariño, este agua está helada y a los tiburones les gusta más las calentitas, de todas formas ¡agarra fuerte tus remos, anda!

—Oye mamá, ¿seguro que ganaremos esta carrera?

—Seguro, lo que tenemos que hacer es remar con todas nuestras fuerzas y los dos a la vez, eso es muy importante, si no daremos vueltas y vueltas… ¡Cuidado con aquellos, Diego!, ¡por tu izquierda! —le señalo en dirección a la caja de sus juguetes— a la de tres rema lo más fuerte que puedas, 1, 2…

—¡…3! —grita Diego mientras hace girar el supuesto remo a toda velocidad— ¡los hemos dejado atrás, mamá, los hemos dejado atrás!, ¡hemos ganado!

—¿Ves?, ¿somos o no un equipo? —Diego y yo soltamos los remos, nos ponemos de pie y chocamos las manos varias veces.

—¡El mejor equipo del mundo, mamá, tú y yo!, ¡no necesitamos a papás como el de Guille para ganar!

—Claro que sí, cariño, ¡somos los mejores!, mamá y Diego, juntos, ganarán todas las carreras que se propongan —nos abrazamos.

—Mamá.

—Dime.

—Hemos quedado que tú eres tan fuerte como el papá de Guille, ¿no?

—Más, mucho más fuerte que el papá de Guille —le sonrío—, ¿te enseño otra vez mis super-músculos?

—Y que esta barca es solo para dos, ¿no?

—Pues sí, me temo que sí, salvo que construyamos una más grande, cosa que tendremos que hacer en breve como sigas creciendo así de rápido.

—Entonces, no necesitamos más remeros en el equipo, ¿verdad, mamá?

—No, este equipo está completo.

—Entonces ¿por qué tu amigo Pablo dejó el otro día sus remos verdes en el paragüero de la entrada?, le vas a decir que se los lleve, ¿verdad, mamá?

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