Contigo sin nadie

durmiendo2Tú y mi amor, mientras miro

Dormir tu cuerpo cuando

Amanece. Así mira

Un dios lo que ha creado.

Dormida, como si desconocieras el significado de la palabra tiempo. Desnuda, abrazada al espectro de sábanas que he dejado al levantarme. Eres la única persona en el mundo capaz de hacerme despertar al alba. Para mirarte. Me pregunto si en alguno de tus sueños pronuncias mi nombre. Virginia. Afuera está lloviendo. Es domingo y somos dos en la habitación. La figura de tu cuerpo se refleja en la ventana, el cristal se empaña con mi respiración, aprovecho para dibujar entonces con un dedo tu contorno, como si te acariciara, tu cabeza ladeada, el cuello, tu espalda que parece no tener fin, tu cadera redonda y relajada, tu pierna flexionada, tu pie. Pareces una cordillera, toda tú montañas y valles. Sonrío mientras le robo a la mañana tu primera imagen. Quisiera poder hacerlo todos los días. Anoche te he pedido que te mudaras de una vez a mi casa, te he preguntado si no estabas cansada de tener media vida repartida en rincones provisionales. Has dicho que no. Que no te puedes atar. Que no es el momento. Que quieres volar. Vuela.

Callada. Sábanas mudas.

Entreabierta en la almohada.

El sueño con su marfil

La cabellera peinaba.

Tu voz, tu mirada, tu risa, tu olor, tu luz. Sin ti, todo es sombra. No me molestaba tu pequeño caos de cosas, pensé que quizás te habría hecho ilusión ponerle nombre a alguno de los cajones, “mi ropa interior”, “mis camisetas”. Ahora soy yo la que no encuentra nada entre tanto orden. Dulce rutina. Salgo de casa cada mañana, paseo las mismas calles en las que entrecruzábamos nuestros dedos atrevidos mientras otros nos miraban celosos, me detengo en el escaparate de la tienda de antigüedades de la esquina donde solías pararte, ¿sabes? han debido vender el biombo rojo con dibujos chinos que tanto te gustaba, recojo el periódico del barrio, pido un té en el bar de siempre —el de aroma a vainilla y caramelo, tu preferido— e imagino que de repente aparecieras por la puerta, cargada con tu carpeta de papeles bajo el brazo como siempre, con esas prisas que llevas siempre. «Que qué sé de ti», me pregunta Emilio cuando recoge la mesa, «nada», le respondo. Y me retumba por dentro. Nada. Un año ya.

Existo, bien lo sé,

Porque le transparenta

El mundo a mis sentidos

Su amorosa presencia

Cómo se viste una mujer para volver a ver a la persona que no ha dejado de amar. Despacio. Cuidando cada detalle en una aparente improvisación. Nerviosa. Como cuando nos citamos por primera vez. En silencio. Deseando que llegue la hora de salir de casa. Vestirme para volver a verte, cinco años después, toda una vida.

No pensé que volvería a verte. Nunca pude localizarte. Fue Julio quien me dijo que te vio un día en el nuevo barrio de la estación. Hoy nos encontraremos de forma casual en el parque que hay junto a tu recién estrenada casa. «¿Claudia?», te preguntaré mientras me acerco a ti. Enseguida me reconocerás. No he cambiado tanto. Volveré a ver en tu cara esa sonrisa que me ha perseguido durante todos estos años. Una obsesión. Nuestros ojos dirán lo que callan nuestras bocas. Te acercarás a mí, tanto que podría rozarte, aunque no lo haré. Te veré dudar entre besarme en los labios o en la mejilla. Lo harás en la mejilla, dos veces. Un hombre se acercará por detrás tomándote de la cintura. Tu marido. «Alberto, cariño, ella es Virginia», me presentarás, «¿la famosa Virginia?, ¡no te puedes imaginar la de veces que Claudia me ha hablado de ti!» No, tiene razón, no podría habérmelo ni imaginado. Tu marido seguirá hablando pero yo, yo solo querré mirarte. Te queda gracioso ese corte de pelo. Usas el mismo perfume que antes. Esa falda te marca mucho las caderas. Nunca te había visto con los labios de carmín. Estás más delgada. Sigues llevando el anillo que te regalé. Estás guapísima, cariño. ¡Me gustaría tanto abrazarte ahora!

Una niña pequeña de ojos azules reclama tu atención abrazándose a tu pierna. «Esta es la pequeña de la casa», me dirás mientras la coges en brazos, «Virginia, ella es una amiga de mamá, se llama como tú, ¿le das un beso?», pero la pequeña Virginia esconderá su cara pegándola al cuello de mamá. «Es un poco vergonzosa», la excusarás, «¿te apetece venir a comer con nosotros?», me preguntarás mientras apoyas tu mano ligeramente en mi cintura. Por un instante imaginaré que esa mano continúa su recorrido hacia arriba bajo mi blusa blanca, o que los dedos se enredarán jugando en mi cabello o que acariciarán mis labios. «En realidad yo solo pasaba por aquí, ha sido una casualidad encontrarnos, me esperan para comer», contestaré a tu amable invitación.

«Quizá otro día», añado. Otro día.

Y piensas

Que así vuelves

Donde estabas al comienzo

Del soliloquio: contigo

sin nadie.

Poco queda ya de ti en casa. He embalado en una caja de cartón las cuatro cosas que dejaste olvidadas. Te llegará. Nunca he querido hacerlo antes, las contemplaba, las tocaba, las mantenía tal y como las dejaste, por si un día decidías volver a por alguna de ellas. O por mí. Probablemente tú ni las hayas echado de menos. Echar de menos. Qué poco explican estas tres palabras cuando no he sido capaz de ocupar tu lado de la cama ni una sola noche en todo este tiempo, cuando en el armario de la cocina sigue boca abajo tu taza del desayuno completamente seca, o cuando tu albornoz verde continúa hoy colgado detrás de la puerta del baño. Sola. Hoy he dejado de esperarte. Tu ausencia lo llena todo. Quiero pensar que en alguna parte, en algún momento, quizás más adelante, tú estarás pensando en mí. Me pregunto cómo se construye el olvido cuando no se quiere olvidar.

(NOTA: los versos pertenecen a varios poemas de Luis Cernuda)

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