Poinsettia

PoinsettiaJoder, cariño, ¿te he dicho lo poco que me gusta que te mueras? No, no te lo he debido decir. ¡Te prohíbo que te mueras! La primera vez que te prohíbo algo, porque no dirás que me he metido mucho en tus cosas todo este tiempo, que siempre has entrado y salido cuándo y como has querido, como aquella vez que te marchaste una semana dejándome una pequeña nota en el reverso de la cuenta del supermercado, sobre la encimera, “Volveré”, decías, y volviste, y yo no te pregunté dónde habías estado, y mucho menos con quién. No puedes morirte, y te voy a dar unas cuantas razones, a ver si por una vez me haces caso, o si los años que te saco tienen más peso que la testarudez de tu juventud, “habló el abuelo”, seguro que me dirías burlándote de mí y mi “complejo”; y cómo no quieres que lo tenga, si cuando vamos juntos de la mano los hay que hasta se dan la vuelta. No puedes irte sin más, no ahora, no hasta que me hayas revelado el secreto para hacer una bechamel tan deliciosa y fina como la tuya, sin grumos, en su punto exacto, ¿no te das cuenta de la cantidad de platos a los que tendré que renunciar si te vas ahora? Y qué sé yo de plantas, nada, estos días de hospital me las estoy viendo canutas para adivinar a cuáles de tus decenas de tiestos de la terraza tengo que regar por la noche y a cuáles por la mañana; ahora que empieza a refrescar, ¿tengo que meter la poinsettia dentro?, no quiero ni pensar cómo te pondrás si se hiela, con el cariño que la tienes, tu preferida; sí, ya sé que es la única maceta que te trajiste de casa de tu madre cuando viniste a vivir conmigo al ático, hace ya casi cuatro años. Podías despertar al menos unas horas y explicarme estas cosas, tus cosas. Hace frío aquí, o lo tengo solo yo. Tus manos están calientes, siempre tienes las manos calientes, aunque haga bajo cero en la calle y vayas sin guantes, siempre calientes, eso me gusta de ti; y qué no me gusta, si me pareces una diosa, si estoy loco por ti. Voy un minuto fuera, se han empeñado en no dejarme ver cómo te asean cada día, como si nunca te hubiera visto desnuda. Ni te muevas de ahí. Qué tontería. Tu piel, cariño, tu piel, no sabes cómo la añoro. ¿Te reirás de mí si te cuento que desde que no estás en casa me pongo tu sudadera blanca para dormir? Sí, la de Betty Boop que nunca te quitas. Huele a ti. ¿Ves como no puedes dejarme? No puedes hacerlo hasta que no me hayas contestado a lo que el otro día te pregunté, ¿te acuerdas?, claro que te acuerdas, pero como todo te lo tomas a broma; y yo desde entonces no dejo de darle vueltas, porque no es fácil de entender que una chica como tú haya optado por despertar cada mañana junto a un tipo como yo, así, por decisión propia, o que tus ojos tengan un brillo especial desde entonces. Insisto, no puedes dejarme, si en realidad sé cuatro cosas de ti, como que frente a una taza de chocolate el café no tiene nada que hacer, o que no cuesta trabajo arrancarte la primera sonrisa cuando amaneces, que para ti el periódico empieza siempre por el final, que te gusta el olor de las pinturas de madera, o que eres capaz de dormirte hasta con la mejor de las películas si dejo que te acurruques bajo mi brazo; y poco más, ¿lo ves?, dame más tiempo, necesito más tiempo, porque eres una incógnita para mí, lo fuiste aquella tarde que nos encontramos fortuitamente en una tertulia de esas para intelectuales en la que ninguno de los dos sabíamos muy bien que pintábamos —aparte de acompañar a un amigo común que publicaba su primera novela—, y lo sigues siendo ahora, tengo la sensación de que necesitaría otra vida para desvelar todos los secretos que encierran tus ojos. Qué curioso, estás a punto de dejar esta y yo te pido otra vida más a mi lado. Está bien, seré paciente. ¿Hablamos de lo inmediato? las navidades, las “jodidas navidades” —que dirías tú—, ¿quieres que compre un árbol y unas guirnaldas de colores o hacemos como el año pasado, que no hicimos nada? No sé por qué tienes esa manía visceral a estas fechas. Pues yo ya te he comprado un regalo, en cuanto vuelvas a casa lo verás. ¿Que qué es? Tú y tu impaciencia. No, no me tires de la lengua. Está bien, sobre la mesa baja del comedor te he dejado una inmensa poinsettia, blanca esta vez, ya sé que nunca competirá con la de tu madre pero esta, al menos, te la he regalado yo. Y por cierto, sigo sin saber si la de ella he de meterla dentro o no, ahora que vienen las primeras heladas. Cuántas dudas. Joder, cariño, ¿te he dicho lo poco que me gusta que te mueras?

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4 comentarios en “Poinsettia

  1. Cristina dijo:

    Que bellas y duras palabras, como duelen!!!! Al pensar en la muerte me estremezco y me entran ganas de vivir mucho mas y de disfrutaros a tope a todos los q os quiero.

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