Evocaciones

vías de trenHora de recordar. Una se despedaza con el tiempo. Igual que la madera. No envejece, aunque también, solo se despedaza por dentro. Deja de ser. Poco a poco. Se vive para evocar. Pero el qué. Los amaneceres húmedos. La tierra caminada. Los sueños que te despertaron. Los carámbanos en la cornisa. Las pieles perdidas. Los caprichos del viento enredado en el pelo. Las letras abandonadas en una pared. El olor de la lluvia en verano. El balanceo de la mecedora. El tacto de la piedra blanca. Aquella melodía. Su voz. El lila pálido del edredón. La camisa mil rayas. Los rostros tras las ventanillas. El sonido del tren. Una está indefensa ante los recuerdos. Y sin embargo.

Bastaba una leve vibración en la planta de sus pies descalzos para sentir cómo su corazón se aceleraba, entonces se quitaba la venda de los ojos y unos segundos antes, casi en el límite, pegaba un enorme salto hacia atrás dejando pasar el tren a toda velocidad. Cosas de niños. Ellos bravuconeaban a menudo pero ella, la única chica, siempre era la última en separarse de las vías.

—¡No vale! ¡Eso es hacer trampa!, —la increpaban cuando la veían prepararse desabrochándose las trabillas de sus zapatos.

—¡Pues descalzaros como yo! —pero a la hora de la verdad ninguno se atrevía a hacerlo, y ella reía sin parar una y otra vez. Y se sentía grande. Y valiente.

Hora de regresar. Nada. Silencio. Una chimenea apagada de conversaciones me recibe, ansiosa de saludarme. «Tranquila, estoy mucho mejor, ha pasado tanto tiempo». He vuelto. Sí, lo sé, lo supe cuando decidí marchar. Toda elección implica una renuncia. ¿A qué? A despertar cada mañana envuelta en el silencio de esta casa, la nuestra. A pasar más otoños escuchando el crujir único de mis pasos sobre las hojas. A poder dormir en cualquier lado de la cama. A no verme reflejada en el fondo de otros ojos. A cocinar en el cazo pequeño. A leerme en voz alta fragmentos de un poema que ya me leyeron antes. ¿Y a qué has vuelto? A volver a escuchar el sonido del tren a través de mis pies.

Sesenta años después, sigue usando zapatos planos con trabillas. Se sentará con dificultad sobre uno de los montones de piedras próximas a las traviesas y se los desabrochará. Se acercará a la vía y recordará lo poco que le costaba antes caminar descalza por esos afilados guijarros. Notará el calor del raíl en sus pies. Sacará del bolsillo de la falda el pañuelo blanco con sus iniciales. Las de él. Se lo anudará cubriendo sus ojos. Extenderá los brazos en cruz para tratar de mantener el equilibrio. «No tengo la misma agilidad que antes», pensará. Y esperará. Sin moverse apenas. Diez minutos, quince, veinte. Y de repente sentirá una leve vibración en la planta de los pies, y notará cómo su corazón se acelerará. Y se quitará la venda de los ojos con las dos manos. Y unos segundos antes, casi en el límite, pensará que sería el momento justo de dar un enorme salto hacia atrás para dejar pasar el tren a toda velocidad. ¡Un enorme salto!

NOTA: Relato presentado al XXXI Concurso de Cuento y Poesía de Vicálvaro (13/03/2014).

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9 comentarios en “Evocaciones

  1. Luis dijo:

    Mi enorme admiración por tu prosa. Por tus magnificas imágenes. por lo que dice tu relato y tambien por lo que no dice.
    Cuando aprenda quiero escribir como tú.
    Chapeau.

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