Cumbre o abismo

cumbreoabismo«Cumbre o abismo», la inscripción de su mochila. Una caligrafía apenas legible a la que le empieza a costar aguantar el paso del tiempo. Siempre fueron cumbres, tantas que ya no era capaz de recordar cuál fue la primera. Un ritual. Calzarse sus botas, paso a paso, como quien sigue la secuencia de un baile que no admite improvisación. Encajar el pie. Tirar de los cordones de abajo a arriba, poco a poco, asegurando cada tramo, ni flojo ni prieto, lo justo. Cerrar la lazada con uno de esos nudos imposibles de deshacer. Sus botas. Resecas, por el sol, casi cuarteadas, como su piel; húmedas, incluso encharcadas, él y su manía de introducir los pies en los arroyos para ver cortar el agua; y frías, muy frías, casi congeladas, cubiertas de una capa de nieve temprana, la primera de la mañana, la más dura.

Su cumbre. Así la llamaba siempre que le preguntaban. Entonces señalaba con un dedo en su dirección, «¿ves? aquella de las aristas que se pierden bajo las nubes y apenas rozan con su punta el sol», sonreía. La amaba. Y aún hoy la sigue amando.

Por fin, una ventana de buen tiempo. Su imagen recortada. Una distancia casi imposible. Un camino en ascenso. Su cumbre y él. La soledad del ascenso. Su cuerpo entero lleno de pensamientos mientras avanza, mientras trepa, mientras alcanza la última piedra bajo sus pies. El caminar, un paso, y otro y otro.

A la caída siguió el silencio, el dolor, la oscuridad. Sigue sin saber qué le arrojó al abismo. Cómo. Quién. Por qué. La roca se deshizo de sus dedos, y él cayó. Le faltaba tan poco. Quince metros, quizás más. No lo sabe. «Qué más da», piensa hoy. Su cuerpo fue golpeando con todo lo que encontró a su paso, la roca, la arena, la piedra afilada recién desprendida. Vio la arista, sonriéndole por encima de su cabeza, y el valle, sorprendido bajo sus pies, rodeado de unos bosques que ahora le parecían de otro color, casi negros. Sintió frío, y calor. Frío y calor. Encontró sus manos, pero no sus pies. En ese instante cayó en la cuenta de que no sentía sus botas.

Seis meses después solo recuerda. Qué otra cosa puede hacer desde esa cama sin vistas, solo recordar. El sonido del viento al alcanzar un collado, el tacto de la roca caliente por el sol, el sabor de su propia sal, el olor del boj, o del cantueso, el azul eléctrico del acónito, los nudos en la madera de la sabina al recorrerlos con los dedos, el musgo húmedo de los trampales, los juegos de las marmotas en las canchaleras, el polvo blanco de la roca caliza, la piel enrojecida en contacto con la pared de granito, el calor que desprende la pizarra, las prímulas en flor cuando solo están ellas, el hielo, el agua, la niebla, el cielo azul, el espejo de un lago, la solana, la umbría, el contraluz del perfil de un cordal al atardecer.

Sus botas. Apiladas hoy en el trastero. Descoloridas por la falta de luz. Lejos de su vista. Y de sus pies. «Pronto, quizás», insisten en decirle, «lo estás haciendo muy bien». Esta mañana pedirá a Lucía que le suba la caja de los imposibles del cuarto de abajo. Así la llama. Con un rotulador perfilará de nuevo la inscripción de su mochila, «cumbre o abismo», rozará con sus dedos las puntas de los crampones y jugará a alzar en alto el piolet por encima de su cabeza como hace siempre arriba, recorrerá con sus dedos la superficie del desgastado mapa siguiendo el camino hasta ella, el último que marcó, olerá la ropa de abrigo, y pensará que huele a la humedad que no tiene. Y abrirá la caja de cartón que las contiene. Se sentará en el borde de la cama y dejará caer una pierna. Se calzará la bota, paso a paso. Encajará el pie. Ese que ha empezado a despertar sin que nadie lo sepa. Tirará de los cordones de abajo a arriba, poco a poco, asegurando cada tramo, ni flojo ni prieto, lo justo. Y cerrará la lazada con uno de esos nudos imposibles de deshacer.

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