Ella o Él

hombre-mujerHA SIDO UN FLECHAZO, ME HE ENAMORADO DE MÍ. ¿Acaso alguna vez no han deseado ser su propia pareja?, ¿ser el otro, o la otra?, ¿no se han deseado nunca? Anoche me vestí para mí, quería sorprenderme, seducirme, hacer que me volviera loco, completamente loco por mí. Tenía toda la tarde para realizar la transformación, pensé que sería suficiente, imaginé de lo que son capaces de hacer los actores en los entreactos cuando han de dar vida a varios personajes en la misma obra y estaba seguro de que yo algo podría hacer en este tiempo. Lo que más me costó fue depilarme por completo, unas cuatro horas de sudores y gritos, porque llorar no lloré por vergüenza, por si me oían los vecinos. Si hay algo que siempre he aborrecido en las mujeres es el vello corporal desmesurado y fuera de lugar, y si algo me caracteriza —y que muchas mujeres no han sido capaces de soportar—es lo peludo que soy, tengo largos pelos negros en las piernas, en el pecho, en la espalda, en los nudillos e incluso en los dedos de los pies. Luego me enfrenté al hecho de tener que dejar mi cara tan suave como un melocotón; recuerdo que una vez salí con una mujer de esas que son capaces de arrancar piropos tanto a hombres como a mujeres, a la que dejé con el primer beso precisamente por su bigote. No soy de los que se afeitan a diario y por temporadas me suelo dejar una barba de esas de cuatro días que dan un aspecto desenfadado y moderno. Tampoco disponía de tanto tiempo porque había quedado a las nueve y, a diferencia de muchas mujeres, soy terriblemente puntual y me irrito con los que no lo son, así que intenté acelerar los preparativos, pensé que sería buena idea tratar de  abrirme los poros de la cara haciendo unos vahos con vapor de agua a la que se me ocurrió añadir —todavía no sé porqué­— unas gotas de lavanda, apuré bien mi barba con una maquinilla nueva, cerré un par de cortes que me hice con un poco de aloe vera, me afeité las patillas y me unté bien la cara de crema hidratante. Pasé las manos por el mentón y los carrillos frente al espejo y me sorprendí del resultado, parece increíble lo suave que puede llegar a ser la piel. Todavía recuerdo las discusiones que tenía con Marina—mi segunda ex mujer— por el tiempo que tardaba en arreglarse cuando salíamos; yo llevaba cinco largas horas ya y aun no me había vestido ni maquillado. Conforme avanzaba la tarde me fui poniendo nervioso, no sé qué sensación me causaría a mí mismo en esta primera cita después de mis últimos fracasos, aunque es cierto que estos fueron con mujeres y que en esta ocasión me estrenaría por primera vez con un hombre. Me pregunté cómo serían los primeros segundos, ¿cómo acercarme a mí?, ¿con un apretón de manos formal?, ¿o dos besos educados y distantes?, y si me lanzara con un solo beso en la mejilla ¿no sería demasiado atrevido para la primera vez?; con las mujeres de hoy pocas veces se acierta, si muestras caballerosidad te pueden etiquetar de machista y, si no lo haces, de maleducado. Por la mañana me hice con un arsenal de cosas variadas en una perfumería. Con el maquillaje tuve algún que otro problema por mi obstinación de siempre porque, aunque soy de ojos verdes, me emperré en pintarlos de azul y, tras media hora de retoques y correcciones, me di cuenta de que desentonaban por completo con el vestido en tonos tierra que había elegido, y de que algo tendría que hacer con mis pobladísimas cejas si no quería provocar una estampida nada más verme. Rebusqué en el cajón del armarito del baño y encontré unas pinzas de depilar que Marina había dejado olvidadas —como tantas otras cosas que seguían ocupando parte de mi armario y, lo peor, de mi cabeza— en su rápida mudanza hacía ya ocho meses. Me armé de paciencia para intentar descargar las cejas y, lo más difícil de todo, dejarlas más o menos simétricas; después volví a delinearme los ojos, a pintarme los párpados, esta vez con una sombra marrón, y a alargarme las pestañas con un rímel que me aseguraron tenía efecto volumen por su fórmula enriquecida con colágeno —como si yo supiera qué era aquello—. El pelo no me dio demasiada guerra, suelo llevarlo un poco largo para ser hombre, así que decidí anudármelo en una pequeña cola de caballo baja y engominarlo un poco para resaltar su color negro. No sabía qué restaurante reservar, la nueva cocina minimalista sorprende pero suele dejar con hambre, la tradicional puede resultar demasiado campechana y tosca, la temática es un riesgo porque no a todo el mundo le gusta arriesgar probando nuevos sabores —aunque pocas cosas encuentro más eróticas que ver cómo se prepara el sushi y se usan los palillos para introducir los paquetitos de arroz en la boca—, así que al final me decidí por un restaurante que se había puesto de moda hacía menos de un año, de esos que dicen con mucha personalidad y encanto, con sabor a mediterráneo y con una carta de platos cuyos nombres ni eran rimbombantes ni rebuscados. Acabé de arreglarme, me puse el vestido y lo acompañé de unas manoletinas planas de Marina —no me veía capaz de andar con soltura con tacones— y una cartera de mano a juego. Me apretaban un poco pero en aquella ocasión me alegré de haberme casado en su día con una mujer con un cuarenta y dos de pie que casi me sacaba una cabeza. Antes de salir me miré en el espejo de la entrada, estaba preciosa.

LA NOCHE FUE UN DESASTRE, ACABÉ POR NO SOPORTARME. Me vi llegar desde lejos, arrogante, prepotente, de aire chulesco. Entré en el restaurante dejándome atrás, moviéndome con familiaridad entre las mesas y saludando a los camareros como si los conociera, aunque reconocí después que era la primera vez que cenaba allí. Pedí más platos de los que hubiéramos sido capaces de acabar si hubiéramos venido el doble. No dejé de hacerme preguntas incómodas y personales relacionadas con mis anteriores relaciones, como si fuera una mujer acostumbrada a pregonar mis éxitos y fracasos amorosos al primero que llega, con lo celosa y protectora que soy de mi intimidad. Ante mi silencio, me hice el protagonista absoluto del resto de la velada, aburriéndome primero hasta la saciedad con las operaciones mercantiles que mi empresa estaba a punto de acometer, para pasar después a relatarme la vida y milagros de mi ex mujer, detallándome casi a modo de diario la época en la que nos conocimos en la facultad, cuando hicimos aquél viaje por Asia, o compramos nuestro primer apartamento en el centro, cuando nos casamos, y cuando, hace ocho meses ya, ella decidió abandonarme dejándome una escueta nota pegada a la nevera, después de diecisiete años de aparente feliz convivencia. Ni un halago a mi vestido, ni a mi peinado, ni a nada resultado de las seis horas que había empleado en arreglarme para mí. No me extraña que Marina me abandonara.

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