Otto

OttoHay personas que viven a contracorriente. Yanet es una de ellas, trabaja de noche, se viste de colores claros en invierno, se casó con un hombre mayor que ella por amor, y comparte piso con un escuálido galgo al que no soporta. Sirve copas en una de esas salas de fiesta que se esfuerzan por crear ambientar caribeños de cartón piedra para corazones nocturnos y solitarios como ella. Con los años se ha convertido en una experta en pérdidas, sus padres, su pareja, su tierra, sus sueños. Ya no quiere saber más de los hombres. Aún no ha aprendido a vivir sola, aún no se ha acostumbrado a su ausencia, tampoco a la presencia huérfana de las cosas de las que no es capaz de deshacerse pese al tiempo que ha pasado ya, como su colección de láminas de trenes, las cajas de minerales que fue recopilando de mercadillo en mercadillo o su surtido de camisas de seda que le siguen ocupando medio armario pero que no es capaz de sacar fuera.

Las persianas de su habitación, en el tercer piso, son las únicas del patio interior que permanecen totalmente bajadas durante el día. Esta mañana no, la luz del sol inunda su habitación; frente al armario abierto recorre las perchas con las manos varias veces tratando de decidir qué ponerse para la cita a la que está obligada a ir. Piensa si lo correcto sería ir vestida de negro, aunque en realidad a él jamás le gustaron los colores oscuros. Finalmente toma un vestido color turquesa que tiene colgado detrás de la puerta del dormitorio —como tu mar, recuerda que solía decirla—, acaba de arreglarse y sale dando un portazo. Va con el tiempo justo.

Una vez en la sala de espera, lo único que separa a las dos mujeres que apenas se han dirigido una rápida y escrutadora mirada es una pequeña mesa de cristal sobre la que se apilan varias revistas perfectamente alineadas. Ni siquiera se han cruzado el “buenos días” que marca la buena educación. Extrañas. Íntimas a la vez.

Yanet se levanta y saca un café de la máquina que queda junto a la ventana de la sala. La otra mujer —unos quince años mayor que ella— aprovecha el momento para fijarse con más detalle en su ajustado vestido turquesa y los altísimos zapatos negros con los que taconea el suelo de madera; “hace no tanto yo también podía con ellos” —piensa—; toma una de las revistas y comienza a pasar sus páginas sin prestarlas en realidad atención alguna.

El reloj avanza, en la sala tan solo se escucha un débil hilo musical.

—Te puedes imaginar que yo tengo las mismas ganas de estar aquí que tú, Yanet. Perdona, eras “Yanet” ¿no? —comenta la mujer de más edad rompiendo el silencio de la salita de espera.

—Perdone, mi amor, creo que no nos han presentado.

—La verdad es que a Julio siempre le gustó lo exótico, de hecho ¿no fue en Santo Domingo donde te conoció?

—Soy Yanet, sí, y sepa usted que nos conocimos en La Habana, la isla más bonita del Caribe, mi niña. ¿Y usted?, ¿cómo se llama usted?, porque la verdad es que él nunca me dijo su nombre…

—Aurora, me llamo Aurora.

—Pues iba a decir que encantada de conocerla pero a estas alturas nos podemos ahorrar el protocolo ¿no le parece?

—Como quieras, yo estoy acostumbrada a los buenos modales, igual tú, con tus costumbres…

—¿De qué costumbres me habla, señora?, ¿usted qué se ha creído?, en mi país tenemos tan buenas escuelas como aquí, e incluso mejores.

—Perdona, mujer, no quería ofenderte.

—Disculpada.

A Yanet le suena el teléfono. Sale un momento fuera de la sala. Cuando regresa, Aurora se ha sentado junto a la butaca que ella ocupaba.

—¿Y cuándo fue la última vez que…? —retoma la conversación Aurora.

—¿Qué le vi?, hace siete meses,… y tres días, ¿y usted?

—Pues unos cuatro años, desde que marchó de casa un día diciendo que bajaba al perro a la calle un rato y ya no le volví a ver más. Todavía me pregunto qué haría con nuestro Otto, recuerdo que llené el barrio de fotos suyas.

—¿Que ese saco de huesos es suyo?

—¡Ay, no me digas que Otto sigue vivo!

—¿Vivo, dice?, ya no sé qué hacer con él, me tiene destrozados la mitad de los muebles. Al parecer esta vez Julio se olvidó de llevárselo con él…

—¡Ay, qué alegría más grande!, no te importará que lo recupere…

—A mí como si se hace un abrigo con él, la de pelitos que suelta por toda la casa, me tiene desesperada, con la alergia que me dan. Anda que no discutí veces con Julio a causa del chucho, y yo que pensé que lo había recogido de la calle,… al menos eso fue lo que me dijo. Que si cielo, cómo nos vamos a deshacer de él, con lo mal que lo ha debido pasar, que si ya verás lo bueno que es,… ¡una calamidad de perro!, eso es lo que es, con esa cara de pena y de hambre que tiene siempre.

Aurora está a punto de levantarse y estrechar a Yanet entre sus brazos, pero logra controlarse y se limita a dedicarle una leve sonrisa. Mira el reloj. El abogado debería haberlas hecho pasar al despacho ya. “Tan puntual como siempre”, piensa. Se acerca a un dispensador de agua y se sirve un vaso.

—¿Quieres? —se dirige a Yanet señalando el vaso— está fresquita, con el calor que hace aquí…

—No, gracias.

Las dos mujeres vuelven al silencio inicial. Yanet saca una lima del bolso y comienza a arreglarse las uñas.

Aurora hojea otra revista.

—Me pregunto quién elegirá las revistas que ponen en estos sitios, ¿tú crees que le interesarán a alguien?

Yanet no contesta, continúa a lo suyo, rebusca en un pequeño neceser y saca un esmalte color turquesa, como su vestido.

—¡Y yo que pensé que a Julio solo le gustaban las uñas rojas…! —susurra Aurora en un tono muy bajo—, lo que descubre una.

—¿Perdone? —replica Yanet.

—Nada, nada, pensaba en voz alta.

—La he oído perfectamente. Pues sabrá que a Julio le encantaba que me pintara las uñas del color de la ropa que llevaba… y hoy, hoy toca turquesa, ¿ve? —la contesta mientras agita una de sus manos enseñándole las uñas.

—¿Y qué más cosas le gustaban a tu Julio?, porque claro, ahora parece que no estamos hablando del hombre con el que estuve casada doce eternos años…

—Usted doce, y yo cuatro, que digo que algo sabré también de él ¿no?

Ambas vuelven a guardar silencio. La puerta de la sala se entreabre y la joven de la recepción les confirma que en breve don Luis las atenderá.

—Pues dígale de mi parte a don Luis que no tengo toda la mañana para él —replica Aurora—, con un poco de suerte es la última vez que vengo a este despacho —dice casi en un susurro.

—Eso espero.

Al cabo de un cuarto de hora regresa la joven y las hace pasar al despacho del notario. Don Luis estrecha la mano de ambas mujeres y las invita a tomar asiento.

—Pues, sin más dilación, procederé a leer el testamento de su exmarido, asunto por el que las he citado hoy —las informa mientras alterna su mirada de una a otra mujer.

El hombre abre un sobre sellado y comienza a leer: “En Madrid, mi residencia, a catorce de noviembre de 2007. Ante mí, don Luis Muñoz Hernández, Notario del Ilustre Colegio de… Comparecen doña Aurora Campos Merino, exmujer de don Julio García Cifuentes, natural de Madrid, nacida el tres de marzo de 19…”

—¿No podría saltarse todos los formalismos, don Luis? —le interrumpe Aurora— que, al menos yo, le conozco desde hace años y confío en que todo estará en regla; si tú no tienes inconveniente, claro —apunta mirando a Yanet.

—No, ningún problema por mi parte, cuanto antes acabemos mejor.

—Como quieran, de cualquier forma ambas se llevarán una copia del documento, que deberemos firmar los tres. Continúo pues: “Que ordena su última voluntad a tenor de las siguientes cláusulas:

PRIMERA: Lega a doña Imelda Ramos Peña, natural de Manila (Filipinas), el usufructo universal y vitalicio de la totalidad de su herencia…

SEGUNDA: Instituye por sus únicos universal herederos por partes iguales a los dos hijos que tiene con la mencionada anteriormente, Nimuel y Dalisay Muñoz Ramos, y a los demás hijos que puedan tener en el futuro…”

—¡Un momento, un momento!, ¡no corra tanto, don Luis! —le interrumpe Aurora poniéndose en pie, siguiéndola en el gesto Yanet, que también se levanta de la silla— ¿Imelda?, ¿Filipinas?, ¿hijos?, pero ¿se puede saber de qué está hablando?, ¿está seguro de que eso lo dictó mi —cruza una rápida mirada con Yanet— nuestro exmarido?

—Pues sí, parece que… —intenta aclarar el notario.

—¿Y de doña Aurora Campos Merino, qué dice? —pregunta Aurora dando un golpe en la mesa del notario.

—Eso, eso ¿y de Yanet Márquez Cabrera? —apunta Yanet— ¿de su Yanet, su “cielito caribeño”, no dice nada?

Aurora la mira fijamente.

—Pues no, parece que no las menciona a ninguna de las dos…

—¿Y dónde está, si puede saberse, esa Imelda?, ¿por qué no la ha citado como a nosotras? —pregunta Aurora.

—Pues porque no hemos sido capaces de localizarla, por eso también quería hablar con ustedes, por si sabrían dónde…

—Está de guasa, ¿no? —le contesta Aurora mientras se dirige a la puerta— don Luis, me ha hecho perder un tiempo maravilloso, le deseo una estupenda mañana, o lo que queda de ella. Para lo que necesite, ya sabe dónde localizar a mi abogado. Da un portazo tras de sí.

Yanet sale corriendo detrás de ella.

—Aurora, mi amor, ¿cuándo la vendría bien pasarse a recoger a Otto?

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4 comentarios en “Otto

  1. Sergio Mesa dijo:

    wenas,

    he leído ya alguno relatos de tu blog. de este relato, quizá la resolución no me acabe de convencer, pero la primera parte de este relato tiene ese algo interesante/melancólico que tanto me gusta de tu estilo ;).

    veo que tienes muuuuchos textos publicado por aquí y no creo que los pueda leerlos todos… ¿cuáles me recomiendas? ¿cuáles te gustan más a ti?

    un saludo,
    Sergio Mesa / Forvetor
    http://miesquinadelring.wordpress.com/

    • salytierra dijo:

      Gracias Sergio por pasearte por mi blog.
      Con este relato me he pegado tiempo y quizás no lo haya resuelto de la mejor manera pero tampoco sabía qué giro darle (¿sugerencias?).
      En cuanto a mis relatos preferidos, te cito algunos de ellos: “Evocaciones”, “Oda a la cama”, “Poinsettia”, “De vainilla”, “Despertar azul”, “Una cabeza, un sombrero”, “El encargo”, “Tierra hollada” o “Un café para dos”, son de los que mejor sabor me han dejado.
      Ya me dirás si te han gustado.
      A ver si me doy una vueltita por tu esquina del ring.
      Un saludo,
      SalyTierra

      • Sergio Mesa dijo:

        gracias por la guía, a la tarde le echaré un ojo a esos relatos 😉

        en cuanto a Otto… pues yo evitaría variar el narrador en la segunda parte, a partir de que llega a la sala de espera. hasta ahí te centras en Yanet (esa parte me encanta), en cómo es, das detalles de su antigua relación … yo seguiría así, haciendo que juzgue a la exmujer por su aspecto y por lo que dice. que imagine como era la vida de su marido con ella, en qué se diferenciaba. manteniendo los mismos diálogos y todo, pero evitando tomar partido por Aurora. se podría añadir que ya la misma Aurora tuvo otro galgo que el marido encontró. de forma que cuando el notario les diga que hay otra mujer aún anterior la pieza encaje por repetición y el lector pueda (o intente) extrapolar la historia de Yanet a Aurora…

        weno, espero no parecer pretencioso o resabido. sólo empecé a escribir y me salió eso 😛

        un saludo, y nos leemos!
        Sergio Mesa / Forvetor
        http://miesquinadelring.wordpress.com/

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